Alejandra Banca. Desde la salvajada.

septiembre 15, 2026

Alejandra Banca, Desde la salvajada
Lecturas de arraigo, 2022. 262 páginas.

Incluye los siguientes cuentos:

Sin Dónde Caer Muerta
Taratá Taratara
Puta Autónoma
Patada Voladora
Lasme
Euroloco
Eso Ya Lo Sé
Mucha Humedad
¿Verdad O Mentira?
Insecuritas Direct
Dryas Iulia
Desde La Salvajada

Relatos con protagonistas que se entrecruzan y que puede leerse como una novela caleidoscópica donde se retrata un mundo precario, con trabajos miserables que apenas dan para vivir, y con situaciones de peligro donde la violencia aparece cruda y amenazante.

Quizás por mis circunstancias personales el que más me ha impactado es el primero, que también es el que tiene una temática más alejada del resto, que se centran en la dureza de la vida migrante.

Muy bueno.

Sin darse cuenta, Mateo se estaba quedando en la miseria total. Y en los huesos también. Hablar con él era hablarle a la arena de la playa que se escurría, se escapaba de las manos directo al fondo del océano una y otra vez. Hacerlo despertar era como una tarea de evangelización y después de un tiempo desistí. Todos desistimos. Decidí aceptarlo así, tal y como era, o dejar de ir a su casa y compartir con él. Preferí lo primero. Qué más daba; había otros cientos de temas para discutir y opinar sin tener que caer en lo político.
Mateo trabajaba en Caracas, algo relacionado con la radio. Tenía que bajar y subir en jeep cada día. No tenía celular porque le habían robado varias veces el pote que usaba para llamar. La última vez que lo robaron el ladrón le dio un cachazo, indignado ante semejante antigüedad en blanco y negro que solo recibía mensajes de letras grandes y el único entretenimiento que ofrecía era jugar a la serpiente que se va haciendo cada vez más grande hasta que termina comiéndose a sí misma. Me contaba sus andanzas y hablaba de los muertos que había en la carretera por las mañanitas; al menos una vez por semana encontraban un cadáver. Usaban la carretera para deshacerse de sus porquerías. Noooo, ayer cuando bajé bien tempranito nos agarró senda cola llegando casi a Mamera. Había un tipo en la cuneta con unos tiros en la jeta. Al ratito llegó la petejota y entre el monte consiguieron a otro, también con un pepazo aquí, se apuntaba la cabeza. Estuvimos casi media hora ahí parados, todo el mundo con las rodillas apretadas, chimbo, aguantando calor.Lo único maravilloso de Mateo era que podíamos ir a su casa y fumar todo lo que queríamos, llevar curda, poner música, jugar dominó, gritar, bailar y él a nada decía que no; era muy permisivo, probablemente porque no tenía nada de valor que pudiésemos romper y porque él se beneficiaba de todo lo que llevábamos sin colaborar con un centavo ya que él ponía el espacio. La casa estaba en un terreno apartado de la urbanización y no tenía vecinos, la bulla no era un problema. Lo malo era que no había muebles y nos sentábamos en el suelo, que se iba poniendo cada vez más helado, por eso cada uno se iba bien abrigado. Nos reuníamos a jammear un rato. Andrés me buscaba en el carro de algún amigo, yo metía el teclado, la guitarra y nos íbamos a donde Mateo a fumar y hacer música. Venían muchachos de la zona y tocábamos toda la noche. A veces salían verdaderas joyitas, piezas efímeras que desaparecían en la medida en que iban sonando, o cuando alguno confundía el ritmo, todo se perdía como naipes volando por doquier. Nos unía la música y la marihuana.

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