En este ensayo la autora nos habla de las relaciones entre hombres y mujeres y dispara con escopeta a todas partes. Desde reivindicar que los seres humanos somos mujeres por defecto y que, a pesar de lo que diga Freud, es complicado entender que se pueda tener envidia de un colgajo y no de la capacidad de gestar a un ser humano, hasta criticar el yugo de la pareja pero a la vez emocionarse cada vez que algún amigo se casa.
Los jóvenes usan viagra afectados por el sexo, los partos cada vez son menos naturales y más programados, la maternidad se ha convertido en un oficio… que los tiempos han cambiado está claro, y Mónica lo plantea con una gran capacidad de análisis y poniendo el dedo en la llaga.
Muy bueno.
Pese a su irresistible tendencia al mansplaining, que haría pensar que prefieren decidir y resolver las cuestiones domésticas solos y sin consultar a nadie, está claro que el know how femenino sigue siendo imprescindible hasta para los hombres más autosuficientes.
Los datos que surgen de los registros civiles y de los consultorios psicológicos apoyan mi percepción: después del divorcio o de la viudez, en todos los países y en todas las clases sociales son más los hombres que las mujeres que vuelven a casarse. Esas estadísticas tienen un detalle conmovedor, porque pone en evidencia la vulnerabilidad de los varones: cuando se les pregunta quién es su mejor amigo o amiga, el 64 % dice que es su esposa. En cambio, solo el 48 % de las mujeres considera que su marido es su mejor amigo. También en ese plano sutil somos profundamente asimétricos.
Los chistes machistas, como los cantos de las canchas de fútbol, dicen las verdades en su forma más brutal. Probablemente los que más abundan, en segundo lugar después de los dedicados a las suegras, se refieren a las parejas. Uno especialmente patético
dice que el matrimonio consiste en dos personas que cada mañana se preguntan “qué comemos hoy” hasta que una de las dos se muere.
Una interpretación más benevolente sugiere que la necesidad de vivir en pareja se debe al deseo de tener un testigo de la propia vida. Alguien que te vea dormir, vestirte y desvestirte y quejarte de la cuenta de la luz, porque si estás solo para hacer todo eso, los infinitos pequeños momentos de tu existencia serían intrascendentes para el mundo, y tu vida pasaría como la luz de una estrella fugaz.
Cada matrimonio es un universo, pero con el tiempo todos se parecen. En general comienzan siendo por amor y de algún modo todos terminan siendo por conveniencia. En algunos pocos casos de parejas de larga data se puede ver allá, muy en el fondo, lo que queda del amor, pero en una configuración tan alterada que se parece a cualquier otra cosa. ¿Son hermanos esporádicamente incestuosos? ¿Son socios en la administración de un jardín de infantes? ¿Son buenos amigos que conviven para ahorrar costos?
Un paciente me dijo que él y su esposa no tienen intimidad sexual desde hace décadas, pero que forman “una empresa muy eficiente” y él está conforme con ese arreglo.

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