Jonathan Lethem. La fortaleza de la soledad.

junio 18, 2020

Jonathan Lethem, La fortaleza de la soledad
Mondadori, 2004. 524 páginas.
Tit. Or. The fortress of solitude. Trad. Cruz Rodríguez Juiz.

Esta es la historia de su infancia en Brooklyn, un barrio habitado mayoritariamente por negros y en el que comienza a emerger una nueva clase blanca. Esta es la historia de la América de los años setenta, cuando las decisiones más intrascendentes -qué música escuchar, qué zona ocupar en el autobús escolar, en qué bar desayunar- desataban conflictos raciales y políticos. Esta es la historia de lo que habría pasado si dos adolescentes obsesionados con superhéroes de cómic hubieran desarrollado poderes similares a los de los personajes de ficción. Esta es la historia que Jonathan Lethem nació para contar. Esta es La fortaleza de la soledad.

Novela que me venía recomendada y que a priori parecía muy interesante, una mezcla de autobiografía del autor con adolescentes con superpoderes. Pero me resultó una mezcla desigual, lo de los poderes no había ni por donde cogerlo y en general, pese a estar bien escrita, me pareció muy decepcionante. No son tan brusco pero coincido con esta reseña: La fortaleza de la soledad

Otras reseñas: La fortaleza de la soledad y La fortaleza de la soledad.

Se deja leer.

Zingerman no quería saber nada de Pflug y a duras penas soportaba al holandés, su Boswell particular. Quizá no cumplieran el requisito de edad exigida por Zingerman. Mientras Pflug autogra-fiaba pósters —otra tarea artística que cumplía con exagerado detalle, prodigándose en dibujos y dedicatorias-, Zingerman se desperezó sin levantarse, ofreció un puro a Abraham y expuso su filosofía de vida a quien pudiera interesarle.
-Tírate a las chicas.
-¿Cómo?
Zingerman tenía una voz ronca y brusca y cabía la posibilidad de que Abraham hubiera tomado una tos recargada por un comentario.
-Tírate a las chicas, a todas. -Zingerman señaló los libros que tenía delante, en la mesa, y luego a los originales que colgaban de la cortina—. Las modelos. Han sido mi único consuelo en este negocio apestoso, por eso no comprendo por qué un tipo como tú sigue pintando esas… ¿cómo las llamas…? Formas geodésicas. ¿Qué piensas hacer? ¿Tirarte a una forma geodésica? Es un camino solitario.
—¿Las modelos? ¿Te las llevabas a la cama?
—A la cama, al sofá, en medio de la habitación con ropa de piel de leopardo, vestidas de sirena, con colmillos falsos, con una pistola de juguete en las manos, con los dedos manchados de pintura… Tíratelas, tíratelas. Es mi política. Contrata al chico, contrata a la chica, colócalos en la postura correcta, saca polaroids, manda al chico a casa, invéntate una excusa para tocar la indumentaria, arréglale el cuello de la camisa, tócale el culo, tírate a la chica, tíratela. Me las he tirado durante treinta y cinco años.
—Como Picasso. —Fue lo único que se le ocurrió a Abraham.
—Puedes poner la mano en el fuego. No soportaría pintar esas cosas de ningún otro modo, antes metería la cabeza en el horno. He intentado explicárselo a mi amigo Schrooder, pero cree que bromeo. No bromeo. ¿Estás casado?
—Lo estuve.
—Como todos. Estos chavales no se enteran. ¿Ves ese de allí? ¿Tú crees que se las tira? Está demasiado ocupado pintando pelos, pintando plumas, pintando hasta el brillo de las burbujas. Si yo tuviera a una de esas chicas de las espadas y las melenas largas, sabría lo que hacer. ¿Ese? ¿Le has visto los brazos? Creo que presta más atención a los chicos.

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