Italo Calvino. El vizconde demediado.

diciembre 23, 2020

Italo Calvino, El vizconde demediado
Siruela, 1993. 120 páginas.
Tit. or. Il visconte dimezzato. Trad. Esther Benítez.

Un cañonazo en la guerra ha partido por la mitad al vizconde de Terralba. Cuando regresa a su castillo, medio cuerpo que camina con una muleta, sus convecinos se dan cuenta de que ha cambiado. Es una persona cruel que se dedica a hacer el mal en cuanto tiene ocasión. Pero todo cambiará cuando llegue un visitante inesperado.

Derroche de fantasía, construido como una fábula repleta de secundarios que tienen más cuerpo que muchos protagonistas de otras novelas, es una muestra del buen hacer narrativo del autor, que esconde una parábola dentro de una historia muy agradable de leer.

Es la primera parte de una trilogía que leí hace tiempo (mucho tiempo) pero que como me he encontrado este ejemplar por la calle he vuelto a leer con gusto. Y es que a Calvino se le puede leer siempre, que nunca defrauda.

Muy recomendable.

La maldad de Medardo se dirigió también contra su propio haber: el castillo. El fuego
comenzó en el ala donde vivían los criados y flameó entre fuertes chillidos de quien había
quedado prisionero, mientras se vio al vizconde alejarse cabalgando por el campo. Era un
atentado que había tendido a la vida de su nodriza y casi madre Sebastiana. Con la
obstinación autoritaria que las mujeres pretenden mantener sobre aquellos que han
conocido de niños, Sebastiana no dejaba nunca de regañar al vizconde en cada nueva
fechoría, incluso cuando ya todos se habían convencido de que su naturaleza estaba
abocada a una irreparable, insana crueldad. Sacaron a Sebastiana maltrecha de los
muros carbonizados y tuvo que guardar cama muchos días, para curarse de las
quemaduras.
Una noche, la puerta de la habitación en la que yacía se abrió y el vizconde apareció
junto a la cama.
—¿Qué son esas manchas en vuestra cara, nodriza? —dijo Medardo, indicando las
quemaduras.
—Un rastro de tus pecados, hijo —dijo la vieja, serena.
—Vuestra piel está afeada; ¿qué mal tenéis, nodriza?
—Un mal que no es nada, hijo mío, comparado con el que te espera en el infierno, si no
te corriges.
—Deberíais curaros pronto: no querría que se supiera por ahí este mal que padecéis…
—No tengo que tomar marido, para cuidar de mi cuerpo. Me basta la conciencia
tranquila. Si pudieras decir tú lo mismo…
—Y sin embargo, vuestro esposo os espera, para llevaros consigo, ¿no lo sabéis?
—No ridiculices a la vejez, hijo, tú que has tenido la juventud agraviada.
—No bromeo. Escuchad, nodriza: vuestro novio está tocando bajo la ventana…
Sebastiana aguzó el oído y oyó fuera del castillo el son del cuerno del leproso.
Al día siguiente Medardo mandó llamar al doctor Trelawney.
—Manchas sospechosas han aparecido no se sabe cómo sobre el rostro de una vieja
sirvienta nuestra —dijo al doctor—. Todos tememos que sea lepra. Doctor, confiamos en
las luces de su sabiduría.
Trelawney se inclinó balbuceando:
—Mi deber, milord…, siempre a sus órdenes, milord…
Dio media vuelta, salió, huyó fuera del castillo, cogió consigo un barrilete de vino
«cancarone» y desapareció en los bosques. No se le vio durante una semana. Cuando
regresó, la nodriza Sebastiana había sido enviada al pueblo de los leprosos.
Dejó el castillo un atardecer, vestida de negro y con velo, llevando bajo el brazo un
paquete con sus cosas. Sabía que su suerte estaba echada: tenía que tomar el camino de
Pratofungo. Dejó la habitación donde la habían tenido hasta entonces, y no había nadie
ni en los pasillos ni en las escaleras. Bajó, atravesó el patio, salió al campo: todo estaba
desierto, a su paso todos se apartaban y se escondían. Oyó un cuerno de caza modular
una llamada de sólo dos notas: ante ella en el sendero estaba Calateo que alzaba al cielo
la boca de su instrumento. La nodriza se encaminó a pasos lentos; el sendero seguía la
dirección del sol del ocaso; Galateo la precedía un buen trecho, de vez en cuando se
paraba como contemplando los avispones que zumbaban entre las hojas, alzaba el
cuerno y elevaba un triste acorde; la nodriza miraba los huertos y las riberas que estaba
abandonando, sentía detrás de los setos la presencia de la gente que se alejaba de ella, y
volvía a tomar el camino. Sola, siguiendo de lejos a Galateo, llegó a Pratofungo, y las
puertas del pueblo se cerraron tras ella, mientras las arpas y los violines comenzaron a
sonar.

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