Chari Rodríguez. No hubo días hermosos.

junio 10, 2026

Chari Rodríguez, No hubo días hermosos
Eclecta, 2026. 140 páginas.

Libro de relatos muy breves, tantos que no pongo la habitual lista, y que me han sorprendido gratamente por su fuerza, la expresividad de su lenguaje, y la oscuridad de los ambientes que refleja.

No siempre hay inicio, nudo y desenlace, pero no es necesario, porque basta el fogonazo que te hiere la vista y te deja el malestar en el cuerpo.

Muy bueno.

Alzacuellos
El recuerdo del leve temblor de mi mano en sus muslos acompaña mi relato de vanidades y soberbia en este santuario oscuro, despojado de calidez. Lo que ahora confieso me lleva al primer momento, a aquel autobús de línea regular y a mi asiento y a su asiento a las diez y veinte de una mañana de abril.
Llega dando saltitos, apenas apoya los pies baila, se hace un sitio entre la gente y por fin se sienta. Sonríe, pero no a mí, a la vida entera. Me fascina su boca carnosa en la que juega una pequeña y rápida lengua.
Las manos, pulcras, con dedos inquietos sobre las desnudas rodillas que un encantador vestido barato muestra con descuido.
Quiso el azar que ambos bajáramos en la glorieta de San Esteban, se fijara en mí y el canalla que
llevo dentro la invitara a café. Postergué, sí, los buenos propósitos de la jornada. Iba a pecar.
La conversación nos arrastró al anhelo y el apetito me condujo a su vientre. En él reposo desde entonces pero mi alma resiste, casta. A mi espíritu no le seduce la carne, ni siquiera cuando me apetece asirle las caderas o abofeteo dulcemente sus nalgas. Es mi cuerpo, terrenal y sin estigma, el que se la bebe toda.
Ansio los momentos en los que se deja recoger la melena, la fuerzo hacia atrás y lamo su cuello, cuando acerco su mano a mis pezones erectos debajo del clériman o aquellos que preceden al abandono, al misticismo supremo, a lo más trascendental del cuerpo. Intensos, sí, pero que no le roban a Él nada de lo que le debo.
¿Puede pecar el que ama más allá de lo corpóreo? Amo con plenitud a Aquel que existe sin ser carne por lo que no es traición si a la vez respeto mi cuerpo, mi humanidad, vivificando al Todopoderoso que me hizo a su semejanza, con deseos.
Si usted así no lo considera, peca también el que martiriza su cuerpo, lo usa para sangrarlo y eso le conforta. Y peco también yo, que recorro y palpo su clavícula blanca y lleno mi mano consagrada con sus senos blancos, y blanca es mi fuerza y blanco mi genoma que audaz busca el cálido útero.
La duda, Padre, que en el fondo no es tal, es si todas estas penitencias que va a imponerme cuando termine mi confesión puedo susurrarlas al oído de Camila cada vez que la folle y la goce en su éxtasis, porque es un dogma sabido que Dios tiene poco que ver con la piel.

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