Caroline Alexander. La guerra que mató a Aquiles.

diciembre 22, 2020

Caroline Alexander, La guerra que mató a Aquiles
Acantilado, 2015. 350 páginas.
Tit. or. The war that killed Achilles. Trad. José Manuel Álvarez-Flórez.

Ensayo sobre la Ilíada que junta de manera magistral un análisis del texto, comparación con declaraciones actuales de soldados, análisis de soporte arqueológico, iluminación de pasajes… una delicia.

Si hace poco comentaba el libro -decepcionante- de Historia de la ciencia sin los trozos aburridos este libro se podría titular Lectura de la Iliada sin los trozos aburridos. Porque si ustedes han leído la Ilíada reconocerán conmigo que buena parte del texto es plúmbeo. Batallas por aquí, genealogías por allá, nada que ver con la Odisea que es una serie de cuentos encadenados. Pero aquí se centra en los pasajes importantes, de los que deja extractos para que apreciemos la buena prosa de Homero, nos cuenta toda la historia y por el camino nos cuenta cosas que hacen todavía más agradable la lectura.

Por ejemplo, si en un pasaje se describe el escudo de un héroe, la autora va al registro arqueológico para comprobar que sí, que los escudos de la época eran como los cuenta Homero. Que Troya tenía murallas se atestigua en tablillas micénicas, y que las mujeres eran botín de guerra también aparece consignado.

Que Homero, cuando cuenta los estragos del combate, lo hace con precisión. Cuando dos soldados luchan las heridas que se infringen no son abstractas, sino anatómicamente precisas. Pocos se salvan si han recibido un tajo, no hay curaciones milagrosas. Pero es que, además, muchos de los comportamientos de los combatientes se parecen a testimonios de soldados de las guerras actuales. La cólera de Aquiles por la muerte de Patroclo, es algo que se ha observado en muchos soldados cuando matan a un compañero. Se vuelven salvajes, auténticas máquinas de matar.

Pero es que además la autora tiene una tesis: que estamos ante una obra antibélica. No es una historia épica que ensalce el valor de los soldados y la gloria del combate. No es una defensa de la patria. Aquiles dice:

Yo, por mi parte, no vine aquí por causa de los lanceros troyanos, | a luchar contra ellos, porque a mí ellos no me han hecho nada

Muy parecido a lo que dijo en su momento Muhammad Alí:

No tengo problemas con los Vietcongs” le dijo a un periodista. “Ellos nunca me llamaron nigger

Los guerreros están en una guerra en la que no creen movidos por intereses de los poderosos, movidos por los caprichos de los dioses. Aquiles no quiere la gloria, quiere seguir viviendo, pero no puede escapar a su destino. Lo que nos viene a decir que estamos ante la primera tragedia de la historia. Algo que se reafirma en la Odisea:

«Oh, divino Odiseo, no intentes nunca consolarme de haber muerto.
Preferiría seguir empujando un arado para otro,
ser alguien al que no se ha asignado siquiera una parcela
y que no tiene apenas para vivir,
a ser un rey entre todos los muertos que han perecido».

Es un libro muy bueno. Dejo abundantes extractos para que se hagan una mínima idea.

Muy recomendable.

Dada la amplia gama de temas disponibles, resulta sorprendente la selección que se hace en la Ilíada del pequeñísimo fragmento del último período importante de esa guerra que todo lo abarca (una disputa entre un guerrero y su comandante en jefe durante el callejón sin salida del asedio). Es indudable que tras esa elección subyace un poema épico mucho más antiguo construido sobre el tema familiar de la cólera, la venganza y el regreso de un guerrero desairado. La estructura elegida por la Ilíada, tal cual es, centra la atención necesariamente en Aquiles. Y al hacerlo antepone a la formación de las flotas o a la caída de ciudades la tragedia del mejor guerrero de Troya, que, como el poema deja meridianamente claro, morirá en una guerra que para él carece de sentido.41
Dentro de la Ilíada hay muchas pruebas que indican que Aquiles era originariamente un héroe popular con dotes y rasgos mágicos que lo hacían invulnerable, y que se lo incorporó a la épica en una fecha relativamente tardía. En la Ilíada ostenta los rasgos indelebles de sus orígenes populares previos pero ha sido despojado de todos los poderes mágicamente protectores. El Aquiles de Homero, hijo de la diosa Tetis y del héroe Peleo, es completamente mortal, y de hecho uno de los firmes polos en torno al cual gira la epopeya es justamente su mortalidad.
Aquiles es el vehículo de la grandeza de la Ilíada. Son sus discursos los que precipitan los acontecimientos decisivos, sus interrogatorios contundentes los que dan al poema su poderoso significado: «Yo, por mi parte, no vine aquí por causa de los lanceros troyanos, | a luchar contra ellos, porque a mí ellos no me han hecho nada […]; vinimos, oh, gran desvergonzado, por tu causa, por hacerte un favor», dice furioso a Agamenon


