Olivia Gallo. Las chicas no lloran.

junio 2, 2026

Olivia Gallo, Las chicas no lloran
Alpha Decay, 2022. 110 páginas.

Conjunto de relatos donde la juventud se enfrenta a la desesperación de la existencia, muy bien escritos, cada uno es un pedazo de vida que nos lleva a algún lugar, sin dejarnos indiferentes.

Hay una excelente reseña aquí: Las chicas no lloran de la que extraigo la siguiente cita:

Son poemas en prosa sobre el drama de entenderlo todo antes de tiempo. Incluso, sobre el drama de entender cómo se escribe, de que vivir es leer situaciones, ejercer un canibalismo sobre los hechos del mundo para obtener el destilado de los caramelos ácidos, de las placas de metal donde grabar el nombre, de una malla azul eléctrico con detalles naranjas y verdes, correlatos objetivos de las contradicciones emocionales a las que lleva habitar este mundo.

Muy bueno.

Hace poco, nos juntamos en lo de Javo con los demás compañeros del colegio. Vos también estabas y nos sentamos en las sillas de mimbre del balcón para fumar. Como siempre que nos vemos, nos acordamos de cuando yo iba a tu casa a merendar de los cafés con espuma de tu mamá, de tus imitaciones y de las cacerolas. Nos reímos

En ese momento habría sido muy difícil explicarte cómo me hizo sentir saber que ibas a tener un hijo. Pero, ya que preguntaste, voy a tratar de contestar: ¿viste cuando le das el primer sorbo a una gaseosa recién abierta y sentís que las burbujas hacen picar la garganta? Bueno, eso sentí. Un millón de burbujas en la garganta.

La mamá de tu bebé, Magui, se pasó no sé cuántos días decorando las invitaciones para el baby shower. Nos las mandó a todos por correo, como se hacía antes. Eran cuadradas, con un fondo rojo con lunares negros y dibujos de Betty Boop con los bebés. No sé qué tiene que ver Betty Boop con los bebés.

El baby shower, que se hizo un mediodía en la casa de los padres de Magui, en Olivos, parecía una fiesta de quince. Había mucha gente, en su mayoría, amigos y familiares de ella. De tu lado no fue nadie, salvo los pocos amigos que te quedaron del colegio y tu mamá. Cuando fui a saludarla, la abracé. A ella parecía confundirle ese gesto y probablemente tuviera razón, por que no nos veíamos hacía mucho. Me apoyó una mano dudosa sobre la espalda mientras yo la rodeaba con los brazos. Los padres de Magui parecían muy contentos mientras nos ofrecían a los invitados empanaditas de pollo en bandejas plateadas.

Sentada en un sillón floreado, rodeada de amigas, Magui fue abriendo los paquetes a medida que se los iban pasando y sacaba pañales, chupetes, mamaderas, peluches y un montón de ropa de tamaño mínimo. Cada vez que abría un regalo, suspiraba.

¡Ay, me encantó!, y después me miraba muy teatralmente

En un momento, cruzamos la mano para que me acercara. Me hiciste señas con la mano para que me acercara. Me hiciste señas con la mano para que me acercara. Me hiciste señas con la mano para que me acercara.

Te presentaste a Magui, que me abrazó como si nos hubiéramos conocido desde hacía años, como yo había abrazado hacía un rato a tu mamá. «Los amigos de Lauti son mis amigos», dijo. Me invitó a sentarme y Magui me hizo un montón de preguntas mientras vos fumabas en silencio. Me preguntaste si le quería tocar a la panza, que estaba inflada como de seis o siete meses de embarazo y envuelta en un vestido de algodón color celeste de embarazo y envuelta en un vestido de algodón color celeste.

Le dije que sí, un poco porque me sentí obligada y otro poco por curiosidad. Después del baby shower, fui varias veces a visitarlos a la casa de Magui y sus padres en Olivos. No sé por qué me invitaba tanto. Me quedaba una, dos horas, no mucho más. Nos sentábamos sobre una loneta en el césped del jardín y hablábamos, más que nada vos y yo. Me preguntabas por la facultad, por las chicas del colegio y cosas así mientras ella arrancaba hojitas de pasto.

Un día, Magui me preguntó qué haría si quedaba embarazada. En ese momento estábamos solas, vos habías ido al almacén a comprar gaseosa. Estábamos en el balcón del cuarto de Magui, que vos te habías mudado. Era el cuarto de una adolescente con pósters y caritas de amigas pegadas a las paredes- que estaba mudando a cuarto matrimonial, con una cama grande de colcha y sábanas blancas y una cuna blanca al lado. Toda tu ropa estaba en un bolso de Adidas, desordenada. Las remeras y los pantalones se asomaban como cucarachas saliendo de una alcantarilla.

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