Matías vive en un barrio marginal, en una familia disfuncional, rodeado de violencia incluso intrafamiliar y sueña con escapar a Barcelona para reunirse con su hermano que huyó allá hace tiempo.
Esta es la primera novela de la autora, que tuvo bastante éxito de ventas, y no es de extrañar, encaja muy bien con el espíritu de los noventa, y tiene un ritmo muy ágil. Hubiera sido estupendo leerla en su momento. Aún ahora mantiene su frescura.
Tenía un poco de reticencia por aquello de las autoras noveles, pero estaba equivocado.
Muy bueno.
Los chicos se pusieron a tomar y a la chica que había llegado con Juan Pablo no le gustaba verlos drogarse, así que Matías la acompañó al patio. «Es una noche re linda» había dicho la chica que se llamaba Jacinda (¡Jacinda!). Tenía puesto un vestido raro que parecía un camisón largo y celeste con estrellas plateadas de papel glacé pegadas. Algunas chicas usaban ese tipo de cosas, pero a ninguna le quedaba bien. A Jacinda sí. Tenía la cara redonda y pecosa, el pelo muy largo y rubio.
Se sentaron en ese patio precioso, ella con las piernas cruzadas sobre un almohadón que Matías le había traído del living. La chica no debía tener más de 16 años. Y hablaba todo el tiempo.
Matías se dio cuenta enseguida de que el único problema que tenía esa chica era un novio encantador pero cocainómano. De repente, en medio de una larga historia sobre cómo había convencido a su mamá de dejar dormir a Juan Pablo en su casa, la chica quiso saber algo sobre Matías. Pero él prefirió sonreír y decir no, es aburrido, contame más de vos. ¿Cómo explicarle a una chica así que está hablando con un chico que tiene una hermana deforme, que tiene un padre degenerado, que…?
Lo del container y el Tigre era demasiado en cualquier circunstancia. Era completamente increíble que para colmo hubiera pasado eso. Tantas cosas no pasan juntas y menos a las mismas personas. Era gracioso, en algún sentido. Qué familia ridícula.
El container estaba ahí desde hacía tiempo. Habían demolido la escuela vieja para construir otra, de ladrillo a la vista y ventanas azules. Era por las elecciones: siempre que se acercaba la fecha, el intendente rompía las calles, tiraba abajo edificios y hacía cloacas. Al principio el container tenía solamente los escombros de la escuela, pero después empezó a llenarse de atados de cigarros y cajas de vino que la gente revoleaba al pasar. Como tardaron mucho en construir la escuela, casi todo el verano, para febrero había dos containers más.
Lo peor había sido que lo encontró Rafael. Por suerte se había enterado después. Porque lo que Rafael vio, a la madrugada, cuando volvía medio borracho del Centro, había sido un pie. Un pie blanco que asomaba de entre los escombros, rígido y muerto. El resto del cadáver estaba tapado de ladrillos. Rafael nunca se había imaginado que el pie blanco que asomaba era el pie del Tigre. No era la primera vez que aparecía un muerto en el barrio, y pensaron que se lo habría cargado uno de la villa, o sería un ajuste de cuentas de la Policía, alguna interna de ese tipo. Cuando mataban en asaltos, o cuando la Policía fusilaba a un pibe en un falso enfrentamiento, no escondían los cuerpos, obviamente.
Cuando se lo dijeron a Carla (Mamá se lo dijo a Carla) ella hizo una escena tana, pensaba Matías. Creía que el Tigre andaba por ahí, porque habían peleado. No estaba muy preocupada, nerviosa sí, pero no preocupada. El Tigre siempre volvía, y no era la primera vez que pegaba un portazo. Así era la historia: gritos y después reconciliación romántica. El Tigre era un delincuente, pero estaba enamorado de su hermana. Carla lo quería: siempre le habían gustado los delincuentes.
La escena había sido como en esas películas donde se arrancaban los pelos, como esa gente que salía por los noticieros porque les habían atropellado o asesinado a algún pariente y lloraban como bestias delante de las cámaras, babeando y mostrando las muelas cariadas y toda la garganta. Carla se tiró al piso y lloró y gritó con la cara colorada diciendo cosas ridículas «no puede ser, es mentira, por qué por qué ¡¡¡¡¡¡¡nnnnnoooooo nnnoooooooo!!!!!!!!». Matías sabía que tenía que sentir lástima y llorar también, pero todo ese griterío y esos desmayos y esos «me muero, me falta el aire» y ese agarrarse el corazón le daban vergüenza. Y le habrían dado risa, de no haber sido su hermana la histérica y su cuñado el muerto. Ahora había que atender a la viuda y al pobre-nenito-sin-papá y después hubo que atender a la pobre viuda que se quiso suicidar y no pudo y quedó deforme. Mamá tenía ojeras, tomaba pastillas para la presión, decía que sufría del corazón y cuidaba al nene con cara de «la próxima vez que lo alce upa me voy a morir de un infarto, gracias a Dios porque no quiero sufrir más». Y Cristian, el hombre de la casa, había desaparecido.
Se podían ir todos a la reputísima madre que los parió, pensaba Matías.

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