Katya Adaui. Geografía de la oscuridad.

marzo 1, 2022

Katya Adaui, Geografía de la oscuridad
Páginas de espuma, 2021. 120 páginas.

Incluye los siguientes cuentos:

Los pulpos tienen tres corazones
Por cosas de hombres no debes dejar de creer en Dios
En lugar seguro
Fiesta de guardar
El que no está
Correr
El reino de lo impar
Casas con cimientos en el río
Un baño de oro
Despiertos toda la noche
Una lengua extranjera
Los animales en los cuerpos de mis hijos
Domingo
No recuerdo haber encendido este cigarro
Lagartijas
Nosotros, los náufragos

En su mayor parte relaciones de padres e hijos, construídos alrededor de ausencias y escritos en los huecos de lo que no se dice, con un lenguaje a veces casi telegráfico, siempre elíptico. En conjunto una sensación de tristeza y desasosiego que te arrastra como la resaca mar adentro. Mis preferidos los últimos.

Muy bueno.

Yo era pura experiencia corporal. Manifestaba.
Fue mi tiempo de la doble vida, del doble tumo: tenía dos casas, dos habitaciones, dos camas, dos tipos de desayuno, sentado o a la carrera, dos rutas para ir a estudiar, una secundaria, dos adioses.
Jamás he sido bueno con los números. Tampoco me dediqué. Me copiaba en los exámenes y respiraba con las justas. Me aterrorizaba imaginarlos como profesores particulares. Los míos. Yo, bien sentado a la mesa, los pies relajados sobre una silla, permitiéndome esa indulgencia. Ellos, uno a cada lado, un estarse de pie marcial, en conjunto complementario, probándome como al hijo obcecado de otro. Mi padre mirando el reloj. Cada segundo yo me le iba.
Apenas mudados a otra casa (nuestra única mudanza juntos, de la que salimos perdidos, vueltos veteranos), mi padre necesitaba ahorrar tiempo viviendo más cerca de la escuela, en el recuento final, mi madre lloró:
Nos falta la maleta con todas las fotos.
Nos trianguló su jubilación.
Algunos domingos se juntaban en la misma casa a comer dulces con crema pastelera. Me pedían que los acompañara frente al televisor. Tranquilo, todavía no comienza, mi madre. Ven rápido, ya arrancó: mi padre. Cuando en el noticiero: «El accidente sucedió aproximadamente a las dos y quince de la tarde…» o «El terremoto sobrevino cerca de las cinco de la madrugada», estallaban:
¡Las horas no se aproximan, son exactas!
En un país a catorce horas de distancia del mío. cu un mercado de pulgas, encontré la foto de un aviadoi I niu imágenes de familias anónimas y postales fechadas en I
Perteneció al Ministerio del Aire, es una buena pieza. Mírela bien.
Démela que se la compro.
Inmerso en el marco punteado, el hombre apoyaba una mano enguantada sobre el fuselaje de su avioneta. Llevaba los lentes sobre la cabeza y los ojos cerrados. Los ojos cerrados se sometían a cualquier especulación: ¿acababa de sentarse? ¿acababa de aterrizar? La placa inscrita en una de las alas, el año en que nací.
Anoche, en un bar, estuve listo. Mostré la foto:
No solo tú. Yo también tuve un padre que fue piloto y sobrevivió a la guerra.
Así es como te inventas un padre.
En Hiroshima, cuando miles de cuerpos se volvieron ceniza, sus relojes se estrellaron contra el suelo, detenidos a una misma hora. Si mi padre se diluyera en el aire, sus relojes seguirían sonando, minuteros como bombas, vivirían más que él.
El reloj que le regalé sobrevivió a su muerte cuatro años. Me había dicho: He tenido una vida mediocre, lo sabemos, tú tienes que decir que fue excepcional. Solo eso te pido. 04:02.
A esa hora se paralizó, la pila sulfatada. La pila es un corazón, mi padre y su reloj murieron de lo mismo.

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