Jim Thompson. 1280 almas.

mayo 30, 2022

Jim Thompson, 1280 almas
Bruguera, 1981.
Tit.or. Pop 1280. Trad. Antonio Prometeo Moya.

En un pueblo de apenas 1280 almas el sheriff Nick Corey intenta llevar su trabajo como puede, evitando meterse en líos, lidiando con el mal genio de su esposa y la deficiencia mental de su cuñado, y metiéndose en más de un lío de faldas.

Es un libro extraño. Primero crees encontrarte ante una típica novela del oeste, con un sheriff simplón que no sabe que hacer con su vida. Enseguida te das cuenta de que la simplicidad es aparente, y que bien nos podríamos encontrar a un trasunto de aquel soldado Svejk, que de tonto no tenía un pelo. La trama se va oscureciendo y el protagonista esconde todavía mucho más de lo que parece.

Como defecto la trama tiene momentos bastante inverosímiles, pero desde luego no es una historia tópica sino bastante alocada y tenebrosa, que se disfruta bastante. No es de extrañar que el autor tenga una cierta fama. Aunque el libro podría haber sido mucho mejor de lo que realmente es.

Bueno.

Bueno, aquello la puso pero bien. Empezó a llorar y a desgañotarse como un becerro en una tormenta de granizo. Y, por supuesto, despertó a su hermano Lennie, subnormal. Este entró como una tromba, llorando, dándole a los ojos y babeando.
—¿Qué le has hecho a Myra? —dijo, rociando de saliva un área de tres metros—. ¿Qué te has atrevido a hacerle, Nick?
No contesté porque estaba ocupado en limpiarme la saliva. Fue dando tumbos hasta Myra, que le abrazó, y se me quedó mirando.
—¡Animal! ¡Mira lo que has hecho! —vociferó ella.
Dije, maldita sea, que no había hecho nada. Que por lo que alcanzaba a ver, Lennie siempre estaba a punto para berrear y babear.
—Y cuando no lo está —dije— es porque se ha escabullido por el pueblo para espiar a una mujer por la ventana.
—¡Tirano! —dijo Myra—. ¡Acusar al pobre Lennie de algo que no puede evitar! Sabes que es tan inocente como un cordero.
—Sí —dije—. Bueno, es posible.
Porque no había nada más que decir y se me iba a escapar el tren. Eché a andar hacia la puerta del recibidor y a ella no le gustó verme marchar sin ni siquiera una súplica de perdón, de manera que volvió a estallar contra mí.
—Será mejor que mires lo que haces, Nick Corey. ¿Sabes lo que pasará de lo contrario?
Me detuve y me giré en redondo.
—¿Qué pasará?
—Diré a todos los del pueblo lo que eres en realidad. Ya veremos entonces lo que duras de comisario. ¡Cuándo diga a todos que me violaste!
—Te diré lo que pasará exactamente —respondí—. Que entonces me quedaré sin empleo antes de abrir la boca.
—¡Y tanto! ¡Así que será mejor que lo recuerdes!
—Lo recordaré —dije—, aunque tú tienes que recordar a tu vez otra cosa. Si dejo de ser comisario, ya no tendré nada que perder, ¿no te parece? Y todo me importará una mierda. Y si yo no soy comisario tú tampoco serás la mujer del comisario. ¿Y adonde hostias iréis a parar, tú y el subnormal de tu hermano?
Se le pusieron los ojos como platos y tragó aire a bocanadas. Hacía mucho tiempo que no le levantaba la voz, y los humos se le bajaron en cantidad.
Le dediqué un significativo gesto de cabeza y acto seguido fui hacia la puerta. Bajaba ya las escaleras cuando oí que me llamaba.

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