
Alianza, 2025. 804 páginas.
Tit. or. The devils. Trad. Manu Viciano.
A semejanza de otros grupos de personales marginales y/o inadaptados el hermano Díaz se embarca en una misión acompañado de un grupo curioso de personajes entre los que hay un nigromante, un vampiro y hasta una mujer lobo. Todas esas habilidades serán necesarias para tener éxito en la misión.
Una lectura ligera -que no mala- que me sirvió para evadirme del momento de mierda en el que estaba. El autor construye muy buenos personajes, a los que les coges cariño, y los mete en situaciones trepidantes que se leen de un tirón a pesar del tamaño del libro.
De vez en cuando apetece leer algo fácil pero que esté bien hecho, y eso es este libro, una lectura que entretiene sin darle patadas a las neuronas.
Muy bueno.
Jakob frunció el ceño. ¿Qué otra cosa iba a hacer?
—Venga, hombre. —Alex pensó en darle otro puñetazo en el hombro, pero decidió no hacerlo—. No he visto matar a nadie desde hace semanas. Tengo la sensación de que hasta podríamos llegar de verdad a Troya. —Por algún motivo no quería decirlo en voz alta, así que se inclinó hacia él para murmurarlo por la comisura de la boca—. Y, aparte de escribirlo, empiezo a creer que hasta podría ser emperatriz.
El barón Rikard la oyó, claro. El barón Rikard lo oía todo.
—Cualquiera puede ser emperatriz, dados los padres adecuados y una corona. —Compuso una sonrisa astuta mirando la empuñadura de su bastón—. La cuestión es si luego se le da bien o no.
El vampiro parecía más joven que nunca esos últimos días. Ya solo parecía llevar el bastón para poder lanzarle sonrisas astutas.
—Bueno, sé leer y escribir. —Alex se apartó de la regala y caminó pavoneándose hacia el palo mayor, con el cuello por delante tal cual le había enseñado el vampiro, como si fuese una vendedora de cuellos y el suyo fuese la muestra perfecta de la que hacía alarde—. Sé caminar. Sé ocultar una daga. Sé la historia de la antigua Cartago, de Venecia y de Troya. Ya sabía cómo distinguir a un mentiroso. En realidad, ¿qué más necesita saber la Emperatriz de Oriente?
—Tienes todo lo básico —murmuró Vigga. Estaba reclinada en cubierta, con las manos apoyadas atrás, los hombros tatuados y quemados encogidos sobre las orejas tatuadas y quemadas, sus ojos fijos en un par de marineros ocupados más arriba en las jarcias—. Míralos cómo trepan. ¿Creéis que subirían por mí con tanta agilidad?
—Es una tripulación —gruñó el barón Rikard—, no un menú.
—Mira quién coño habla —protestó Vigga—. La mitad de estos chicos ya tienen marcas de colmillos por todas partes. De verdad que no me entra en la cabeza cómo haces que la gente acepte que la muerdas.
—Porque escucho, entiendo, empatizo. Me comporto, resumiendo, con sencilla elegancia y buenos modales, y por tanto la gente se ve atraída por mí, en vez de repelida como sucede contigo.
—Huy, te sorprenderías.
—Me horrorizaría, tal vez. Lo que me sorprende a mí es la cantidad de hombres que eligen por voluntad propia encamarse con una mujer loba.
—Bueno, la mayoría de los hombres se encaman con cualquier cosa, y no suelo empezar por lo de que soy mujer loba.
—¿Y por qué empiezas?
Vigga deslizó un pie por la cubierta hasta tener los muslos muy abiertos, mostrando la entrepierna manchada de los pantalones.
—Por esto —dijo.
—Dulce santa Beatriz… —murmuró el hermano Díaz, aunque Alex se fijó en que había levantado los ojos de su carta para mirar y no los apartaba de ahí.
—Si existe un secreto —dijo en tono pensativo Vigga, que o había olvidado que aún tenía las piernas muy abiertas o le daba igual— es nunca avergonzarse de hacer la pregunta, y nunca temer cuál será la respuesta, y no desperdiciar ni una lágrima con los rechazos, y atrapar con las dos manos cualquier calorcillo que puedas arrancarle a la insensible oscuridad de la existencia.
Alex asintió despacio.
—Solo eso, ¿eh?
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