Jazmina Barrera. Cuaderno de faros.

mayo 27, 2022

Jazmina Barrera, Cuaderno de faros
Pepitas de calabaza, 2017. 120 páginas.

Breves historias a mitad de camino entre el ensayo y el dietario. La autora va recorriendo algunos faros y nos cuenta no tanto su historia como los recuerdos asociados a su figura, su crónica personal del encuentro entre la construcción y su persona.

Muy bien escritos se leen con mucho placer, como si estuviéramos paseando con la autora y, mientras admiramos la belleza del paisaje o escuchamos las olas del mar, conversáramos sobre literatura o historia. De una manera no erudita, sino cotidiana y amable.

He disfrutado con su lectura. Otra reseña: Cuaderno de faros.

Muy bueno.

En 2011, Jonathan Franzen publicó un ensayo titulado «Farther Away» acerca del viaje que realizó a una isla en el sur de Chile llamada Más Afuera (ahora se llama Alejandro Selkirk, y alguna vez la llamaron Isla de los Perros, pero prefiero llamarla Más Afuera) para depositar parte de las cenizas de su amigo David Foster Wallace. El propósito original del viaje era distraerse de una crisis personal observando aves endémicas.
Franzen viaja por el mundo para mirar especies de aves de todo tipo. Las aves representan para él los restos de un reino en peligro de extinción, uno que los humanos hemos casi derrocado pero «al que todavía le somos indiferentes».
Ya no hay nada en la tierra por descubrir, dice la voz del aburrimiento. Todo está ya en internet: cada isla, cada ave, cada faro y cada civilización perdida. No hay para qué ir más lejos: si existe, es googleable. Todo ha sido antes ya dicho, escrito, intentado. Pareciera un mal de nuestros tiempos el hastío ante la totalidad que padecía David Foster Wallace y que, junto con las crisis depresivas, lo orilló al suicidio. Para Franzen, las aves son la escapatoria. Recuerda aún el día en que, mientras Wallace dormía una siesta, él estudiaba las aves de Ecuador para un viaje próximo y pensaba en la diferencia entre sus disgustos controlables y la tristeza incontrolable de su amigo: Franzen podía escapar de sí mismo «en la alegría de las aves» y David Foster Wallace no.
Coleccionar es una forma de escapismo. Al depositar la atención, el deseo y la voluntad en algo ajeno, en su belleza, su orden, su clasificación y acumulación, se evaden faltas y vacíos. El acto de acarrear puede ser tranquilizante en su repetición, como un
mantra. Ante el temor a la deriva, coleccionar. Coleccionar, por ejemplo, faros, aporta una dirección, por más arbitraria que sea. Se vuelve entonces una manera no solo de escapar, sino también de construir. Se puede crear mediante la huida.
A David Foster Wallace ese faro que lo llevaba más afuera de sus propias adicciones y sus miedos era la ficción, hasta el momento en que terminó La broma infinita. Esa broma infinita es la historia de una familia de genios en un mundo futuro, donde los años llevan el nombre de un producto y donde, sin embargo, muchas cosas siguen igual. La novela, de casi dos mil cuartillas, es obsesiva en sus descripciones, en sus explicaciones químicas, médicas y matemáticas. No extraña que cuando David Foster Wallace terminó de escribirla haya perdido el rombo. Su última novela, El rey pálido, no estaba cumpliendo sus expectativas. Temía que la perfección se le hubiera concedido solo una vez. Fue como si hubiera completado su colección más ambiciosa. La última realización del deseo es insoportable: anula el motivo, aniquila el sentido.
En la isla, Franzen encontró durante un atardecer perfecto el momento para tirar las cenizas de Wallace. Hacerlo entonces implicaba perder la oportunidad de observar el rayadito, un pájaro endémico que codiciaba agregar a su colección. Pero se dijo a sí mismo que estaba bien. Que era tiempo de aceptar lo finito y lo incompleto y dejar ciertos pájaros sin ver para siempre. La habilidad de aceptar esto era la virtud que se le había negado a Wallace.

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