Un cóctel en el que se mezclan relaciones tóxicas, presencias sobrenaturales, el mundo del cine, mediums y algunos giros de guión sorprendentes. Todo escrito con mucha frescura, en una concatenación de acontecimientos que no dejan pausa.
Entretenido.
Me sobresalté tanto que di tal brinco en mi asiento que creí que iba a tocar el techo y descalabrarme en la bajada hasta la silla.
Percibí una descarga eléctrica que se propagaba por nuestras manos aún entrelazadas. En mis oídos permanecía como un eco aquella voz foránea, perturbadora.
Un espasmo recorrió mi columna vertebral, borrando de un plumazo todas mis impresiones y pensamientos de segundos antes. No podía identificar el sexo de aquella voz; era áspera, gutural y profunda, y aunque parecía surgir del cuerpo de Luz, era patente que no se parecía a la de ella ni de lejos.
Como si nos estuvieran poniendo la banda sonora acorde con el instante, en el exterior siguió arreciando una tormenta cruenta acompañada de ensordecedores truenos que rugieron con estrépito, mientras los relámpagos anunciaban la tormenta del siglo e iban iluminando discontinuamente la sala silenciosa. Con un ritmo intermitente regresaba la fiesta de sonido y luz, de nuevo se oía el estruendo del trueno acelerando el pálpito de los corazones; en realidad, era el mío, de los otros lo imagino.
Mantuve un diálogo mental conmigo misma para conservar la calma y la cordura.
Era lo que faltaba para completar una película de terror de serie B. Pensé que me iba a dar un pasmo de esos que te dejan con todos los sentidos paralizados, y me pregunté qué demonios hacía metida en semejantes chorradas, y para colmo, en casa ajena. La tentación de salir corriendo estaba ahí, pero ya me imaginaba a Pepe partiéndose de risa, viendo cómo yo me aterraba por la bobada más grande.
La voz desconocida rasgó como un cuchillo afilado el silencio momentáneo, como si hubiera calculado a la perfección el intervalo entre los sonidos tormentosos que provenían del cielo. No pude evitar el sobresalto y noté cómo Greg me daba un apretón solidario en la mano.
—Vosotros diréis. A vuestra disposición, me habéis llamado.
El tono me pareció díscolo y burlón. Seguimos tan callados que imaginé que conteníamos nuestras respiraciones. Nadie habló, ninguno se atrevía a intervenir.
Tras un breve lapso, la voz volvió a irrumpir en la sala. La ironía en su tono era tan evidente que podría haberse cortado con un cuchillo de mantequilla.
—Venga, valientes. Vaya grupito peculiar. Me apetecía bajar a este plano, pero siempre se me adelantan otros. No sabéis la cola que hay, que no todos los que quieren pueden. Hasta ahora los del otro lado no me dejaban venir, por si no volvía, por no saber… o no querer; dicen que soy muy terrenal todavía, que estoy muy apegado a esta dimensión. Pero yo creo que es una ventaja para comprenderos mejor ¿no creéis?
Supongo que las emociones de los asistentes se entremezclaban navegando en un sinsentido. El momento tan esperado había llegado, y ahora, como en otras ocasiones, nadie se atrevía a abrir la boca. Estoy segura de que cada uno deseaba hacerlo, pero por si acaso ninguno quería ser el primero.
Declaro, con cierto rubor, que aquella parafernalia me deslumbraba y confundía como en todas las ocasiones en que había asistido a aquel supuesto descenso de los espíritus, pero mi mente analítica no descansaba.

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