André Pieyre de Mandiargues. Al margen.

febrero 28, 2022

André Pieyre de Mandiargues, Al margen
Altera, 1996. 254 páginas.
Tit. or. La marge. Trad. Ricardo Cano Gaviria.

Sigismond Pons está en Barcelona como representante pero aprovecha el fin de semana para perderse por las calles más canallas del barrio del Raval de Barcelona y acostarse con una joven prostituta. Mientras, una carta que recogió en la lista de correos aguarda su turno escondiendo el drama.

Teniendo en cuenta que hay una plaza dedicada al autor en el barrio el libro me ha decepcionado bastante. La bomba de relojería de la carta no tiene demasiado sentido y se ve venir desde que la recoge. El resto es una descripción de un turista burgués que va de bar en bar por unas calles que, cincuenta años después, están gentrificadas en un 50% y en otro todavía resisten.

Como va enumerando el recorrido como si un trayecto de google maps se tratara, y como yo viví al lado de donde se aloja el protagonista y me conozco la zona como la palma de mi mano, me hacía gracia caminar mentalmente juntos y comparar sus descripciones con mis recuerdos. Pero fuera de eso, sinceramente, no hay ni trama, ni pulso, ni interés.

Mención aparte a la joven prostituta. No sé qué tienen los escritores franceses con las chicas muy jóvenes pero dan un poco de grima, por no decir otra cosa. Que sí, que los ojos del siglo 21 no son los mismos, pero que da cosica.

Esperaba historias al margen como prometía el título y me he encontrado los vagabundeos de un burgués perdido en un laberinto de callejuelas canallas que mira con la boca abierta pero sin mancharse un espectáculo que no comprende.

Se deja leer.

Al lado, las habitaciones Ciudad parecerían más «respetables», pero es al amplio 20 al que Juanita está acostumbrada y, por más alquilada que esté, es ella quien dirige la marcha. Sigismond la sigue, dócil.
En un oscuro reducto, un hombre gordo le pide veinte pesetas, que paga sin discutir, a pesar de la tarifa que se puede leer en la entrada, la cual, escrita tiempo atrás, debería rectificarse. Después de subir un piso, son recibidos por una vieja que tiembla (¿de fiebre?) y a la que Sigismond recompensa con una moneda cuando les abre la habitación en la que ahora se encuentra con Juanita, quien le mira con una sonrisa idéntica a la del bar Pigalle. Seguro que va a decirle: «Fucky, fucky».
¿Y para qué otra cosa, de hecho, ha venido a esta pequeña habitación, menos sucia de lo que su aspecto exterior permite suponer, a juzgar por lo que se ve bajo la débil luz que cae desde una pantalla de cristal rosa colgada del techo? La puerta, pintada de gris, está frente a la taza de un lavabo de porcelana negra, bajo el cual puede verse un bidet de hierro esmaltado. Las paredes están todas recubiertas por un papel gris punteado de rojo. La cama, nada ancha, está cubierta por un mantón de algodón decorado con flores rojas sobre un fondo negro, y los flecos negros caen sobre el suelo, lavado hace poco. De las sábanas vale más no hablar, de igual modo que, sin duda, es mejor no levantar el cobertor de la
cama.
Mientras él se dedica a hacer el inventario («¡nunca dejará esa manía!», decía Sergine), Juanita se quita rápidamente los zapatos y también la falda, debajo de la cual no lleva nada. Sus medias negras, algo caídas, se sostienen gracias a las ligas elásticas, de las que una llega a verse sobre el borde enrollado. Vestida con un jersey color frambuesa (bajo el cual lleva un sujetador negro, que el gastado suéter cubre precariamente), abraza a Sigismond. «Hombre», dice, y añade que quiere el dinero en seguida. Entonces él le paga el precio convenido, luego se desviste, feliz de poder echarse desnudo en una cama, aunque ésta sea de dudosa limpieza, en una habitación fresca y en paz. Si no actúa con prisas, le dará cien pesetas más, dice por otro lado a Juanita, cuando ella se une a él.
Por más que se lo ruegue, ella se niega a quitarse su suéter (para no estropearse el peinado, cuya gracia está no obstante en su aire alocado). Tan sólo consigue hacerle sacar los brazos de las mangas, desabrochar su sujetador, y enrollar todas esas prendas en torno a su cuello, lo que finalmente da a la criatura el aspecto gracioso de alguien que ha sido víctima de una violación.
Sus hombros son de una pureza sin mácula; sus senos, de una suave redondez y volumen, con puntas firmes y sombreadas, en las pequeñas aréolas apenas más oscuras que los pezones. Sigismond mira tiernamente a la muchacha descubierta por él.
Detrás de este curioso sentimiento de reconocimiento que experimenta debe esconderse algo profundo, y él se pregunta a qué imagen desvanecida de su memoria corresponde la juventud de los senos que tiene ante a sus ojos. Luego deja de buscar.

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