Néstor, el anciano consejero de los aqueos, intentando contenerle, dice: «Hijo de Peleo, no te atrevas a compararte con el rey, | pues nunca es igual que las demás la porción de honor | de aquel que empuña el cetro, al que Zeus otorga majestad».
Aquiles, sin hacer caso al viejo Néstor y hablando directamente a Agamenón, responde: «Pusilánime, en verdad, y cobarde se me podría llamar si accediese a cumplir todas las órdenes que tú quieras darme. | Puedes mandar a otros que hagan esas cosas, pero no me des más órdenes a mí, | pues no tengo ninguna intención de obedecerte».44
Así pues, la Ilíada, bebiendo de su larga tradición, utilizó héroes y acontecimientos de la épica convencional para desafiar la visión heroica de la guerra. ¿Está justificado alguna vez el combatiente para desafiar a su comandante? ¿Debe sacrificar su vida por la causa de otro? ¿Cómo se puede permitir que se inicie una guerra catastrófica… y por qué no se le puede poner fin si todas las partes lo desean? ¿Traiciona un hombre a su familia cuando da su vida por la patria? ¿Ven los dioses con buenos ojos la carnicería que la guerra causa? ¿Queda compensada la muerte de un guerrero por la gloria que alcance? Estas son las cuestiones que se plantean en la Ilíada. Estas son también las que plantea la guerra actual. Y tanto en la vida como en la épica nadie las ha contestado mejor que Homero.


La mayor parte de la litada, una epopeya de la guerra, se centra en el matar y el morir, y se reseña la muerte de unos doscientos cincuenta guerreros, la mayoría con imaginativo e implacable detalle: «Meríones le persiguió y le alcanzó, | y le clavó la lanza en la nalga derecha y la punta entró recta, | y pasando por debajo del hueso penetró en la vejiga. […] Cayó, chillando, de rodillas, y la muerte le rodeó como una niebla». «Luego mató a Astínoo y a Hiperión, pastor de hombres, | alcanzó a uno con la lanza rematada de bronce sobre la tetilla | y tajó al otro con su gran espada en la clavícula, | junto al hombro, desgajándoselo del cuello y de la espalda». «Habló así y arrojó la lanza; y Palas Atenea la guió | hasta la nariz, junto al ojo, y penetró a través de los blancos dientes | y prosiguió a través de la base de la lengua el incansable bronce, | de manera que salió por debajo de la mandíbula la punta de la lanza».
Narradas, en realidad, en el calor del combate, las rápidas y gráficas descripciones de las heridas y de la muerte están dotadas de detalles suficientemente realistas para hacer que hasta las escenas más inverosímiles resulten creíbles; como ha asegurado una autoridad médica, Homero «sabía dónde estaban los órganos importantes, aunque no sabía cuál era su función».’ Pero lo que sabía bastaba para evocar convincentemente en el público civil la carnicería del campo de batalla. Y sobre todo, pese a las imposibilidades anatómicas, esas muertes pretendían claramente ser realistas.


Se ha dicho que los héroes del folclore «tienden a distinguirse como trotamundos solitarios, como gente de lejos o de ninguna parte».35 El que Aquiles se diferencie del resto de los aqueos, su inherente aislamiento, es otro atributo del legado de sus padres.36 Pero lo más conmovedor, y lo más útil para la visión de Homero, es que el héroe de esta epopeya bélica no es en el fondo una figura militar. Conocida su condición vulnerable y antinaturalmente definido por su mortalidad, educado para conocer las artes de la curación, un personaje no del mundo de los hombres sino del de los animales salvajes de las montañas, Aquiles no pertenece al medio de los guerreros de Troya. No cruza el mar de oscuridad vinosa por la causa común, ni va en busca de gloria. El va a Troya porque le engañaron para que fuera.
Así pues, da la impresión de que este héroe popular tesa-lio, singular, con sus artes mágicas y su nacimiento místico, ha sido arrancado de su medio folclórico y reasentado en la historia, aún en formación, del asedio y el saqueo de Troya: su inclusión sugiere que era ya una figura carismàtica antes de que se le incorporase a la épica. Lo más probable es que su incorporación se produjese en una etapa relativamente tardía. Es, por ejemplo, el único de los héroes importantes de la litada que muere antes de que caiga la ciudad, lo que indica que su papel no era un elemento básico de la historia global del asedio y la conquista. Su caracterización singular revela también una serie de rasgos claramente tardíos: en la litada nadie habla de un modo tan peculiar como Aquiles, y nadie utiliza con más frecuencia símiles que pertenecen generalmente a etapas más tardías de la épica.37
Un gran poeta podría apreciar posibilidades emocionantes en los antecedentes míticos de Aquiles: era un guerrero sin par con una vida que no se relacionaba con la guerra, un
solitario y un marginado que no podía ver en la empresa militar colectiva nada que se relacionase con él, el más patéticamente mortal de todos los héroes entregados al azar diario de la guerra. Era un héroe que poseía el carácter y la talla necesarios para pensar y hablar como individuo, para distanciarse y desafiar las convenciones heroicas. En la mortalidad de Aquiles, tan señalada, se hallan los orígenes de algo potencialmente más grande incluso que la épica; y ese algo era la tragedia.
Sobre todo, Aquiles proporcionó a Homero, el último poeta de la tradición, los medios por los que se podría conducir convincentemente a la épica en una nueva dirección. A través de Aquiles, la vieja historia de la guerra de Troya no culminaría como una epopeya, ensalzando la gloria militar, sino como un retrato sombrío de su coste, incluso para su héroe más grande y más glorificado. Y es en la escena de la embajada donde Homero da mayor rienda suelta a su héroe; así que, sin perder de vista estos complejos antecedentes, volvamos a ella.
El rechazo de la oferta de Agamenón por parte de Aquiles es inmediato, decisivo y sin ambigüedades: «sin consideración por vosotros he de dar mi respuesta; para que no vengáis | uno tras otro y os sentéis a mi lado y me habléis con palabras suaves. | Pues detesto a ese hombre, que oculta una cosa | en el fondo de su corazón y dice otra, | tanto como detesto las puertas del Hades», le dice al portavoz de la embajada, Odiseo.
Aquiles despliega ante sus compañeros con furiosa autoridad la historia sombría de su vida de guerrero. Aunque es un gran héroe, al que los aqueos adoran como a un dios, como le dirán varios de ellos, no hay alegría en su existencia y su tarea bélica es ingrata; con la vida siempre en peligro, ha pasado «muchas noches insomnes, | y muchos días sangrientos consumí en el combate, luchando con guerreros para quitarles sus esposas».

