Miguel Albero. Roba este libro.

septiembre 23, 2021

Miguel Albero, Roba este libro
Abada, 2017. 286 páginas.

Tratado sobre los robos de libros que empieza por robar el título de otro libro (guiño, guiño) y nos ofrece una panorámica de tipos de delincuentes, los peligros que corren los libros, ladrones famosos y terribles, y cómo protegerlos.

Insiste varias veces, y con razón, en que robar libros no denota un espíritu bohemio y cultural. Que no hay nada sublime en robar -que se lo digan a los libreros- aunque muchos escritores presuman de haberlo hecho. Y que aunque en algunos casos podamos mirar al ladrón con algo de simpatía (como el que roba en un supermercado porque tiene hambre) en la mayoría de ocasiones no hay nada romántico: sólo un aprovechado que quiere ganar dinero.

Aprovechados hay muchos en este libro, gente que utilizó su bibliofilia para ganarse una pequeña fortuna, saqueando bibliotecas y vendiendo libros raros. Desde el que iba con un cutter y robaba mapas y grabados (sin que casi nadie se diera cuenta porque el libro quedaba en su sitio) hasta el que se hizo nombrar bibliotecario para robar a manos llenas. Toda una galería de personajes curiosos e interesantes.

El autor es poco dado a la síntesis y en ocasiones se enrolla demasiado, pero lo compensa con una retranca que te arranca más de una sonrisa.

Recomendable.


El Ladrón de Mapas detalla todo el proceso de investigación desde su captura con cartera, mapas, blazer y cuchilla, cuando Smiley se decidió a colaborar y declararse culpable para asi tener una pena menor, y admitió haber robado cien mapas. Aquí la carga de la prueba es difícil, incluso si uno de los que llevaba en su maletín era uno de los faltantes, era preciso probar que lo robo él y esa no era tarea evidente, pese a que lo parezca. Sin su colaboración no se le habría podido condenar más que por unos pocos; al menos en Estados Unidos existe una ley (Theft of Mayor Art-work Act) que establece que si robas una obra de arte de más de 10.000 dólares se considera felony, es decir, delito. Pero al mirar sus libros y archivos y compro bar las universidades los libros solicitados por Smiley, los mapas supuestamente robados empezaron a crecer por arte de magia, como habían disminuido las páginas de los libros saqueados, por arte de magia o más bien de cuchilla. Porque, si tú eres el único que ha consultado un libro de mapas, si eres ladrón ahora confeso de mapas y a ese libro le falta un mapa, verde y con asas, podré probarlo o no, pero no me cuentes que no has sido tú, no añadas sal a la herida.
El proceso fue complejísimo; los marchantes que se los habían comprado a Smiley tuvieron que hacerse cargo de la devolución por la persona finalmente compradora, y muchas universidades, aunque pidieron un aumento de la pena, no pudieron probar los robos, en muchos casos además porque no tenían registros; por eso Smiley pudo haberse llevado muchos más, debió haberse llevado muchos más. Si uno ve el tren de vida del tipo está clarísimo, él era el que siempre pagaba las copas, nos dice un amigo, ahora entiendo cómo, añade, y los robos, en efecto, pudieran ser muchos más. Porque Smiley confesó su culpabilidad por algunos de los mapas robados y luego vendidos a marchantes, pero no por los vendidos directamente a coleccionistas, y éstos no están dispuestos a devolver nada, con lo bien que luce ese mapa en el salón comedor, no voy a perderlo si además pagué por él religiosamente. Porque, esos mapas que a las bibliotecas les faltan, existen, no se han consumido ni evaporado, no los ha quemado nadie, están en efecto decorando el salón comedor o la biblioteca de algún rico dueño de una cadena de supermercados de Boston, que quiere tener un mapa antiguo de su pueblo para darse solera. Y lo heredarán sus hijos, y cuando estos, arruinados, lo vendan en Sotheby’s, entonces y sólo entonces, volverán a salir a la luz.
Smiley fue condenado a tres años y medio de cárcel, para gran cabreo de las bibliotecas, deseosas de una pena más dura. A los marchantes les debe todavía dinero —algo les pagó cuando murió su madre y heredó, ahora les manda cheques mensuales de treinta dólares—, y sigue viviendo en Martha’s Vineyard —la casa no pudieron quitársela por una ley que lo prohíbe, al ser a medias con su mujer— dedicado a trabajillos menores, alejado completamente y para siempre del mundo de los mapas. A sus amigos les da pena, añoran al Smiley seguro de sí mismo que pagaba las copas, a las bibliotecas ninguna, y el que más se alegra es quien fuera su gran rival en el negocio, Graham Arader. El siempre sospechó de Smiley, siempre advirtió, a quien quisiera escucharle, que no era trigo limpio. Arader ha ejercido de mapapolicía en muchos casos, ayudando a detener a ladrones de mapas, no tanto por hacer el bien, sino, porque, como él mismo afirma, es imposible competir con quien obtiene su género a coste cero. Terminemos con él, para acabar bien esta flor de bibliocleptómanos. Como llevaba tanto tiempo denunciando en vano a Smiley, cuando éste cayó y todos comenzaron a rasgarse las vestiduras, Arader gritó a los cuatro vientos y de paso al New York Times: llevo veinte años diciendo que Smiley es un estafador. No soy una vieja caminando por Madison Avenue con un carrito de la compra lleno de botellas vacias, soy el oráculo que fue ignorado.

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