
Sigilo, 2023, 2024, 2025. 170 páginas.
Hilda Bustamante ha resucitado. Sin pompa ni circunstancias vuelve del más allá discreta y tranquila, casi a escondidas, para reencontrarse con su marido y su nieta y, poco a poco, con sus amigas y el resto del pueblo.
Este libro catapultó a la fama a la autora, de la que ya he reseñado su libro de cuentos Querer es perder. Venía precedido de muchos parabienes, y a mí me ha resultado un libro entretenido, sin más, que ha pasado por mis manos sin pena ni gloria, como la protagonista.
Me gustó mucho más su libro de relatos, que despliega una imaginación más desbordante y ciertos toques oscuros.
Se deja leer.
La última campanada había dejado a todos barriendo vidrios, limpiando heridas. Hilda siempre había querido tener esa fuerza, levantar un mueble ella sola, tirar el cuerpo de Genaro sobre la pared del fondo y que nunca nunca nunca Álvaro los hubiera encontrado ni se hubiera roto su corazón. Cada campanada era también ese amor latiendo, pidiendo perdón, no por haberse acostado con Genaro, eso tenía un fin noble y no estaba en duda, sino por meterlo en la casa, la casa de los dos, la casa que compraron con tanta ilusión y dos piezas, una para ellos y otra para los chicos.
No sabía qué hacer ahora. Lo del campanario no había sido un plan sino una tentación. Había pequeñas cosas que siempre quiso hacer en la iglesia, pero el padre Roberto parecía presentir ese anhelo y le asignaba la tarea o el permiso a alguien más. Hilda intuía que había en ello algo de enseñanza, pero cuando llegó ese día a la iglesia, ese día después de quién sabe cuántos otros días, todavía con tierra adentro de sus zapatos y pegoteada en la frente, buscando guía, buscando a alguien que le dijera qué estaba pasando, alguien que no fuera Álvaro, porque cómo podía presentarse así delante de él, sin saber bien qué pinta tenía porque no había pasado delante de un espejo y había elegido la calle con menos negocios, se dio cuenta después, para evitar no solo a la gente sino el reflejo de las vidrieras, qué tal que era una muerta viva como las de esas películas espantosas, qué tal que veía gente y le daba un deseo irrefrenable de morder. No sabía qué más podía pasar, nunca llegaba al final de esas películas, se cansaba antes, las encontraba absurdas. Por un momento muy breve había pensado en correr a casa de alguna de sus amigas pero al imaginar ese instante en que ella tocara a sus puertas y del otro lado apareciera Carmen, o Susana o Clara, no podía dejar de imaginar también esas mismas caras en su velorio, y el dolor era tan fuerte que casi ardía, no, ahora no quería, ahora no podía pensar en eso.
No era una opción llegar así con ellas, tampoco con Álvaro. Además, había escuchado las campanas antes de sus campanadas y sabía entonces que era la hora de buscar a Amelia, seguro estaban llegando a casa, qué tal si Amelia se asustaba, con lo miedosa que era la pobrecita. Hubiera querido decir que el corazón le latía con fuerza pero era todo su cuerpo latiendo, indistinguible el epicentro, abrumador el golpe, un latir que todavía no sabía si era real. ¿Cómo podía latir después de estar enterrada?, ¿había latido todo ese tiempo bajito bajito como para mantenerse viva?, ¿había latido un día tan de golpe y fuerte que se despertó?, ¿eso pasaba siempre?, ¿a cuántos más les había pasado?, ¿habría muchos otros vivos enterrados sin poder salir?, ¿habría muchos muertos que estaban vivos? Lo único cierto era que toda ella latía, quizás a fuerza de preguntas, mientras se acercaba sigilosamente a la iglesia, esquivando las calles más concurridas, haciendo un rodeo larguísimo para no pasar por la escuela. La emoción la desbordaba. Ya no era una muerta viva sino una espía entrando en silencio por la puerta lateral de la sacristía y encontrando al padre Roberto con las manos sobre las tetas de Nora, apretados, besándose profundamente sin gusanos en la boca.
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