
Anagrama, 2010. 260 páginas.
Tit. or. Nekropola. Trad. Barbara Pregelj.
La visita del autor al campo de concentración donde estuvo encerrado desata una catarata de recuerdos de las duras situaciones que tuvo que vivir, de su trabajo como enfermero en unas condiciones infrahumanas y lo terrible que fueron esos tiempos. Que no se nos olvide.
Veo en la wikipedia que vivió hasta los 92 años y me alegra, afortunadamente no tuvo la psicosis que sufrieron algunos supervivientes como Primo Levi. Por desgracia las atrocidades que se cuentan en este libro se siguen cometiendo en el mundo.
Un libro que te pone los pelos de punta.
Muy bueno.
Por la piel cubierta de corteza que envuelve las costillas, la luz de la bombilla de la puerta dibuja unos inquietantes reflejos, mientras que los dedos del viento frío tocan en el arpa del tórax humano un silencioso-réquiem, roto en el acto por los dientes de los pastores alemanes. De repente, la noche es atacada por un ladrido humano. Tempo! Tempo! Acaba de abrirse la puerta: el vapor caliente sale al exterior, junto con los cuerpos desnudos. Tempo! Tempo! Pero ahora los gritos sobran, porque la nube blanca y caliente es una tentación irresistible para las sombras fugitivas, que escapan de la noche de las montañas y llenan rápidamente el espacio cuadrangular con las duchas goteantes del techo. Tampoco les molestan los gritos de los barberos. Todo lo contrario, casi les parecen una bienvenida alegre. Invitan a sus sillas al gentío que llega y mientras tanto agitan sus navajas en el aire, de manera que la luz de las bombillas se refleja en su filo, como si las gotas de las duchas se encendiesen en el acero brillante. Los huéspedes nuevos mueven con satisfacción sus cuerpos en el calor, se sientan sobre las sillas y ponen sus cabezas bajo la máquina que rapa al uno el pelo, o bien permanecen de pie y el barbero se agacha junto a sus rodillas y ágilmente navega con su navaja al abrupto embarcadero de su entrepierna seca. Este Fígaro, gritón, despluma las aves magras, ahora burlón, ahora furioso, para dejarlas aún más pobres esperando a que llegue la hora de destruirlas en el horno. Un poco más tarde la navaja se mueve por las cuevas yermas de las axilas. Mientras tanto, otro director de escena moja un pincel grande en una jarra y unta los pubis afeitados; entonces las manos rápidamente se agarran la parte irritada y aprietan, aprietan y aprietan, para apagar el fuego vivo. Y, al mismo tiempo, saltan para quemar con el movimien
to algo de la energía ardiente. El barbero, entretanto, coloca un esqueleto viejo sobre la silla porque de otra manera no puede afeitarle. Venga, viejo, lo anima, pero la estatua de madera se balancea a derecha e izquierda, como si de un momento a otro fuera a caerse al suelo de cemento mojado, como un haz de leña menuda que cae al suelo delante del fogón. Verfluchter,x se enfada el barbero, y lo agarra por el miembro para que no pierda el equilibrio y se caiga, y en el intento el miembro viejo se tensa un poco. Cuando al final lo colocan en el suelo, allí ya yacen los demás boca arriba. Del techo empieza a chorrear agua, y el bosque de cuerpos salta bajo la lluvia ardiente, frotándose los brazos con un jabón duro que inmediatamente se descompone, de manera que fluyen por el cemento arroyos amarillos, como cuando en los grandes aguaceros el agua se tiñe de barro. Sin embargo, el cuerpo se siente a gusto cuando lo lamen numerosas lenguas calientes y el recuerdo del aire de montaña nocturno desaparece por un instante; el pensamiento no es consciente de que debajo del baño se halla el horno que el fogonero alimenta día y noche con leños humanos. Y aunque los cuerpos pensasen por un instante que dentro de poco servirían para calentar el agua, el placer que ofrece el calor húmedo seguiría siendo muy grande. Tienen prisa por enjabonarse porque el pubis ya no les escuece; sólo los que siguen tumbados en el cemento abren la boca a un ritmo mucho más lento. Es i
como si quisieran inhalar el aire desde los pies, pasando a lo largo de todas sus extremidades secas como palos. Los pies desaparecen en el vapor y se estiran hasta el último confín del mundo. Y las gotas caen lentamente sobre sus sollozos y se rompen en sus pupilas de vidrio y dientes
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