P.D. James. La calavera bajo la piel.

septiembre 22, 2021

PD James, La calavera bajo la piel
Ediciones B, 2002. 50 páginas.
Tit. or. The skull beneath the skin. Trad. Iris Menéndez.

La agencia de detectives de Cordelia Gray no es de las más famosas de Londres, precisamente. Sus mayores éxitos los consiguen recuperando animales perdidos. Pero a Cordelia le surge la oportunidad de investigar unas amenazas a una actriz, y de hacer de guardaespaldas. Lo que parece una amenaza intrascendente resulta tener un trasfondo real.

Al contrario que otras novelas del género no está narrada desde el punto de vista de la protagonista -que hasta lo es tangencialmente. Esto me ha gustado bastante, y también la humildad de Cordelia. Y también el final (que por supuesto, no desvelaré, aunque la editorial no se priva de destripar parte del argumento en la contratapa).

Se me hizo un poco cuesta arriba ese ambiente de clase alta de la city, pero se redime por la profundidad psicológica de los personajes. Porque aquí, además de averiguar un crimen, uno descubre otras muchas cosas que son también de interés.

Está bastante bien. Otra reseña aquí: La calavera bajo la piel.

Recomendable.

Apareció en la puerta un gatito negro y blanco que meneó una pata con engañosa indiferencia, desplegó su cola rígida, se estremeció con extática aprensión y luego se precipitó debajo de una furgoneta de correos, desapareciendo de la vista. Bevis salió como una flecha en su persecución. Tomkins era uno de los fracasos de la agencia, pues había sido repudiado por una solterona de ese apellido, que había contratado a Cordelia para que buscara a su perdido minino negro, un ejemplar con un parche blanco en un ojo, dos patas blancas y la cola rayada. Tomkins se ajustaba exactamente a la descripción, pero su presunta ama se había dado cuenta en el acto de que se trataba de un impostor. Después de salvarlo de una inminente inanición en un solar situado detrás de Victoria Station no tuvieron corazón para abandonarlo y ahora vivía en la recepción, con una cubeta para sus necesidades fisiológicas, una canasta acolchada y acceso al tejado por medio de una ventana entreabierta para sus excursiones nocturnas. Resultaba una verdadera sangría para los recursos de la agencia, no tanto a causa del creciente costo de la comida para gatos —aunque era una pena que la señorita Maudsley hubiera estimulado su adicción a sabores que superaban sus medios comprando para su primera comida la lata más cara que encontró en el mercado, y que Tomkins, en general un gato estúpido, aparentemente supiese leer las etiquetas—, sino porque Bevis perdía mucho tiempo jugando con él, arrojándole una pelota de ping-pong o tirando de una pata de conejo atada a un cordel, por toda la oficina, al grito de: «¡Mire, señorita Gray! ¿No es un listísimo y juguetón animalito?».
El listísimo y juguetón animalito, después de provocar el caos en medio del tráfico de Kingly Street, traspuso como un rayo la entrada trasera de una farmacia, con Bevis a la zaga. Cordelia adivinó que ninguno de los dos volvería a aparecer hasta mucho después. Bevis coleccionaba nuevas amistades con la misma obsesión con que otros juntan cosas inútiles, y Tomkins era un estupendo mediador. A Cordelia se le cayó el alma a los pies al comprender que la mañana de Bevis ya estaba condenada a ser casi totalmente improductiva y tuvo conciencia de su propia aversión letárgica a realizar el menor esfuerzo. Permaneció apoyada en la jamba de la puerta, con los ojos cerrados, levantó la cara hacia la tibieza anacrónica del sol de finales de septiembre. Distanciándose, mediante un esfuerzo de voluntad, de la estridencia y el clamor de la calle, del penetrante tufo a gasolina, del sonido de las pisadas de los transeúntes, jugó con la tentación —aunque tenía la certeza de que se resistiría a caer en ella— de alejarse de todo, dejando la placa ladeada como recordatorio de sus intentos por cumplir con la palabra dada al difunto Bernie y con su sueño imposible.
Probablemente debería sentirse aliviada al ver que la agencia comenzaba a hacerse un nombre, aunque sólo fuera por encontrar animalitos domésticos perdidos. Sin duda existía la necesidad de ese servicio —del que sospechaba su agencia tenía el monopolio— y los clientes, bañados en lágrimas, desesperados, indignados por lo que consideraban una dura indiferencia por parte del Departamento de Investigación Criminal de la zona nunca regateaban el importe de la factura, y pagaban con mayor prontitud de lo que lo habrían hecho, sospechaba Cordelia, por el retorno de un pariente. Incluso cuando los esfuerzos de la agencia habían sido vanos y Cordelia presentaba la factura disculpándose, invariablemente le pagaban sin poner objeciones. Quizá los propietarios se sentían motivados por la natural necesidad humana, en momentos de aflicción, de pensar que habían hecho algo, por poco prometedor que fuese, para recuperarlo. Pero con frecuencia tenían éxito. Sobre todo la señorita Maudsley era persistente en sus investigaciones de puerta en puerta a lo que sumaba una compenetración casi sobrenatural con la mente felina, condiciones que habían hecho volver al redil a por lo menos media docena de gatos mojados, medio muertos de hambre, de maullido débil, dejando al descubierto algunas veces la perfidia de los animales, que habían vivido una doble vida y se habían trasladado de forma más o menos permanente a su segundo hogar.

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