Antología de la literatura latina

marzo 6, 2012

Antología de la literatura latina
Alianza Editorial, 1996. 724 páginas.

Hace mucho tiempo compré y leí las dos antologías que Alianza tenía de los clásicos, de la literatura griega y latina. Y aunque soy más admirador de los griegos me gustó más la latina y hace poco lo releí.

Un gran placer porque como digo habitualmente los clásicos son más modernos de lo que creemos. En los extractos que pongo al final está la prueba. El fragmento de comedia sigue siendo el origen de cualquier vodevil o comedia ligera. La alabanza de la agricultura frente al comercio se une a las voces que ahora quieren castigar a la especulación frente a la producción. Los poemas amorosos de Catulo siguen tan frescos como el primer día. En nuestra sociedad acelerada y ruidosa muchas veces nos llama la vida sencilla del Beatus Ille, y el vivir al momento del Carpe diem. Diremos, con Ovidio, que todas las mujeres nos gustan y cambiando los ruidos de las bestias de tiro por las motos y el camión de la basura veremos que es tan difícil dormir en una ciudad moderna como en la antigua Roma. Los consejos de oratoria de antaño podrían usarse en los programas de estrellas prefabricados.

Volver a los clásicos es gratificante y además gratis.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (188/365)

Extractos:
Parmenón.—Y la tuya ¿cómo es?
Querea.—Una belleza original.
Parmenón.—¡Vaya!
Querea.—Un color natural, un cuerpo lleno y rebosante de vida.
Parmenón.—¿Su edad?
Querea.—¿Su edad? Dieciséis.
Parmenón.—La misma flor de la juventud.
Querea.—Ahora arréglate para entregármela por fuerza, por engaño, por súplica, no importa, con tal de lograrla.
Parmenón.—Pero ¿de quién es la muchacha?
Querea.—Por Hércules, lo ignoro.
Parmenón.—¿De dónde es?
Querea.—Lo ignoro igualmente.
Parmenón.—¿Dónde vive?
Querea.—Tampoco lo sé.
Parmenón.—¿Dónde la viste?
Querea.—En la calle.
Parmenón.—¿Cómo la perdiste de vista?
Querea.—Por eso precisamente estaba yo rabiando conmigo mismo al llegar hace un momento: ni creo yo que haya hombre alguno a quien le sean más adversas todas las buenas fortunas. ¡Qué mala suerte! Estoy perdido.
Parmenón.—¿Qué ha ocurrido?
Querea.—¿Lo preguntas? ¿Conoces a Arquidémides, pariente y compañero de mi padre?
Parmenón.—¿Cómo no?
Querea.—Mientras sigo a la muchacha, me lo encuentro en el camino.
Parmenón.—Un contratiempo, por Hércules.
Querea.—Di más bien, una desgracia; pues hay que llamar contratiempos a otros casos, Parmenón. Me consta que puedo jurar no haber visto en absoluto a este hombre en los últimos seis o siete meses, si no es hoy, cuando menos lo hubiera deseado y menos necesidad tenía de ello. {Indignado) ¡Ah! ¿No hay aquí algo de prodigio? ¿Qué me dices?
Parmenón.—Sin la menor duda.
Querea.—-En el acto, en cuanto me divisa, corre hacia mí, corcovado, tembloroso, con los labios caídos, lamentándose: «¡Oye! ¡Oye! A ti me dirijo, Querea», dijo. Me detuve. «¿Sabes para qué te quería?» «Dime.» «Mañana tengo un juicio.» «¿Qué más?» «Que cuides de decir a tu padre que se acuerde de venir a asistirme mañana por la mañana.» El decirme esto costó una hora. Me despido. «Bien», dijo. Lo dejo. Al mirar por aquí para ver a la muchacha ella había girado tranquilamente en esta dirección, hacia nuestra calle.
Parmenón.—{Aparte) Milagro sería que no esté hablando de la muchacha que acaban de regalar a Tais.
Querea.—Cuando llego aquí, no aparecía.
Parmenón.—¿Llevaba sin duda compañía la muchacha?
Querea.—Sí: un parásito con una sierva.
Parmenón.—{Aparte) La misma. Basta. {A Querea) Déjala: asunto concluido.

