
Tránsito, 2025. 86 páginas.
Tit. or. Une famille a Bruxelles. Trad. Regina López Muñoz.
Largo monólogo interior de una mujer que hace un repaso a su vida, a la distancia con sus hijas, a la relación con su marido que ha fallecido hace poco, en una vida mediocre sin apenas horizonte vital y, por eso, teñida de una tristeza que la protagonista no puede imaginar.
La autora, Chantal Akerman, es una cineasta que fue un referente con sus películas que trataban de temas cotidianos desde una perspectiva femenina. El relato largo que es este libro va en esa línea, y aunque me ha gustado el tono de escritura, esas frases encabalgadas que no se acaban nunca, no me ha atravesado demasiado.
Está bien.
La otra con marido y con hijos sabe conducir y hasta tiene un coche para ella sola. Y menos mal porque en el país donde vive las distancias son enormes y se conduce una barbaridad y ella no puede andar constantemente pegada a su marido.
De hecho ella ya sabía conducir cuando no tenía ni hijos ni marido y no vivía lejos sino en casa. Cuando estaba aquí todavía. En el fondo sabía lo que quería y conducía muy bien. Mucho mejor que su padre mi marido y tal vez saliera a mí que no conducía pero tal vez habría podido y también hacer montones de cosas que nunca hacía y a veces me pregunto por qué pero así son las cosas.
Y ahora no hago nada todavía menos que cuando vivía mi marido. Cuando él vivía estaba ahí y yo también estaba ahí con él nos llamaban Señor y Señora De Tal. Ahora todo el mundo sabe que él ya no está y su coche tampoco. Se quedó en el depósito o no sé dónde. Mi hija la de Ménilmon-tant dijo que ya no había coche y que mejor no hablar más de aquel coche y que de todos modos parecía como nuevo pero ya no valía para nada. Así que yo dije, ya no hay coche y no hablé más de él tal y como ella me pidió, él siempre preguntaba qué tal el coche y lo que se preguntaba en realidad era si podría seguir conduciendo. De todos modos yo no quería pensar en eso, mi hija la de Ménilmontant me dijo que él nunca volvería a ponerse bien y que solo podíamos esperar una cosa y esa cosa llegó. Y aunque nos la esperábamos no nos la esperábamos, ni yo ni mis dos hijas que llegaron de lejos, mi hija con su marido y sus hijos y mi otra hija con íntimos suyos que viven lejos también pero cerca
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de ella. Llegó casi toda la familia cercana, las dos hermanas de mi marido con sus maridos e hijos, todo el mundo estaba menos los que viven junto al mar. Y todos nos abrazamos y besamos pero nada de eso aliviaba los huesos. Al menos no como hubiera sido menester. Alguien un amigo dijo, se ha ido igual que vivió de puntillas y mi hija la de Ménilmon-tant dijo de quién habla este qué puntillas ni qué puntillas y luego no quiso discutir. Pero yo estoy convencida de que en su cabeza discute. Este amigo siempre le dice yo conocí a tu padre antes que tú pero eso no son maneras de conocerlo, mi padre no se dejaba conocer, yo tardé años en conocerlo un poquito y no fue en absoluto de puntillas. A mí sin ser mi hija la de Ménilmontant me entran ganas de decir lo mismo sin discutir y no solo en mi cabeza pero si empiezo no tendré fin así que prefiero no empezar sobre todo con mi hija la de Ménilmontant porque entonces yo sabría lo que está pensando y ella también lo sabría aunque tal vez ella ya lo sabe igualmente y también yo pero no todo. Ella no sabe todo lo que pienso yo, ni yo sé todo lo que piensa ella, pero con lo que sé me basta. Y tampoco sabía yo todo lo que pensaba mi marido pero a veces le preguntaba sobre todo cuando estaba sentado en su sillón sosteniéndose la cabeza entre las manos. Eso lo hacía cuando yo no estaba en el salón, sobre todo cuando estaba yo en la cocina o en el dormitorio a veces incluso en el baño en definitiva cuando no estaba yo en el salón pero a veces entraba en el salón por hache o por be o a veces sin motivo y lo veía con la frente entre las manos, con la cara entre las manos, encorvado como si estuviera pensando y yo le preguntaba en qué piensas.
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