Matías Candeira. Ya no estaremos aquí.

diciembre 24, 2020

Matías Candeira, Ya no estaremos aquí
Salto de página, 2017. 150 páginas.

Incluye los siguientes cuentos:

Las estrellas miran hacia abajo
Casa de nieve
Detrás de la tormenta
Las profundidades
Lar
El interior de un ojo
Bosques tranquilos
La instalación
Hija pródiga

Ambientados en futuros distópicos de ambientes generalmente malsanos, con hincapié en las relaciones padres-hijos, adultos-niños, donde nunca sabemos quién es el causante del desasosiego que impregna el relato. Muchas veces hay un interesante cambio de perspectiva.

No es el libro que más me ha gustado del autor, pero su calidad es incuestionable. En esta reseña hacen un resumen muy bueno de cada relato: Ya no estaremos aquí y aquí lo elogian más que yo: Ya no estaremos aquí

Recomendable.

A veces sustituyo los verbos voluntariamente. Olivia decía. Me decía. Ahora dice. Es un ritual que abre un camino en toda esta nieve y me entretiene durante un buen rato. También los verbos hay que calentarlos, como a mi padre, cuando nos ponemos junto a la chimenea por las noches para que le masajee sus pies. Los pies de un padre de la edad del mío no son algo bonito. En realidad, tienen algo misterioso. Estoy casi seguro de que sus uñas gruesas y torcidas podrían perforar el casco de un petrolero. Aquí todo está frío, también el pasado. El pasado es lo más difícil de calentar. Se parece a ciertas comidas. Yo, al menos, soy un cocinero horrible. Al pasado lo quemamos en una hoguera. Casi siempre es un pobre amigo gordo, atado a un potro de tortura. Bajamos allí y nos lo pasamos bien con él. Un yeti, un hombre de las nieves que resopla en el ojo de una caverna y pide que lo entierren en hielo. Eso sí sería una película interesante. En fin, sustituyo los verbos porque no hay que dejarse vencer por el aire helado. Olivia dice, claro que dice, sigue murmurando sus propias palabras. Aún creo que me habla al oído.
Que ayudes, le insisto a mi padre cuando entro allí, que te levantes y ayudes, tenemos que matar a la nieve. Luego me da un poco de pena. Sonrío, vamos, papá, es una broma, y vuelvo a taparle los pies con la manta, le acerco la botella a la boca, le coloco bien el pelo tal y como lo hacía alguna otra mujer. Desciendo a la planta baja, abro los cerrojos y salgo al exterior a realizar mis tareas. Sí, puedo presumir de estos diálogos erráticos con la nieve. Desde luego, mi padre no es un yeti. No puede serlo porque apenas desprende majestad y sí muchos olores. Para imaginarme en los brazos del yeti ya tengo a Olivia. Hay un silencio en el centro de su nombre. Pero estás solo, estás aquí solo y tienes trabajo que hacer, me vuelvo a repetir.

¿Vas a estar bien sin mí?, dice.

Pues no lo sé. ¿Tú qué opinas?

Quiero que me lo digas tú.

Bueno, esta noche va a nevar, y no va a ser bonito. Eso seguro. La casa se queda demasiado aislada.

¿Siempre tienes que hablar de lo que no está aquí? ¿Por qué cambias de tema?

Eso crees tú. Pero no, no estaba cambiando de tema.
Durante una época, cuando era más pequeño, a veces me daba por pensar en este pueblo como en ese calamar gigante que vive en los abismos del océano pacífico. Me gusta mucho leer sobre criaturas que están debajo de los pies de los hombres y se pasan la vida vigilándolos. Tengo muchos cómics, aunque ya no los saco de las cajas porque las hojas se han quedado pegadas y crujen todo el tiempo. No merece la pena. En realidad, hablando de ese calamar gigante tan fantástico, descubrí que era demasiado cansado para mí forzar mis pensamientos para hacer simétricos a la criatura y a este lugar, porque aquí apenas se mueve nada y ese bicho, en cambio, se ha tenido que comer a un montón de gente. Aquí hay que aprender a ser práctico, si es que quieres estar seguro de que todavía te funcionan las piernas.

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