Elena Mesa. Sé morir.

enero 28, 2026

Elena Mesa, Sé morir
Tránsito, 2025. 150 páginas.

Un niño que ve el sucidio de un vecino tiene una epifanía. Dentro del ambiente de violencia familiar y social en la que se mueve, sostenido por el amor y la complicidad de su hermana, buscará respuestas a lo que siente y le mueve.

Tenía muchísimas ganas de leer este libro, y me ha sorprendido muchísimo. Para empezar, confirma el buen hacer de Tránsito, que publica libros de una gran calidad de autoras, como es el caso, que están empezando. Para continuar el nivel de la escritura de la novela, que te lleva de la mano con ternura mientras te señala con el dedo cosas terribles.

Porque la historia que se cuenta, aún tratándose de una realidad durísima, nos impregna de melancolía y de abandono, y te deja, al cerrar el libro, con el ánimo encogido, escondido dentro de un puño.

Los collages que acompañan al libro, y que tienen su razón de ser en la historia, bellísimos.

Muy bueno.

«Má, vea quién vino de visita»; pero ella no te escuchó. Sabíamos que eso iba a pasar, ya te había dicho que mamá estaba en su libertad interior, que ella la había encontrado de esa forma. Vos solo me miraste un rato para después decirme que más bien era yo al que le faltaba un tornillo, que me lo habían quitado los monjes del taller donde trabajaba para ponérselo a una de las sillas que estábamos arreglando.
Apenas la vi, el corazón empezó a palpitarme muy fuerte, como me pasaba casi siempre al despertarme, o cuando salí corriendo de la casa del brujo, o cuando vi a aquel muchacho de la mano de esa pelada que yo sabía que no quería, o como me pasó cuando era niño y vi al hijo de la vecina muerto en su habitación, o cuando al salir del prescolar corrí y corrí detrás de mamá para que no me dejara solo. Era el corazón avisándome del miedo, pero también el corazón avisándome del amor. ¿Será que son lo mismo?
Cuando la llamamos por tercera vez, por fin giró la cabeza sobre el hombro izquierdo y se le fueron iluminando los ojos con un brillo que pude ver algunas veces, cuando yo era muy niño y todavía se atrevía a cargarme en sus piernas, apretándome los cachetes y diciéndome que yo era el niño más lindo de la cuadra. Ese brillo apareció los pocos días en que pudo librarse de toda su historia y dejó salir esa ternura, y de pronto sí estaba presente para darnos un poquito de amor, aunque a ella se lo habían negado todo. Pero unos segundos después el brillo se le apagó. Bastó para que yo supiera que me había reconocido, que todavía guardaba esa imagen del niño que fui dentro de ella. La abracé
y se quedó quieta, sin esforzarse en demostrar que no estaba incómoda. Me preguntó que cómo había llegado y que si estaba haciendo mucho frío por allá. Entonces empezó a hablar un poco, y de pronto, sin que lo notáramos, estábamos lo suficientemente tranquilos para tomarnos un tintico caliente, hecho con aguapanela, como le gustaba.
Yo empecé a contarle que cerca del monasterio había muchos arroyitos y entonces se podía escuchar el agua tranquila que bajaba desde la montaña. Sabía que esas cosas le iban a gustar porque ella siempre quiso el campo; aunque tenía recuerdos muy agrios de su niñez, pero también hablaba mucho de la finca y de los animales que recordaba de ese tiempo, y del agua limpia de las quebradas. No como la que teníamos al lado de la casa, que siempre olía muy maluco y en la que alguna vez dejaban los rastros los que se. morían. Antes de tiempo, pero no como yo, sino porque alguien más lo decidía, que era lo que pasaba mucho en este mundo en que crecimos. No se podía decidir sobre la vida, se decidía si acaso sobre la muerte.
Le dije que por las noches escuchaba sonidos de cigarra y que lo que hacían las luciérnagas juntas era algo muy bonito, como si uno pudiera tener el cielo muy cerca y las estrellas se pudieran tocar. Le conté que algunas de las estrellas que veíamos en el cielo estaban muertas, pero que habían brillado con tanta fuerza que todavía no se apagaban del todo, y por eso las podíamos seguir viendo.

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