Marcos Ordóñez. Telón de fondo.

julio 28, 2012

Marcos Ordóñez, Telón de fondo
El Aleph, 2011. 192 páginas.

A veces enfilas una serie de buenas lecturas y todo es alegría. A la obra de teatro de ayer le siguió este libro donde el autor habla un poco de todo; del teatro y de su profesión de crítico del mismo. Comparto con él el amor a las tablas, esa magia que transforma en un instante al señor que está escuchando la radio entre cajas en el caballero del alto plumero.

Sigo sus críticas teatrales con mucho cuidado desde hace mucho tiempo y aunque no coincidimos del todo en nuestros gustos es importante seguir las pistas que indica.

Las reflexiones sobre su oficio pueden trasladarse sin cambiar una coma a la reseña literaria, así que me ha gustado desde diferentes puntos de vista. Hay frases para enmarcar, citas atinadas, alguna anécdota jugosa y mucha materia para pensar. He seleccionado varios extractos, pero podía haber seleccionado todo el libro (lo que les indica que es una lectura muy recomendable).

El amor a la comedia, que comparto:

Años más tarde descubrí que era la comedia que adaptó Billy Wilder en Bésame, tonto. Muy acida, muy bien construida, y salvajemente inmoral para la época. No he vuelto a verla. Una obra que te entusiasmó es como una casa de infancia: siempre corres el riesgo de que al volver a ella te parezca más pequeña. Su director era José Luis Alonso, pero no se notaba una mano rectora, como si todo sucediera espontáneamente. No parecían «estar haciendo teatro». Me deslumhró lo que ahora veo como una mezcla insólita de convicción y ligereza, y también me enamoró el género, la gloriosa comedia: ese arte que Mihura definía magistralmente como «la sabiduría de dar liebre por gato».

La crítica no puede ser objetiva, así que lo mejor es lo siguiente:

Jules Renard dijo una vez: «No hay objetividad. Nos basamos en nuestro gusto y nuestro humor», pero añadió: «Es imprescindible, entonces, que el crítico se forme el gusto y controle su humor».

Hay un cuento delicioso que leí por internet y que ahora no soy capaz de encontrar. Un crítico está reseñando un libro en un bar o cafetería, al principio lo pone muy mal, pero se pierde en sus reflexiones, recuerdos de su vida, y a cada paso el libro le va pareciendo mejor, hasta que por fin su reseña cambia totalmente de signo. Cuantas veces una misma obra nos dice cosas diferentes tras dormir bien o mal. No digamos con el paso de los años:

Javier Fernández de Castro quería escribir una novela que iba a llamarse La conquista de los Alpes Réticos por el cristianismo. El título era como para irse a hacer puñetas, pero el asunto era sensacional. Su protagonista estaba obsesionado por un cuadro que tenía ese pintoresco nombre y que reaparecía una y otra vez, siempre igual y siempre distinto, a lo largo de su vida, desde la infancia hasta la madurez. El escritor pretendía narrar la evolución del personaje a través de sus comentarios sobre el cuadro: mostrar de qué modo el significado de una obra depende de una mirada que modifica sus percepciones según su propio discurrir por la existencia, según lo que nos haya pasado y lo que hayamos aprendido en la vida.

Un par de anécdotas impagables sobre los actores:

Hay otra historia formidable, que contaba el dramaturgo David Haré.
Kate Nelligan protagonizaba una obra suya, Plenty, y tenía un monólogo en el que evocaba su historia de amor con un hombre que había muerto en un campo de concentración. En el reparto estaba otra actriz, Julie Covington, fascinada por el hecho de que cada vez que Kate Nelligan decía la frase «hombres muriendo desnudos en Dachau» rompía a llorar. Lloraba en ese exacto punto, cada noche, en cada función.
Un día, Julie Covington se atrevió a preguntarle cómo conseguía eso, cuál era su motivación. «¿Piensas en la muerte de alguien muy querido? ¿Piensas en la cosa más triste que puedas imaginar?»
«No —le dijo Kate Nelligan—. Pienso en hombres muriendo desnudos en Dachau. Y rompo a llorar.»

La segunda historia riza el rizo de la primera y es un clásico de la profesión. Sucedió en Barcelona a principios de los ochenta.
De nuevo, un actor joven y un veteranísimo a punto de jubilarse. El joven interpretaba a un príncipe y el veterano era su viejo preceptor. En la escena que precedía a la batalla, el viejo no apareció: se había quedado dormido entre bastidores, tendido en el suelo. Tardaron en encontrarlo, y entre tanto, el protagonista quedó solo, pero capeó espléndidamente la situación, improvisando un monólogo sobre sus correrías juveniles en compañía de su tutor, un monólogo en el que reconocimos varias frases de Enrique IV. Lo más hermoso, lo más increíble, fue que cuando el viejo actor entró en escena le devolvió el gesto con otra improvisación: agradeció al príncipe su memoria de los días del pasado y le dijo, lo recordaré siempre, la siguiente frase: «Ruego a Nuestro Señor que cuando llegue a mis años alguien haga por su majestad lo que su majestad ha hecho por mí».

Un hecho poco conocido: la gente del mundillo es la que menos teatro ve, y cuando ves algo es de amigos:

En un mundo ideal, el director debería ver la mayor parte de las obras que se estrenan (en todos los circuitos posibles) para estar al tanto de cualquier actor emergente o resucitado, pero la gente del oficio es quien menos teatro ve: andan siempre liados, ensayando, dirigiendo, actuando y girando, y reservan sus contadas noches libres para acudir al estreno (o más bien a la última representación) de algún amigo o compañero.

Para acabar un extracto dedicado a todos aquellos envidiosos que cada vez que he puesto bien alguna obra de autores primerizos me acusan de amiguismo:

Puede parecer una obviedad decir que se escribe mejor desde el entusiasmo que desde la decepción, y que siempre es preferible comunicar un parto exitoso que certificar que el neonato ingresó cadáver, pero no tardas en darte cuenta de que el entusiasmo suele ser sospechoso entre cierta gente, que acepta sin pestañear (y con indisimulado regocijo) el garrotazo, siempre que sea ajeno, y después de leer una crítica exultante corre a preguntarte: «Ahora que estamos solos, dime la verdad: ¿realmente te ha gustado tanto». O, más concisos: «¿Son amigos tuyos, no?».
Es un regalo de los dioses que te lo digan, porque justamente esa es la gente con la que no conviene cruzar ni media palabra más.

Calificación: Muy bueno. Para los amantes del teatro, imprescindible.

Un día, un libro (330/365)

2 comentarios

  • Marcos Ordóñez julio 28, 2012en6:18 pm

    Muchas gracias
    Un fuerte abrazo
    M.O.

  • Palimp julio 29, 2012en8:23 pm

    De nada, y como no nos conocemos, se puede presumir de imparcial.

    Otra cosa que se me olvidó poner en la reseña. Lo empecé antes de ir a dormir, y lo acabé (acostándome tarde y levantándome temprano) antes de llegar al trabajo al día siguiente.

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