George Langelaan. Robots pensantes.

febrero 24, 2022

George Langelaan, Robots pensantes
Luis de Caralt editor, 1976. 220 páginas.
Tit. or. Nouvelles de l’anti monde. Trad. Fernando Sánchez Dragó.

Incluye los siguientes relatos:

Robots pensantes
El milagro
Tiempo muerto
El tigre recalcitrante
Caída en el olvido
La ronda del diablo
La última travesía

Que a pesar de la colección tiene poco de ciencia ficción y sí más de fantasía en el aspecto de lo sobrenatural. Todos bastante flojillos aunque teniendo en cuenta que el libro me salió gratis pues se puede pasar por alto. Ojito al traductor. La ficha: Robots pensantes

Se deja leer.

Al sentarse al borde de la concavidad, vio que algo brillaba bajo el haz luminoso de la linterna. «Una llave», pensó. Pero se trataba de un tornillo de gran tamaño, oxidado por varios sitios. Le bastó con inclinarse un poco e iluminar el ataúd de Robert para descubrir el agujero de donde provenía el tornillo. Lewis, ligeramente asustado, empujó la tapa del ataúd, que no le ofreció la menor resistencia. Entonces, tras unos segundos de titubeo, la desplazó a un costado. El féretro, fuera de una gruesa y peluda araña, que se replegó sobre sus largas patas, dispuesta a defender su vida, estaba vacío.
Lewis volvió a colocar la tapa con un estremecimiento y subió a la capilla. Allí desgarró su improvisada cortina, envolvió en él las herramientas y las lanzó a la fosa antes de cegar el acceso a ésta y dejarlo todo como estaba.
Diez minutos más tarde, un coche deportivo de marca inglesa se dirigía hacia la carretera general, situada a menos de un quilómetro del cementerio, camino de París.
Lo normal, pensó Lewis mientras imprimía un brusco giro al volante para evitar el choque con un gigantesco camión cargado de verdura, era avisar a las autoridades francesas, pero antes de hacerlo se imponía una conversación con Penny, en la que ella le dijera todo, absolutamente todo. Tal vez su historia no era tan fantástica como parecía, pero Lewis debía actuar en nombre de evidencias y no de suposiciones. Desde luego, Penny sabía lo del ataúd vacío y todo aquello sonaba a tomadura de pelo. Esta sensación le encolerizó.
Al día siguiente, a la hora de costumbre, Amélie entró en su habitación para traerle el desayuno. Lewis, también como de costumbre, se volvió en la cama al oírla y percibió unas intensas agujetas en la espalda y en los hombros. Ante eso no pudo menos de pensar que seis horas de sueño suplementario no le vendrían nada mal.
—¿Ha visto el señor su traje? —preguntó Amélie acercando la bandeja al borde de la cama. Después cogió del suelo un zapato y lo sostuvo con el brazo extendido, signo indiscutible de descontento.
—No… No, por lo menos, desde que me acosté —dijo Lewis bostezando.
—Lo traje ayer del tinte, señor. Y hoy está hecho unos verdaderos zorros. ¿Se ha dedicado a hacer gimnasia con él?
—Lo siento.
—¡Y no le digo nada del impermeable! El bolsillo está completamente desgarrado.
—Perdone, Amélie. ¿No habrá encontrado algún cigarrillo dentro? Fumar ahora me vendría de perlas…

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