Y éste sería el consejo que les daría también a otros: zarpad de vuelta a casa.
La vida es más valiosa incluso que la gloria. Aquiles nunca vacila en este juicio. No es por la gloria, al fin y al cabo, por lo que sacrifica su vida, sino por Patroclo.61 El juicio de Aquiles se reitera significativamente y se subraya de nuevo en la continuación de la ilíada, la Odisea. En una escena emotiva de la parte central de esa epopeya, Odiseo desciende al Hades, donde se encuentra con las sombras de las almas de héroes de la guerra de Troya. Mientras la Etiópida cuenta cómo «Tetis arrebata a su hijo de la pira y lo traslada a la Isla Blanca»,62 una especie de pequeño paraíso para héroes, Homero se esfuerza por resaltar, de nuevo, que Aquiles no puede eludir su destino totalmente mortal.
«Hijo de Laertes y semilla de Zeus, habilidoso Odiseo; ¿como pudiste | soportar descender hasta aquí, hasta la morada de Hades, donde habitan los muertos insensibles, | meras imitaciones de los mortales que han perecido?», dice el espectro de Aquiles a su antiguo compañero.
Con una reverencia cuidadosa, contesta Odiseo:
«Hijo de Peleo, el más grande con mucho de los aqueos, Aquiles: no ha habido antes ningún hombre más bendecido que tú, ni lo habrá jamás. Antes, cuando estabas vivo, los argivos te
honrábamos
lo mismo que a los dioses, y ahora en este lugar tienes gran autoridad sobre los muertos. No te aflijas, ni siquiera en la muerte, Aquiles». Así hablé, y él por su parte me respondió diciendo:
«Oh, divino Odiseo, no intentes nunca consolarme de haber
muerto.
Preferiría seguir empujando un arado para otro,
ser alguien al que no se ha asignado siquiera una parcela
y que no tiene apenas para vivir,
a ser un rey entre todos los muertos que han perecido».
Odisea n, 473 y ss.63
¿Qué habría pasado si Aquiles hubiese seguido su primer impulso y hubiese vuelto a Ftía y alcanzado allí la vejez? Tal vez habría estado midiendo con pasos inquietos las salas del palacio de su padre; tal vez, como veteranos desilusionados de guerras posteriores, se habría ido a los bosques y las montañas de su infancia, rodeado por su inescrutable banda de hermanos, los mirmidones. Pero no siguió ese impulso, y la conclusión de la Ilíada deja claro que Aquiles morirá en una guerra que no tiene absolutamente ningún sentido para él.
Así quedó fijada finalmente la tradición marcial de siglos que heredó Homero. Las emocionantes y sangrientas batallas, los discursos heroicos y el orgullo de la aristeia de un guerrero: todo se ha conservado fielmente, junto con los dramáticos perfiles de la vieja historia. La Ilíada se mantiene siempre fiel a sus tradiciones.
Pero también se mantiene siempre fiel a su tema, que es la guerra. Homero, honrando la nobleza del sacrificio y el valor de un soldado, concluye sin embargo resueltamente su epopeya con una secuencia de funerales, duelo inconsolable y vidas destrozadas. La guerra desnuda ante nosotros la tragedia de la mortalidad. El héroe, aunque gane la gloria, no tendrá ninguna recompensa por su muerte.

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