Ignacio Echevarría. The Paris Review.

febrero 29, 2024

Ignacio Echevarría, The Paris Review
El aleph, 2007. 450 páginas.
Trad. Raquel Herrera.

Selección de las algunas entrevistas del Paris Review a escritores, famosas por ser largas, revisadas y de gran calidad. Acantilado las ha sacado completas pero primero he querido acercarme con esta selección de Echevarría y ha sido una decisión correcta. Porque sí, las entrevistas están bien, algunas incluso muy bien (la de Faulkner, por ejemplo), pero no son ni de lejos las mejores entrevistas del mundo. Muchas preguntas son clichés del tipo que horario tienes o como escribes y aunque hay algunos entrevistadores que saben de lo que hablan ninguno saca el jugo realmente a los entrevistados.

Sinceramente las entrevistas de Joaquín Soler en A fondo son muchísimo más interesantes siendo como son también para todos los públicos, las de Jot Down sin tirarse tanto el moco muchas veces alcanzan -y superan- la calidad del Paris Review, y si vamos a entrevistas hechas por expertos, las que hace Jacinto Antón son de 10.

He descubierto muchas cosas interesantes, pero no voy a leerlas completas, con esta selección me basta. Otra queja es la edición; bien por el prólogo y los postfacios de cada autor, pero los títulos de las obras que se citan de cada autor están en inglés o castellano indistintamente sin que parezca que haya una razón para esta alternancia, no hubiera costado nada dejar el original y entre corchetes la traducción.

Está bien.

Como suele ser el método de trabajo:

Brodkey se casó con la novelista Ellen Schwamm en 1980, y publicó otra recopilación, Relatos a la manera casi clásica, en 1988. Brodkey y Schwamm dividen su tiempo entre un apartamento en lo alto de Broadway, cuya vista hacia el sur ahora está un poco obstruida por los edificios de apartamentos «de lujo» levantados en el desarrollo desenfrenado de la última década, y una casa victoriana con estructura de madera en una localidad de veraneo por encima del Hudson.

Las reuniones que conformaron esta entrevista tuvieron lugar en el apartamento de Manhattan. Al principio Brodkey sugirió que la entrevista debería realizarse sin la ayuda de material de grabación y que el entrevistador debería registrar las impresiones de sus reuniones después, afirmando que sería la mejor manera de capturar la «verdad» de los encuentros. De hecho, cuando se le presentó la trascripción de lo que se dijo en la primera reunión en la que se usó grabadora, se quejó de la calidad de lo grabado y afirmó que no guardaba ninguna relación con la discusión que había tenido lugar. Brodkey continuó mostrándose esquivo, aunque solícito.

El texto que viene a continuación se basa en cinco reuniones que tuvieron lugar en los últimos tres años. Una vez iniciado el proceso, Brodkey adoptó la costumbre de decir «para que conste» (y a menudo con la mayor concisión posible) por teléfono cuando no había grabadora, o en un restaurante, o incluso en una fiesta cuando no había bolígrafo a mano. Parte de este material adicional se ha añadido al texto. El conjunto, unas trescientas cincuenta páginas, fue editado, reordenado y revisado por el entrevistador, por Brodkey, por el editor de esta revista, y finalmente el escritor consideró que el texto lo «desacreditaba» y «manipulaba», pero que en última instancia permitiría que se le atribuyera.

Tener una conversación con Brodkey —tanto en persona como en una de las múltiples llamadas telefónicas que hace a diario a amigos y editores para comprobar los avances de la cultura, como si uno preguntara sobre el tiempo antes de aventurarse a salir— puede resultar una aventura.

Faulkner:

E.: ¿Puede perjudicar a su escritura el hecho de trabajar en el cine? i

w. F.: Nada puede perjudicar a la escritura de un hombre si es un escritor de primera. En el caso de que no lo sea, no hay nada que pueda servirle de mucho. El problema no existe si no es un autor de primera, porque ya ha vendido su alma por una piscina.

E.: ¿Qué tipo de trabajos hacía para ganar «un poco de dinero de vez en cuando»?

w. F.: Lo que saliera. Podía hacer un poco de casi todo: llevar barcos, pintar casas, volar aviones. Nunca necesité mucho dinero porque entonces vivir en Nueva Orleans resultaba barato, y lo único que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que podía hacer durante dos o tres días y ganar dinero suficiente para vivir el resto del mes. Tengo temperamento de vagabundo. No me gusta tanto el dinero como para trabajar por él. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes que suceden es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas al día’, un día tras otro, es trabajar. No puedes comer ocho horas al día ni beber ocho horas al día ni hacer el amor ocho horas al día, lo único que puedes hacer ocho horas al día es trabajar. Y ése es el motivo por el que el hombre hace que él mismo y todos los demás se sientan tan miserables y desdichados.

