
Seix Barral, 2007. 304 páginas.
Una serie de desgracias hacen que la vida de Gerardo pierda todo sentido. Como un bote a la deriva, intentará reconducir su vida buscando el rastro de “Los hombres invisibles”, una tribu indígena que aún no ha tenido contacto con la civilización
No me ha gustado nada. Ni la trama, que apenas tiene hilo narrativo y que acumula en ocasiones demasiadas cosas inverosímiles, ni el lenguaje, que no pasa de correcto. Se me hizo larguísimo y, cuando acabé, suspiré aliviado.
No me ha gustado.
Una tarde me llamaron de La Casa del Abuelo para comunicarme con urgencia los resultados de unos exámenes médicos que le habían hecho a mi padre. Salí enseguida hacia el hogar geriátrico. Encontré a mi padre adaptado al nuevo lugar, leyendo en la biblioteca, y le dije que venía a enterarme de cómo habían salido los chequeos médicos que le habían ordenado. Me contestó que hablara con el director y se quedó mirando el corredor, como si yo no estuviera ahí, en las nubes. Su actitud fue desconcertante y me reafirmó en la idea de que el avaro, en un principio, atesora dinero y no quiere gastar un solo centavo en nada que no sea estrictamente necesario para sobrevivir. Pero luego su avaricia se extiende a la vida en general, al tiempo (no le gusta estar más de unos minutos al lado de nadie), a los afectos (no demuestra jamás un poco de cariño), a la camaradería (no habla con sus vecinos, es amable pero cortante, frío, cree que conversar más de dos minutos ya es intimar demasiado y entonces se despide de pronto y se aleja sin dar explicaciones). El problema de la avaricia es que se va tomando la vida entera, como una infección que no se puede controlar, y por eso el avaro termina sin familia, sin amigos de verdad, sin el amor auténtico y desinteresado de una pareja que lo acompañe en el trayecto final. Son personas que acaban con las cobijas rotas, las toallas desteñidas, las camisas descosidas, las medias con huecos en las puntas, los pantalones casi transparentes y los zapatos machacados y sin agujetas. Ese era el aspecto de mi padre. No sólo su indumentaria era un desastre, sino que ya ni siquiera le gustaba conversar, intercambiar opiniones, enterarse al menos de qué sucedía en la vida de los demás. Era como si mi visita fuera inoportuna y yo le estuviera interrumpiendo sus horas de lectura. Lo peor era que seguía guardando ese aire de suficiencia de quien se las sabe todas, y su mirada despectiva parecía pregonar: «Mírenme, estoy más allá, no me comporto como los demás mortales». Claro, porque el avaro disfraza su avaricia con la máscara del ascetismo y la austeridad. Por eso se ve a sí mismo como un virtuoso y no se da cuenta de que el asceta real no tiene nada porque se lo ha entregado todo a los demás, mientras que él lo que desea es seguir acumulando y contar cada mañana las ganancias de sus ahorros. Y nunca entiende que el problema definitivo de la existencia no es económico, sino justamente el de darle un sentido a esa existencia que parece vacía y banal.
«Bueno —pensé—, allá él con su vida. Cada quien termina como le da la gana». Me levanté, le di una palmada en el hombro y le dije:
—Voy a la oficina del director. Ahora nos vemos.
Ni siquiera se tomó el trabajo de responderme. Asintió y volvió a abrir el libro para continuar con su lectura.
La entrevista con el director no pudo ser más deprimente. En un tono impersonal, académico, me informó que mi padre tenía cáncer de médula ósea, que ya estaba muy avanzado, pero que sin embargo valía la pena intentar un tratamiento con quimioterapia a ver cómo respondía el cuerpo. También me informó que los riñones estaban fallando y que lo mejor era empezar desde ya varias secuencias de diálisis. Como era de suponer, la institución no estaba preparada para una atención semejante y era conveniente que se internara cuanto antes en una buena clínica, bajo la tutela de médicos especialistas. Le pregunté si él ya sabía y el director, un poco sorprendido por mi pregunta (casi ofendido), me contestó con su aire de conferencista docto y muy superior al público que lo escucha:
—Por supuesto. El paciente es el primero en enterarse de lo que padece. Es un derecho que le asiste.