30. Alabanza de la agricultura frente al comercio
A veces es mejor buscar el beneficio en el comercio, si no comportase tanto riesgo, e igualmente prestar con usura, en caso de que sea tan honorable. Nuestros antepasados así lo consideraron y asi lo dispusieron en sus leyes: que el ladrón sea condenado a pagar el doble y el usurero el cuádruple; a partir de ello se puede apreciar hasta qué punto consideraron más dañino al ciudadano dedicado a la usura que al ladrón. Pero cuando elogiaban al hombre de bien, lo elogiaban en estos términos: «buen agricultor» y «buen labrador»; se consideraba que quien era así ensalzado recibía el mayor elogio.

41. Besos para Catulo
Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,
tendremos que vivir una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos.

122. Beatus Ille…
«Dichoso aquél que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura, y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra, ni se asusta ante las iras del mar, manteniéndose lejos del foro y de los umbrales soberbios de los ciudadanos poderosos.
Así pues, ora enlaza los altos álamos con el crecido sarmiento de las vides, ora contempla en un valle apartado sus rebaños errantes de mugientes vacas, y amputando con la podadera las ramas estériles, injerta otras más fructíferas, o guarda las mieles exprimidas en ánforas limpias, o esquila las ovejas de inestables patas.
O bien, cuando Otoño ha levantado por los campos su cabeza engalanada de frutos maduros, ¡cómo goza recolectando las peras injertadas y vendimiando la uva que compite con la púrpura, para ofrendarte a ti, Príapo, y a ti, padre Silvano, protector de los linderos!
Agrádale tumbarse unas veces bajo añosa encina, otras sobre el tupido césped; corren entretanto las aguas- por los arroyos profundos, los pájaros dejan oír sus quejas en los bosques y murmuran las fuentes con el ruido de sus linfas al manar, invitando con ello al blando sueño.
Y cuando la estación invernal de Júpiter tonante apresta lluvias y nieves, ya acosa por un sitio y por otro con sus muchas perras a los fieros jabalíes hacia las trampas que les cierren el paso, ya tiende con una vara lisa sus redes poco espesas, engaño para los tordos glotones, y captura con lazo la tímida liebre y la grulla viajera, trofeos que le llenan de alegría.
¿Quién, entre tales deleites, no se olvida de las cuitas desdichadas que el amor conlleva?…»

127. Carpe diem
Tú no preguntes —¡pecado saberlo!— qué fin a mí, cuál a ti dieron los dioses, Leucónoe, ni las babilonias cabalas consultes.
¡Cuánto mejor soportar lo que venga, ya si muchos inviernos nos ha concedido Júpiter o si es el último este que ahora deja sin fuerzas al mar Tirreno batiéndolo contra los escollos que se le enfrentan!
Sé sabia, filtra el vino y, siendo breve la vida, corta la esperanza, larga. Mientras estamos hablando, habrá escapado envidiosa la edad: aprovecha el día, fiando lo menos posible en el que ha de venir.

