Sara Jaramillo Klinkert. Cómo maté a mi padre.

octubre 19, 2021

Sara Jaramillo Klinkert, Cómo maté a mi padre
Lumen, 2020. 190 páginas.

Historia del asesinato del padre del autora, abogado en Colombia, y como su familia siguió más o menos adelante y algunos de sus traumas personales.

Se mueve en las mismas coordenadas que El olvido que seremos y le he encontrado los mismos defectos que a aquel. La autora no escribe mal pero la calidad es bastante irregular (no se dejen engañar por los reclamos de la contraportada). Otra vez vuelvo a ser el único desalmado que critica un libro donde se desnuda el corazón de la autora ante una tragedia terrible.

No está mal.


La moto volvió a acelerar y se puso paralela a nosotros. Vi a los sicarios y sus tatuajes. A cada uno le pendía un rosario del cuello. Me pregunté si Dios los miraba también a ellos, si la Virgen de la Milagrosa atendía sus oraciones, en las que pedían buena puntería. Pensé que a Dios debían de llegarle peticiones muy particulares. Seguían discutiendo, pero no alcanzaba a oír lo que decían porque la moto sonaba muy duro.
El de atrás levantó la metralleta. Le apuntaba a mi padre, pero cada vez que mi padre aceleraba, quedaba apuntándome a mí. Yo miraba a mis hermanos, petrificados como estatuas de sal. Miraba a mi madre, su respiración contenida, sus ojos fuera de órbita, queriendo escaparse a esos mismos lugares que mi padre inventaba y que, justo en ese momento, supe que no existían. Miraba a mi padre por el retrovisor y la mueca de su boca no era de esas que nos hacían reír. Un escalofrío me recorrió la espalda de solo verla.
Yo estaba tan cerca del sicario que notaba el sudor en la frente, los dientes de arriba mordiéndose el labio de abajo, el temblor en la mano, el dedo en el gatillo. Tenía un tatuaje en forma de cruz en el antebrazo. Vi ese hueco oscuro y hondo por donde salen las balas, el mismo que siempre veo en mis sueños. Era tan pequeño que me parecía imposible que pudiera tragar vidas y, sin embargo, allí estaba, intentando tragarse las nuestras.
Nos miramos a los ojos. El sicario me miró a mí. Yo lo miré a él. Nos miramos durante un segundo que pareció toda una vida. Mis ojos nunca se habían encallado en un lugar tan oscuro, sin embargo allí estaban: fijos, impotentes, asustados, mientras el dedo índice de un desconocido se debatía entre
disparar o no. Cuando mi profesora de ciencias preguntara qué es un centímetro, diría que es la distancia que debe recorrer un dedo para tirar del gatillo.
Nunca supe por qué no disparó. Tal vez le recordé a su hija, si es que la tenía, o a su familia, que era como la nuestra, todos unidos esperando la llamada de su padre diciendo que había llegado bien. No sé si cobró la paga, si lo castigaron por no haber hecho el trabajo, si necesitaba el dinero para algo importante, si tenía otra persona a la cual matar, una que no anduviera con cinco niños en la parte de atrás del carro. A mí me gusta pensar que la vida, a veces, es esa película en la que basta mirar a alguien a los ojos y pedir un deseo para que se cumpla.
La moto desaceleró y se quedó atrás. A lo lejos, se veían los sicarios como dos puntos diminutos que al final fueron tragados por el pavimento. Entretanto, nosotros avanzamos hacia Girardota en medio de un silencio insoportable. Evitábamos mirarnos, teníamos los labios sellados, apretábamos los dientes. Los trillizos no terminaban de entender lo que acababa de pasar pero algo en su interior debió advertirles que no era buena idea preguntarlo. Yo tenía unas ganas insoportables de llorar, pero me obligué a pensar en otra cosa para no hacerlo. Todavía recuerdo lo espesa que tenía mi propia saliva y el dolor en la garganta que me impedía tragarla. Me dolían los pies de pisar tan fuerte el piso del carro y el sudor me corría espalda abajo como una cascada.
Al cabo de unos minutos, en el siguiente retorno, mi padre cambió de opinión y giró de regreso a casa. Sin cantos, sin risas, sin peleas, sin regaños. Nunca hubo tanto silencio como ese día, en ese carro. Nosotros nos quedamos sin conocer al Señor Caído y mi padre sin hacerle su promesa. Tal vez por eso lo mataron unos días después.

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