Juan Hernández. Dígame quién soy yo, madre.

enero 26, 2026

Juan Hernández, Dígame quién soy yo madre
H&H, 2024. 120 páginas.

Historia en primera persona de un niño que sufre por el trato en su familia, con su madre, con la caridad y la humillación de sus parientes, y de la búsqueda de una identidad que se le escapa entre los dedos.

Crudísimo. Se puede leer como la historia de una fuga, huída de una situación emocional terrible hasta encontrar una pequeña porción de felicidad a salvo de la tormenta. Si te toca nacer en determinados entornos, estás bien jodido.

Muy bueno.

capítulo
Se llora cuando se inventa un futuro que no existe, porque mientras regreso a casa, ese futuro no está detrás de la puerta. Soy yo. Detrás de la puerta, soy yo. No es usted. Estamos lejos de entendernos y cuando usted muera, madre, llegará la paz a mi vida. Mi familia es un país lejano al que nunca quise regresar. Pero ahora soy yo. Estoy grande, y leo, y escribo. Soy un adulto. Nuestra vida de adulto es diferente a nuestra vida de niños. Ahora soy responsable. Tengo deudas. Porque la herencia de mi familia no fue aire, tierra o agua, fue el odio al espejo que me refleja día a día. Soy yo. Estoy destruyendo al niño que fui para ser yo. No usted. Para construir esos otros momentos.
Mi madre fue quien me enseñó a no pagar deudas. Su ejemplo fue mi guía. Tengo doce años. Quiero ser parte de algo importante. Soy el niño que vive más cerca de la escuela, que llega tarde a clases, con uniformes sucios, rotos, heredados por otros niños, comprados gracias a la caridad que obligaba mi madre a otros familiares. Soy yo.
Tengo doce años y quiero salir de la iglesia. Quiero salir de la casa de mi padre, crucificado, colgado
sobre la sacristía. Entonces hay una banda musical en la escuela. Tocar un tambor recibe más aplausos que desfilar con sotana en Semana Santa. Crezco. «Yo haré que te invada el terror por todas partes», leo en un libro. Soy yo. Tengo dieciocho años. Cada vez que me humillan en algún trabajo, veo los rostros de los miembros de mi familia, porque ahí fue donde comenzó todo. Regreso a ser un joven, entonces dos años después de ingresar a la banda de la escuela, estoy trabajando en un taller de bicicletas, limpiando partes mecánicas de las mismas, con canfín y gasolina, aguantando las humillaciones de mi primo. Él se jacta diciendo que yo había crecido sin padre, que en mi casa nadie comía carne, que gracias a él y su familia yo podía comer bien los sábados, día en que su madre llegaba con bistecs, chuletas encebolladas, arroz, frijoles, plátano frito y ensalada. Cuando terminaba, su madre siempre me ofrecía más. Era la caridad quien hablaba. Solo pensaba en mis hermanos, que ellos no comían como yo, y mientras pensaba en ellos seguía engullendo los bocados sin remordimiento. Conocí la humillación de trabajar con mi primo cuando entendí sus agresiones. Regreso a ser un niño. Soy yo. Él y sus amigos me llaman, marcándome, como una res, con sobrenombres. Todos en la familia lo saben y nadie dice nada. Si supieran lo que sucedía en la iglesia tampoco hubieran dicho nada.

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