Paulino Masip. Prudencio sube al cielo.

febrero 25, 2022

Paulino Masip, Prudencio sube al cielo
AMG editor, 1994. 38 páginas.

Un cuento de Masip descolgado de una antología y publicado aquí en libro único. Prudencio (nombre no inocente, como en las novelas de Galdós) tiene una aventura con una mujer casada, y hacen un viaje juntos… en avión. Tiene un miedo atroz a volar y se juntan todos los miedos (estamos hablando de otra época).

Historia simpática y de fácil lectura que nos sirve como retrato de caracteres de una época
y poco más. Ese Prudencio aturullado moralmente en el que se mezcla el miedo real, físico, del vuelo con la culpa católica, pero que después de la tormenta sale el sol. Como no he leído nada más del autor no sé si es representativo de su obra.

Está bien.


Pero, esta noche, Prudencio no tiene a diez centímetros de la suya la boca suculenta de María Teresa y nada obstruye la erupción de sus aprensiones avivadas por la cercanía de la terrible prueba.
—El cielo es para los pájaros y para los ángeles —se repetía Prudencio, angustiado entre las revueltas sábanas—, Y yo no soy pájaro y mucho menos ángel.
El inopinado recuerdo de las luminosas y ambiguas criaturas, que suben y bajan del cielo a la tierra y se pasean entre las nubes divinas, sobrecogió a Prudencio aún más de lo que estaba y su sobresalto le dictó este monólogo interior.
—¡Sí, sí, ángel! Buen ángel estoy hecho, enbadurnado de arriba abajo por el más vitando de los pecados mortales, el pecado que irrita a Dios más que ningún otro porque encierra y comprende lujuria, mentira, hurto, muerte y, ¡qué sé yo!, ¡por ser pecado bomba que al estallar desparrama metralla y alcanza a todos o casi todos los mandamientos…! ¡Y voy a cometerlo a sangre fría, premeditada y alevosamente! Otras veces, y eso que todos mis pecados anteriores al lado de éste fueron pecadillos, podía echarle la culpa a un arrebato de pasión, a una ceguera momentánea producida por fuerzas malignas, yo juraría que ajenas a mí y que me permitían repetir, en cuanto recobraba la videncia moral, aquellas palabras de San Pablo: «¡No fui yo, no fui yo… Fue mi cuerpo!». Ahora, en cambio, no tengo capa que me tape, burladero que me guarezca, ni peón que me haga el quite. Estoy solo, desnudo, en cueros vivos, y me voy derecho, deliberadamente, hacia el toro del pecado y digo y me parece toro porque de él emergen los çuernos del diablo. ¡Y me cogerá sin remedio! Porque, para que el Señor no tenga en su divina indignación que molestarse mucho buscando el castigo que me aplique, le voy a dar todas las facilidades. Yo ya sé que Dios no las necesita, que su mano llega a todas partes y la deja caer sobre el culpable, dónde, cuándo y cómo quiere, pero es evidente que aprovecha las circunstancias favorables. Y ¿cuáles mejores que las de éste maldito viaje en avión? No las hay
porque, fíjate, Prudencio, y tiembla: Dios puede, y es natural además que quiera, darse el gusto de impedir la consumación del pecado, y quitarme el gustazo que yo pudiera sacarle. Porque así están las cosas: el pecado existe desde el momento en que decidí voluntariamente cometerlo, remachada la intención por los ligeros avances, aperitivos diría, que me fui tomando a cuenta de él, pero el plato fuerte está todavía muy lejos. Y Dios, velando por el decoro, la honestidad y la pureza, puede alejarlo eternamente con sólo aflojar una tuerca, una tuerquita, la más chiquitita del aparato que nos va a llevar y sepultarme, primero en la tierra sin necesidad de sepulturero y, luego, en los infiernos.
Prudencio, en este punto, sintió que le llegaba al cuerpo una andanada de calosfríos que le cortaron durante un buen rato el hilo de sus pensamientos; al fin pudo enhebrarlo y proseguir su soliloquio:
—¡Porque se junta todo, Prudencio! Yo no me oculto que, a pesar de las seguridades de las estadísticas, a mí, volar me da un miedo espantoso y que lo tendría aunque fuera un viaje de recreo o de negocios o de índole familiar, en una palabra, inocuo, pero si así fuere, antes de emprenderlo confesaría y comulgaría y, apoyado en las alas de los dos sacramentos, subiría al avión si no tranquilo, resignado. ¡Pero ahora este consuelo me está prohibido! Ahora tengo sobre mí, el miedo congénito íntegro y la cólera de Dios duplicada pues, a la transgresión de las leyes morales que dictó a Moisés en las Tablas de la Ley, uno la transgresión de las leyes naturales por El establecidas para regir el Universo-Mundo con sus astros, planetas, seres y cosas inanimadas, lo que siempre sería un desafío desdeñoso a la sabiduría divina, pero en esta ocasión es un sarcasmo diabólico que voy a pagar muy caro…
Como el sueño seguía negándosele por modo implacable, Prudencio continuó entregado a sus tétricos desvarios. Llegó a pensar que los caminos del adulterio deberían de ser subterráneos, líneas de un «Metro» especial para mal casadas y desvergonzados codiciosos de la fruta ajena que así estarían lo más lejos posible de la mirada de Dios y no como ahora que a María Teresa y a él —bueno, a él no, ¡a ella, a ella!— se les ha ocurrido remontarse… hacia el cielo, atravesar las nubes

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