Silvina Bullrich. Los pasajeros del jardín.

diciembre 15, 2021

Silvina Bullrich, Los pasajeros del jardín
Ultramar, 1975. 160 páginas.

La protagonista de la historia ha tenido la suerte de vivir con el amor de su vida, un amor único e irrepetible. Pero et in Arcadia ego y asistimos a la tristeza de una situación sin esperanza.

Escrito con una prosa ligera y poética, me ha recordado mucho a Autoretrato con radiador. Donde aquél era recuerdo y nostalgia, éste es temblor ante lo inevitable. Coinciden en una disección delicada de unos sentimientos de un sufrimiento inapelable y profundo.

Uno de estos libros escondidos, a los que llegas por carambola (en este caso de la mano de Iwasaki) y que te dejan un excelente sabor de boca.

Muy bueno.

La noche no es la hora del amor para los amantes. La noche es para discutir y leer y luego dormir abrazados sin desenlace. La hora del amor es la siesta y el atardecer, y los largos domingos por la tarde, y el 25 de mayo, el 9 de julio, Navidad, Año Nuevo, Reyes, el día de la Inmaculada Concepción, el l.° de mayo, los días de huelga, si es posible general, el día de la Reconquista, los sábados también. Pero el amor no se hace como un acto complementario; no se comete como un crimen a hurtadillas cuando duerme la cocinera y el quintero, cuando hay que desvestirse a la fuerza para meterse en cama y lavarse los dientes y la cara y todo lo demás. La hora del amor la elegimos nosotros. Suena en nuestro calendario o en nuestro reloj y en nuestras venas al mismo tiempo. Sería idiota hacer el amor porque tú estás en piyama y yo en camisón. Sería impúdico, casi tan obsceno como un dibujo de Toulouse Lautrec. El amor lo hacen dos cuerpos desnudos como los de los gladiadores. A la hora en que otros salen a tomar el sol, o van al fútbol o a las carreras o toman el té con la mamá y la suegra o traspiran entre las largas colas de los autos que vuelven de ninguna parte nosotros nos deslizamos furtivamente fuera de esa humanidad que se repite en calcos infinitos y vamos el uno hacia el otro como vinimos hace siete años desde distintos extremos del tiempo y del destino.
También nos gusta hacer el amor cuando vuelves del vivero. Aunque no queda lejos muy pocas veces
he ido a verte trabajar allí. Tienes leves dedos de cirujano con destrezas de escultor para ejecutar esos injertos de orquídeas que luego nacen esplendorosas, cálidas y nos recuerdan los entierros de los ricos, de los hombres públicos, de los asesinados. Sé que bucas una rosa con tonos azulados pero no me gusta ver cómo la procreas, me parece una infidelidad. La veré enhiesta en la punta de su largo tallo cuando me la traigas en un triunfante atardecer. Lo que me gusta del vivero es también lo que temo: su fragilidad. «Trabajas entre cristales que pueden quebrarse por el ataque veloz del granizo, por un sol demasiado fuerte, porque un niño aprendió a confeccionarse una honda o por uno de esos vendavales de esta parte del mundo que aún no logra civilizar ni sus tormentas. Tampoco nosotros somos totalmente civilizados; si lo fuéramos no sentiríamos desde tan lejos todo lo que avanza hasta nuestra casa, hasta nuestra vida. Creo que Colón llegó demasiado temprano hasta nuestras orillas que aún no estaban preparadas para caballos ensillados y arneses de plata, para casas de ladrillo y de hormigón, para ceremonias rituales de diplomáticos extranjeros, para tés con mermeladas de damascos y scons conservados calientes en una servilleta adamascada dentro de una guisera de plata.

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