Kristen Roupenian. Lo estás deseando.

noviembre 18, 2021

Kristen Roupenian, Lo estás deseando
Anagrama, 2019. 290 páginas.
Tit. or. You Know You Want This. Trad. Lucía Barahona.

Incluye los siguientes cuentos:

Chico malo
«Look at Your Game, Girl»
Sardinas en lata
El corredor nocturno
El espejo, el cubo y el fémur viejo
Un tipo con gatos
Un buen tío
El chico de la piscina
Cicatrices
El signo de la caja de cerillas
Deseos suicidas
Una chica de las que muerden.

Que empieza muy bien, con ese Chico malo que no tiene miedo de descender hasta lo más profundo de la miseria humana con un final impactante. No acaba mal con Una chica de las que muerden, un poco artificial pero efectivo. Y en medio tiene el famoso cuento Un tipo con gatos que se hizo muy viral y que supongo que es la razón de que hayan publicado y traducido a esta autora a diestro y siniestro. Un cuento que no está mal, que refleja muy bien una situación compartida por muchas mujeres, un sexo al que no se le llama violación aunque esté cerca de serlo. Pero compararlo, como se hace en la contraportada, con otros como La lotería es la típica exageración que hace que te decepcione un poco.

El resto de cuentos solventes pero no hay prácticamente ninguno que me haya despertado la más mínima emoción. Me podría haber ahorrado su lectura tranquilamente. Y como en muchas ocasiones me parece sorprendente la diferencia de calidad entre el primer cuento -buenísimo- y el resto -olvidables-.

Se deja leer.

Nuestro amigo vino la otra noche. Su horrible novia y él por fin habían roto. Era la tercera vez que lo dejaba con esa misma novia, pero insistía en que aquella iba a ser la definitiva. No paraba de dar vueltas por la cocina enumerando los diez mil tormentos y humillaciones insignificantes de los seis meses que había durado la relación, y mientras tanto nosotros asentíamos, nos mostrábamos preocupados y lo mirábamos con una expresión amistosa. Cuando se fue al baño para calmarse, nos desplomamos el uno sobre el otro con los ojos en blanco y simulando que nos ahorcábamos y nos pegábamos un tiro en la cabeza. Nos dijimos que escuchar las quejas de nuestro amigo sobre los pormenores de su ruptura era como escuchar los lamentos de un alcohólico sobre la resaca: sí, el sufrimiento era palpable, pero qué difícil es empatizar con alguien que desconoce hasta tal punto las causas de sus propios problemas. Nos preguntábamos el uno al otro cuánto tiempo iba a seguir saliendo nuestro amigo con gente horrible para luego hacerse el sorprendido cuando lo trataran de forma horrible. Entonces salió del cuarto de baño y le preparamos la cuarta copa de la noche y le dijimos que estaba demasiado borracho para conducir hasta su casa y que podía quedarse a dormir en nuestro sofá.
Esa noche, en la cama, hablamos sobre nuestro amigo. Nos quejamos de lo pequeño que era nuestro apartamento, de que no podríamos follar sin que nos oyera. Aunque nos dijimos que quizá deberíamos hacerlo igualmente, porque eso sería lo más cercano a echar un polvo que habría estado en meses (la privación de sexo había sido una de las estrategias manipuladoras de la horrible novia). Tal vez le gustara.
A la mañana siguiente, cuando nos levantamos para ir a trabajar, nuestro amigo aún dormía. Tenía la camisa a medio abrochar y estaba rodeado de latas de cerveza chafadas; claramente, había seguido bebiendo él solo después de que nosotros nos fuéramos a la cama. Allí tirado, tenía una pinta tan patética que nos sentimos mal por lo mezquinos que habíamos sido al burlarnos de él la noche anterior. Preparamos más café, le dimos de desayunar y le dijimos que podía quedarse en nuestro apartamento todo el tiempo que quisiera. Cuando volvimos a casa, no obstante, nos sorprendió encontrarlo en el sofá.
Le hicimos levantarse y meterse en la ducha y luego lo llevamos a cenar fuera y le prohibimos hablar de la ruptura. Para compensar, fuimos encantadores. Nos reímos de todas sus bromas, pedimos una segunda botella de vino y le dimos consejos sobre la vida. Le dijimos que se merecía a alguien que le hiciera feliz, una relación sana con alguien que lo amara, y nos miramos el uno al otro con aprecio antes de volver a concentrar toda nuestra atención en él. Era como un perrito triste sediento de camaradería y alabanzas, y ver cómo asimilaba todo lo que le decíamos nos hacía sentirnos bien; nos daban ganas de acariciarle la suave cabecita, de rascarle detrás de las orejas y de contemplar cómo temblaba de emoción.

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