Pilar Pedraza. Lucifer Circus.

marzo 10, 2020

Pilar Pedraza, Lucifer Circus
Valdemar, 2012. 290 páginas.

Gemma Montbrió es mestiza, hija del dueño del circo y de una acróbata china. A través de sus ojos seguiremos las peripecias de su circo a principios del siglo XX, rodeados de fenómenos asombrosos, misterios sobrenaturales y una búsqueda incesante de satisfacción.

El argumento no es excesivamente elaborado, tras contratar a una niña santa budista pero barbuda hacemos diferentes paradas con el circo (Londres, donde conocerán a Darwin, París, con su bohemia y asociaciones secretas) hasta el enigmático final.

Su fuerza está en el ambiente, en esos personajes estrafalarios pero creíbles y llenos de fuerza, en la caricia mística que se adivina pero nunca estalla. Un mundo muy bien construído por el que da gusto pasear.

Otra reseña: Lucifer Circus.

Recomendable.

Así que, tras despedirnos de Van Paalen y la gente de la granja, que se había portado con nosotros con tanta amabilidad, cabalgamos con Melayu y sus criados por caminos de arcilla empapada, que se pegaba a los cascos y las patas de los caballos dificultando la marcha, y a través de extraños paisajes punteados por pequeños volcanes azules. íbamos calados hasta los huesos la mayor parte del tiempo por chaparrones que nos mantenían empapados de agua, sudor y orina —pues era inútil bajarse de los caballos y caer en el fango para aliviar la vejiga-, hasta Boro-budur en busca de la joya secreta del templo de Tara.
Aprendí muchas cosas de Sikk Navin en la parte del viaje que compartimos. Supe por él que Tara, el Buda Mujer, era la Liberadora de los ocho temores externos; esto es: el miedo a los leones, a los elefantes, al fuego, a las culebras, a los ladrones, al agua, a la esclavitud y a los espíritus malignos; y de los ocho internos: el orgullo, la ignorancia, el odio, los celos, la persistencia en el error, el apego, la avaricia y la duda perturbadora. Los internos me gustaron especialmente, porque los padecía todos a pesar de mi juventud o precisamente por su causa, salvo el odio. Pese a todo yo nunca había odiado a nadie. Rogaría aTara que me enseñara a odiar. En ese momento comprendí también que Buda era algo más que un reclamo turístico o un fetiche de dandis europeos opiómanos y decadentes. Por otra parte, el hecho de que se tratase de un Buda mujer me turbó como la dulzura femenina de la carne del viril Navin, príncipe
socialista de las elefantas, que se separó de nosotros para conducir los animales a las tierras de su jefe montado en el cuello del mayor, que guiaba y protegía al más pequeño según su costumbre. Mi desconsuelo fue aumentando según el príncipe y las bestias disminuían con la perspectiva, y aquella noche dormí a ratos con sueños empalagosos y amargos como el día en que murió mi madre.
La rusa Blavatskaya de ojos alucinantes se había unido a nuestra expedición con su amigo Albert Rawson. Me pareció que esto incomodaba a Melayu, amante de los secretos, pero no dijo nada. Al fin y al cabo, aquella dama estaba muy curtida, montaba bien a caballo y soportaba con entereza las incomodidades del viaje. Además, no molestaba, hablaba poco, en voz baja aunque clara y siempre estaba de buen humor, o lo parecía. No echaba una mano jamás, eso no. En los momentos de descanso, cuando hacíamos un alto, se apartaba un poco con su esterilla y meditaba a la manera de los monjes budistas, contemplada con arrobo por el amante americano y con cierta ironía por los nativos, o bien leía o simplemente descansaba. Como los gatos, tenía la cualidad de encontrar rápidamente los lugares más cómodos y apoderarse de ellos. Quizá por eso estaba tan rolliza. Conmigo se comunicaba poco porque apenas teníamos algún idioma en común. Por aquel entonces mi francés todavía no se había desarrollado, y en cambio ella lo hablaba con todo el mundo, como solía suceder con la aristocracia eslava. En realidad, a la pequeña expedición le venía bien su presencia.

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