Waugh:

E.: ¿Quiete decir que pule y experimenta continuamente?

E. w.: ¿Experimentar? ¡Dios quiera que no! Fíjese en los resultados de experimentar en el caso de un escritor como Joy-ce. Empezó a escribir muy bien, y luego se ve cómo se vuelve loco de vanidad. Acaba convertido en un loco.

E.: Pese a la gran variedad de personajes que ha creado en sus novelas, resulta muy significativo que nunca haya ofrecido un retrato favorable o incluso completo de un personaje de clase trabajadora. ¿Existe algún motivo para ello?

e. w.: No los conozco, y no me interesan. Antes de mediados del siglo xix, ningún escritor describía a las clases trabajadoras de un modo que no fueran esperpentos o decoraciones pastorales. Luego, cuando les dieron el voto, algunos escritores empezaron a hacerles la pelota.

E.: Y entonces ¿qué piensa de Pistol… o, mucho después, de Molí Flanders y…?

e. w.: Ah, las clases criminales. Eso es bastante diferente. Siempre han ejercido una cierta fascinación.

Cheever:

j. ch.: La leyenda de que los personajes salen huyendo de sus autores, que toman drogas, cambian de sexo y se convierten en presidente implica que el escritor es un estúpido que no tiene ningún conocimiento ni dominio de su oficio. Eso es absurdo. Claro que cualquier ejercicio imaginativo valioso aprovecha una memoria tan compleja y apabullante que disfruta realmente del carácter expansivo —los giros sorprendentes, la respuesta a la luz y a la oscuridad— de cualquier ser vivo. Pero la idea de que los autores vayan corriendo inútilmente tras sus estúpidas invenciones resulta deleznable.

Vonnegut:

E.: ¿Le resulto doloroso? Quiero decir, ¿sentía que estaba desperdiciando su talento, que lo tenía como paralizado?

k. v.: No. Ésa es una historia romántica, lo de que esa clase de trabajo daña el alma del escritor. En Iowa, Dick Yates y yo solíamos dar una conferencia cada año sobre el escritor y el sistema de libre empresa. Los estudiantes lo odiaban. Hablábamos de los trabajos que podían hacer los escritores en caso de que se murieran de hambre, o en caso de que quisieran acumular dinero suficiente para financiar la escritura de un libro. Dado que los editores ya no ponen dinero en las primeras novelas, y dado que las revistas han muerto, y que la televisión ya no quiere jóvenes escritores independientes, y que las fundaciones sólo dan becas a vejestorios como yo, los jóvenes escritores van a tener que mantenerse a sí mismos ejerciendo de escritorzuelos sin ninguna vergüenza. Si no, nos vamos a encontrar sin literatura contemporánea. Sólo hay una cosa verdaderamente horrible en la que los trabajos pedestres afectan a los escritores, y es en que les hacen perder su precioso tiempo.

E.: Ya veo. Nuestra última pregunta: ¿Si usted fuera Comisario Editorial en Estados Unidos, qué haría para solucionar la actual situación deplorable?

K. v.: No escasean los buenos escritores. Lo que nos falta es una masa de lectores fiables.

e.: ¿Y entonces…?

k. v.: Propongo que cada persona que no tenga trabajo tenga que enviar el informe de un libro antes de que le den su cheque de prestaciones sociales.

Roth:

E.: Pero ¿no se siente impotente como escritor en Estados Unidos?

ph. R.: Escribir novelas no es la manera de obtener poder. No creo que, en mi sociedad, las novelas produzcan cambios importantes en ninguna otra persona que no sea el puñado de personas que escriben, cuyas propias novelas se ven por supuesto muy influidas por las novelas de otros. No veo que pase algo así en el lector común, ni esperaría que pasara.

e.: Entonces ¿qué es lo que provocan las novelas?

ph.r.: ¿Al lector común? Las novelas ofrecen a los lectores algo que leer. En el mejor de los casos, los escritores cambian la manera de leer de los lectores. Me parece la única expectativa realista. Y también me parece que es bastante. Leer novelas es un placer profundo y singular, una actividad humana apasionante y misteriosa que no requiere más justificación moral o política que el sexo.

e.: Pero ¿no hay otros efectos secundarios?

ph.r.: Me ha preguntado si pensaba que la ficción había cambiado algo en la cultura y la respuesta es no. Claro que ha habido cierto escándalo, pero la gente se escandaliza todo el tiempo; para ellos es un modo de vida. No significa nada. Si pregunta si quiero que mi ficción cambie algo en la cultura, la respuesta sigue siendo no.

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