163. Todas las mujeres me gustan
No me atrevería yo a negar mis costumbres licenciosas ni a promover a causa de mis vicios una contienda basada en la mentira. Confieso mis faltas, si de algo sirve confesarlas. Ahora, después de haberlas confesado, vuelvo, loco de mí, a mis delitos. Lo odio, pero no puedo dejar de desear lo que odio. ¡Ay!, ¡qué pesado es soportar aquello de lo que te esfuerzas por despojarte! Pues me faltan las fuerzas y la ley para gobernarme. Soy zarandeado como una barca arrastrada por la rápida corriente.
No es un determinado tipo de belleza el que provoca mi amor. Son cien los motivos para que yo siempre esté enamorado. Si hay alguna que baja hacia sí sus vergonzosos ojos, me abraso por ella y ese su pudor es para mí una asechanza; si hay alguna que sea atrevida, me veo cautivado
por ella, porque no es pueblerina y promete ser inquieta en ‘ el blando colchón; si alguna me ha parecido desabrida, émula de las severas sabinas, pienso que me quiere pero que en el fondo lo disimula; si eres culta, me agradas por poseer tan insólitas cualidades; si eres ruda, me resultas placentera por tu sencillez. Hay una que dice que, al lado de los míos, los versos de Calimaco son rústicos: a la que le gusto, al momento ella también me gusta a mí; hay también una que me censura como poeta y que critica mis versos: quisiera tener debajo de mí el muslo de la que me critica. Es sensual en sus andares: me cautiva con su movimiento; otra es altiva: pero podría ablandarse al contacto con un hombre. A ésta, porque canta dulcemente y modula con facilidad su voz, quisiera darle besos furtivos mientras está cantando. Ésta pulsa con su hábil pulgar las quejumbrosas cuerdas: ¿quién puede dejar de amar manos tan sabias? Esa me place por sus ademanes, mueve los brazos con ritmo y dobla su cadera delicada de modo sensual. Para callar sobre mí, que por cualquier motivo me veo seducido, pon al lado de ésa a Hipólito y se convertirá en Príapo. Tú, como eres tan alta, te pareces a las antiguas heroínas y puedes abarcar el lecho entero cuando yazcas sobre él. Esta es manejable por lo pequeña que es; ambas se me destrozan: se avienen con mi deseo tanto la alta como la baja. Sí no se arregla, me imagino cuánto podría aumentar sus encantos si se arreglara- Va adornada: entonces es que exhibe sus propias cualidades. Me cautivará una muchacha de pálida tez, me cautivará una rubia. También en la tez morena hay un atractivo seductor. Si unos cabellos oscuros cuelgan sobre un cuello de color de nieve, Leda fue digna de admiración por su cabellera negra. Si son rubios, también la Aurora estaba atractiva con sus cabellos azafranados.

296. El ruido de las calles, la gente
«En Roma muchos enfermos mueren de insomnio, aunque originó la enfermedad una comida indigesta que se pega en el estómago y fermenta. ¿En qué departamento alquilado se puede conciliar el sueño? En Roma dormir cuesta un ojo de la cara. Y ahí empiezan las dolencias. El ruido de los carruajes que pasan por los estrechos recodos de las calles y el escándalo de las bestias de tiro paradas le quitarían el sueño a Druso y a los terneros marinos. Un rico, si un quehacer le llama, pasará sin tardanza por encima de esta marea acomodado en una gran litera librunia; dentro, durante el camino, leerá, escribirá o descabezará un sueño, pues estas literas, si cierras la ventana, invitan a sestear. Y llegará antes, pues a mí, con la prisa que llevo, me cierra el paso una avalancha por delante, y el gentío que me sigue por detrás formando una cola interminable me oprime los riñones. Uno me larga un codazo, otro me da con una ruda angarilla, éste me sacude la cabeza con una percha y aquél con una metreta. Voy con las piernas perdidas de barro, todo son pisotones de unas plantas enormes; un clavo de soldado me ha herido un dedo.»

317. El estilo y la elocuencia
Gayo Plinio a su amigo Luperco. Salud.
Creo haber acertado cuando he dicho de un orador de nuestro tiempo que es muy preciso y exacto, pero que carece de elevación y de fuego: «Que su único defecto es no tener ninguno». El orador debe remontarse, tomar vuelo, a veces irritarse, arrebatarse y en muchas ocasiones acercarse al precipicio. De ordinario, nada hay alto y sublime que no se encuentre cerca del abismo. El camino es más seguro por las llanuras, pero más bajo y más oscuro. Los que se arrastran no corren riesgo de caer como los que corren, pero tampoco alcanzan gloria alguna si no caen. Todo el mérito de la elocuencia, como en otras muchas artes, estriba en los escollos entre los que ha de emprender el camino. Contempla las aclamaciones que reciben nuestros bailarines de cuerda cuando parece inevitable su caída.

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