La autora nos presenta en 29 islas el archipiélago de sus referentes literarios, los libros cuya lectura le impactó, los géneros que orbitan su literatura, aquellos autores que persiguió hasta que encontró algún libro suyo. Todo intercalado con pequeños párrafos que son reflexiones acerca de lo que significa la lectura para ella.
Me ha encantado. En primer lugar, porque se nota que para quien lo escribe la literatura es una parte importante de su vida. Nos contagia esa pasión que, al menos en mi caso, es compartida. En segundo lugar, porque todo lo que cuenta es interesante. No hay clichés ni lugares comunes. Y, por último, por encontrar afinidades tanto en lecturas como en reflexiones acerca de la misma. Es impresionante como se pueden compartir referentes a tantos kilómetros de distancia.
No siempre estoy de acuerdo con las valoraciones que hace de algunos libros, faltaría más. Pero las similitudes me han llevado a descubrir a una serie de autores a los que voy a investigar. Al final hay un listado que sirve de referencia.
Muy bueno.
Cuando pensé en este recorrido por mis lecturas, en estas islas que se conectan, sin orden pero naturalmente juntas, pensé en la lectura como una fiesta, como evasión, como puro placer. Y cuando me encontré con la escritura, resultó que hablaba mucho más de trabajo y esfuerzo que de deleite. Leer es una elección que consume un tiempo que podría dedicarse a estar al sol, viajar, renovar vínculos, tener conversaciones, cocinar, bailar. ¿Cuánto será lo que no hago, lo que dejo de lado, lo que me pierdo, porque decido leer? Y no es en absoluto la romantización de que se vive en los libros. Hay vitalidad en los libros, pero no está relacionada con nacer, amar, morir, pelear, desear. Es una vida de la imaginación que, para quien consigue el pacto de la lectura, que supongo es una especie de palabra mágica subconsciente, es una existencia muy real. En el Libro del desasosiega), Fernando Pessoa escribe: “Mi mundo imaginario fue siempre el único verdadero para mí. Nunca tuve amores tan reales, tan llenos de vigor, de sangre y de vida como los que tuve con figuras que yo mismo creé5’. Suscribo en parte, primero porque es poesía de un hete-rónimo y no hay que ser literal, segundo porque mi vida (real) también es muy intensa.
N’o tengo ninguna lectura culposa y odio la noción, que pregunten sobre eso, que siquiera se considere. Siempre eí cualquier cosa y no creo en el mal gusto, porque no creo que una persona sea mejor o más elegante por leer. Creo que se pierde algo maravilloso, pero, por ejemplo, yo no sé nadar y nunca aprendí y me pierdo algo maravilloso. Como me pierdo el amor de un hije porque no soy madre, como me pierdo la libertad de una ruta porque no sé manejar o la adrenalina de los videojuegos ya que no puedo prestarles atención porque soy vieja. ;No es lo mismo? ¿Y por qué no?
Si hay un género que leo hoy con locura es lo que se llama nueva ficción rara, pero el problema es que la definición es tan amplia que resulta inabarcable. Podría pensarse desde lo anterior, es decir, la deriva lovecraf-tiana relacionada con el horror cósmico, o sea, terror y ciencia ficción que, hoy, suman comentario político. Pero también puede pensarse como una mixtura de lo que se llamó géneros “menores”: recursos en el policial negro, en el fantasy, en los relatos orales, en el western. Un híbrido que, además, suma realismo. Un espacio de experimentación, en fin. Me enorgullece ser contemporánea de tantos buenos escritores de weird, desde Paul Tremblay hasta Juan Mattio, Maximiliano Barrientos, China Miéville, Kelly Link, Samanta Schweblin o Elaine Vilar Madruga.
Un escritor, sin embargo, llamó a sus propios cuentos weird fiction con la intención de clausurar la definición para sí mismo. Es Robert Aickman, el rey. Nacido en Londres en 1914, escribió solo cuarenta y ocho cuentos, que publicó entre 1951 y 1981. Ni uno es flojo. Fueron ocho volúmenes de relatos que, a pesar de su maestría, nunca tuvieron éxito ni suerte. Para los fans del género en el mundo hispano, el rastreo de Aickman fue siempre

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