Sara Gallardo. La rosa en el viento.

enero 23, 2026

Sara Gallardo, La rosa en el viento
Fiordo, 2020. 140 páginas.

Lo que empieza como una novela decimonónica de enamoramiento en un tren enseguida descarrila en un conjunto de historias relacionadas por sus personajes pero que explorarán el lado oscuro del deseo, los sueños de un reino patagónico o la tragedia del exilio.

Como dice Lucía Leandro, librera en La Malinche, Sara Gallardo no tiene novela mala. Aunque en este caso podríamos hablar de una colección de cuentos que se interpelan, pero que comparten elementos de crudeza, falta de esperanza, y desolación. Mi preferida, la historia de Oo.

Muy bueno.


Olaf, puesto aparte, degolló un cordero grande o borrego, y allí mismo vomité disimulándome detrás de un poste, pues aquel cordero asustadísimo que pataleaba con las patas atadas lloró de miedo y volcando la cabeza ofreció la garganta, y se aflojó al morir.
—¡Oo! —llamó Olaf.
Llegó Oo con su cuchillo en la mano —o sea, nos espiaba—, se acuclilló a desollar el cordero, y vi que el interior de la piel era de raso, y el acero con mucha velocidad lo separaba de la carne pálida, no roja como yo creía, y así como una señora deslizaba su abrigo en aquel restaurante y quedó vestida de seda en el centro de sus pieles derramadas, el cordero iba quedando libre de pompones, y al perder el cuero de la cara perdió lo rechoncho y quedó un rostro delgado de ojos saltones de pequeño caballo o langosta. Y flaco, sedoso y celeste quedó abierto de piernas en su cuero. Hundióle Oo el cuchillo, desbordaron sus tesoros, estómago, tripas y pulmones soltando vaho en el frío. Los arrancaba ella con ruidos gelatinosos y los echaba a los perros que esperaban y se abalanzaban a comer. Un vapor salía del cordero al aire.
Con el cuchillo abrióle Oo un ojal en los talones y lo enganchó en el borde del techo, alto, y como se cuelga a secar una camiseta lavada colgó de unos palos el cuero, y pronto aquel satén se borró y se hizo amarillo y crujiente, de mal olor y estrías de sangre seca.
Fatigados ese día, satisfechos, quedamos echados en las pieles de oveja que había en la cabaña. Andrei anotaba las ovejas perdidas. Olaf me dijo:
—Muy bien.
Y allí mismo me quedé dormida.
Empezó la batalla con Oo casi enseguida.
En la tarde me pusieron a aprender de ella a curtir cueros, y tan malhumorada se mostró que Olaf la gritó fuerte en su idioma hasta que se agachó para enseñarme. Él quedó atento a lo que hacíamos, no fuera a saltear enseñanzas, y raspábamos cueros de zorro, de puma, de oveja hasta hacerlos flexibles como telas. Eran para vender y se amontonaban con cuidado.
Ella dormía con uno o con el otro hasta mi llegada, y desde entonces dormía con Olaf. Una noche vino en la oscuridad en busca de Andrei y dormido como estaba él la tomó. Pero yo desperté. ¿Qué hacer? ¿No me había dicho Andrei: «Ya tenemos allí quien se ocupe de las cosas»? y ¿no había contestado yo: «Lléveme con usted y no tendrá que arrepentirse; nunca me quejaré»?
Se deslizó aquella bola negra de muchacha o niña por la cabaña, y llegando a Olaf que dormía lo inquietó con su llegada, porque dormido la tomó y los escuché resoplar.
Aquí sobra ella o sobro yo, pensé. Como si fuera un cartel de negocio vi cruzar aquel pensamiento en la oscuridad, y vi que era también su pensamiento desde el primer día. «¿Tantos kilómetros has hecho para morir como una cucaracha? ¿La has visto manejar el puñal?».
Di mi paso como en el ajedrez. Desayunábamos y pregunté de dónde salían los cueros de puma.
—De aquí —dijo Andrei— y con la nieve los tendremos cerca.
—Aprenderé a tirar —miré a Oo—. Nadie tendrá mi puntería.

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