Leonora Carrington. Memorias de abajo.

enero 21, 2021

Leonora Carrington, Memorias de abajo
Alpha Decay, 2017. 86 páginas.
Tit. or. Down Below. Trad. Francisco Torres Oliver.

La pintora Leonora Carrington no se limitó, como sus compañeros surrealistas, a tratar temas oníricos. Se metió de lleno en la locura y, al escapar de los horrores de la segunda guerra mundial recaló en la España de Franco. Allí se le diagnosticó y encerró en un sanatorio mental.

Este breve libro es una descripción de esa experiencia. No esperen un relato de horrores psiquiátricos. Se trata del punto de vista de una persona cuya percepción de la realidad está completamente distorsionada. Es la narración de un sueño que transcurre en la vida real. Sabiendo que no es invención, que estamos ante un diario alucinado, se me han puesto los pelos de punta.

Muy recomendable.

Subí corriendo a la azotea del hotel y lloré, contemplando la ciudad encadenada a mis pies, una ciudad que era mi deber liberar. Bajé a la habitación de Catherine y le pedí que me mirara la cara; le dije: «¿Te das cuenta de que es la imagen exacta del mundo?». Ella se negó a escucharme y me sacó de su habitación.
Baje al vestíbulo del hotel y, entre la gente, encontré a Van Ghent y a su hijo, que me acusaron de locura, obscenidad, etcétera; sin duda estaban asustados por mi hazaña de la tarde con los periódicos. A continuación corrí al parque y estuve jugando allí unos momentos en la yerba, para asombro de todos los transeúntes. Un oficial de la Falange me devolvió al hotel, donde me pasé la noche bañándome una y otra vez en agua fría.
Para mi, Van Ghent era mi padre, mi enemigo, y el enemigo de la humanidad; yo era la única que podía vencerle; necesitaba vencerle para entenderle. Solía darme cigarrillos —eran muy escasos en Madrid—, y una mañana en que me encontraba especialmente excitada, se me ocurrió que mi estado no se debía solo a causas naturales, y que sus cigarrillos estaban drogados. La conclusión lógica de esta idea era denunciar el horrible poder de Van Ghent a las autoridades, y luego proceder a liberar Madrid. Me parecía que la mejor solución era contribuir a que se estableciese un acuerdo entre España e Inglaterra. Así que llamé a la embajada británica y fui a visitar al cónsul. Me esforcé en convencerle de que la Guerra Mundial estaba siendo dirigida hipnóticamente por un grupo de personas —Hitler y compañía— que en España eran representadas por Van Ghent; que para vencerle bastaba con comprender su poder hipnótico; entonces detendríamos la guerra y liberaríamos
el mundo, que estaba «agarrotado» como yo y el Fiat de Catherine; que en vez de vagar sin rumbo por los laberintos políticos y económicos, era esencial creer en nuestra fuerza metafísica y distribuirla entre todos los seres humanos, que de este modo serían liberados. Este buen ciudadano británico se dio cuenta en seguida de que estaba loca, y telefoneó aun médico llamado Martínez Alonso, el cual, una vez informado de mis teorías políticas, coincidió con él.
Ese día se me acabó la libertad. Me encerraron en una habitación de hotel, en el Ritz. Yo me sentía perfectamente contenta; me lavé la ropa y me confeccioné diversas prendas de gala con toallas de baño para mi visita a Franco, la primera persona a la que debía librar de su sonambulismo hipnótico. En cuanto Franco estuviese libre, llegaría a un entendimiento con Inglaterra, luego Inglaterra con Alemania, etcétera. Entretanto, Martínez Alonso, totalmente confundido por mi estado, me administraba bromuro a litros y no paraba de suplicarme que no estuviese desnuda cuando los camareros me traían la comida. Le tenía aterrado y hecho polvo con mis teorías políticas; y tras un calvario de quince días, se retiró a una estación balnearia de Portugal, dejándome bajo los cuidados de un médico amigo suyo, Alberto N.
Alberto era guapo. Me apresuré a seducirle, porque me decía a mí misma: «He aquí a mi hermano que ha venido a librarme de los padres». Yo no gozaba del amor desde la marcha de Max y lo necesitaba perentoriamente. Por desgracia, Alberto era un perfecto imbécil también, y probablemente un sinvergüenza.

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