Le agradecí la información, le prometí que trasladaría a mi padre cuanto antes a una buena clínica donde pudiera seguir un tratamiento para su enfermedad y salí cuanto antes a tomar aire al patio de la casa. Me quedé unos minutos mirando las plantas del jardín y aguantando el golpe que acababa de recibir. El viejo también se iba a morir, no había nada que hacer, lo presentía, y aunque hubiéramos estado tan lejos el uno del otro en los últimos años, ese final en medio de la soledad, la amargura y la avaricia, me dolía. Durante treinta y cinco años había sido profesor de la Universidad Nacional, y desde mis más lejanos años de infancia lo recordaba con su bata blanca recorriendo los salones de la Facultad de Veterinaria y visitando las pesebreras donde estaban los animales con los cuales solían practicar los estudiantes. Alto, trigueño, de barba y cabello negros, simpático pero al mismo tiempo serio y estricto con sus discípulos, había convertido los predios de la universidad en una especie de refugio donde el mundo de afuera no pudiera agredirlo, y donde era un hombre apreciado, reconocido e incluso admirado. Eso les había sucedido a casi todos los profesores: la universidad era como un pequeño Vaticano donde ellos, los cardenales, eran reverenciados cuando entraban a alguna oficina o se bebían un refresco en una cafetería. Eso iba creando en ellos, con el paso de los años, la certeza de que eran personas importantes, sobresalientes, y nadie se podía dirigir a ellos sin antes pronunciar el apelativo «doctor». «Buenos días, doctor Pérez», «Hasta luego, doctor González». Recordé incluso que alguna vez, de niño, me dirigí a un amigo de él como «Fandiño», y él me corrigió molesto: «El doctor Fandiño, que no se te olvide». El problema era cuando estos hombres se jubilaban y salían a la calle convertidos en individuos comunes y corrientes. Era como quitarle el hábito a un sacerdote o decomisarle el uniforme a un soldado y mandarlos a la calle con un saco y un pantalón. Por fuera del convento que era la universidad nadie los llamaba «doctor», nadie se inclinaba ante ellos cuando pasaban, nadie les daba ninguna importancia, tenían que hacer fila como todo el mundo en supermercados y entidades bancarias, y cuando preguntaban por una botella de vino o por un juego de destornilladores, los dependientes de los almacenes apenas los determinaban. Entonces venían la depresión, la sensación de ser poca cosa, el miedo al rechazo, la sospecha de haber llegado ya al final del trayecto y de no servir para nada. El paso siguiente era inevitable: los dolores en todo el cuerpo, el mareo, la tos recurrente, las visitas permanentes al médico por una punzada en el estómago o por un calambre en una pierna. Terminaban enfermando de lo que fuera y muriendo en medio de un sordo resentimiento, como si el mundo no los hubiera valorado en su justa medida, como si les debiera algo, como si los hubiera tratado mal y de modo infame cuando ya estaban viejos y apenas podían defenderse. Así, exactamente, habían sido los últimos años de mi padre. Con un agravante: se había hundido en el alcohol de manera demencial, sin medir las consecuencias, casi como una forma de suicidio lento y bien estudiado.
Todo esto lo recordé en el jardín de La Casa del Abuelo mientras cogía ánimos para regresar a su lado y hablar sobre su enfermedad y sobre la estrategia que íbamos a seguir para enfrentarla. No me sentía seguro de conversar con él con franqueza, abiertamente, pues mi padre no era un hombre extrovertido, que hablara de sí mismo con desparpajo, que pudiera explayarse sobre sus más secretas ideas y sus más recónditos sentimientos. No, él era reservado, introspectivo, pudoroso, y eludía cualquier alusión a su vida privada. Iba a ser muy difícil, entonces, hablar con él sobre el cáncer, sobre la quimioterapia y sobre las escasas posibilidades que tenía de salvación.
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