Elena Poniatowska. Leonora.

diciembre 17, 2021

Elena Poniatowska, Leonora
Seix-Barral, 2011. 510 páginas.

Biografía de la pintora surrealista Leonora Carrington que tuvo una vida de traca. Rica heredera dejó a su familia para dedicarse al artisteo y la bohemia. Escondida bajo la etiqueta de haber sido amante de Max Ernst por fin ahora se empieza a reconocer su talento y originalidad.

Ya comenté por aquí sus Memorias de abajo y este libro captura perfectamente el espíritu irreverente y un punto alucinado de la pintora. Elena Poniatowska escribe pero que muy bien y no se limita a darnos una biografía al uso, sino que nos planta una novela fascinante que, casualmente, coincide con la vida de Leonora.

Toda comparación es odiosa, pero en este editorial no hace mucho que leí El don de la fiebre, biografía de Messiaen, y nada que ver. Poniatowska le pasa la mano por la cara a Mario. Quizás porque, además de talento, pudo conversar largamente con Leonora en México. Impagables los dos últimos capítulos y la reacción ante el arte contemporáneo.

Excelente.

Black Bess, su pony Shetland, nunca quiere galopar. Leonora grita: «Gee up Bessie!» y de repente Black Bess se suelta al galope, cuando antes ni siquiera se molestó en trotar. En la noche sueña que Black Bess gana el Grand National a pesar de su gordura. Imaginar que su pony, dulce y rechoncho, le lleva la delantera a Flying Fox es un gozo porque el Zorro Volador de su abuelo jamás ha perdido una carrera.
—Por favor, papá, dame otro caballo, ya estoy en edad, Black Bess nunca va a galopar como yo quiero.
Winkie es su nueva yegua. Con ella aprende a saltar. Una mañana se planta frente a las barras, Leonora cae y la yegua rueda encima de ella.
—No te pasó nada pero a lo mejor Winkie no es la montura apropiada.
—Yo adoro a Winkie, papá.
El caballerango le oculta a Maurie que su hija saca a la yegua de la caballeriza y monta a pelo a cualquier hora. Al principio se agarraba de las crines, ahora ya no. «Somos una sola», le dice a su madre. Cuando deja de galopar, se tira de espaldas, su cabeza y sus hombros sobre la grupa del caballo, y mira el cielo. Su madre monta en una silla de amazona. Madre e hija salen juntas al campo y en ese momento Leonora ama a su madre como un potro a su yegua. «Baja los talones», le dice Maurie. «No despegues tu trasero del albardón.» Madre e hija dan la vuelta al galope y sin mediar palabra Leonora dirige a Winkie al lago y la mete hasta adentro. Su madre se detiene estupefacta. Leonora y la yegua salen del otro lado con un gran ruido de agua levantada.
—¿Por qué hiciste eso? Estás empapada.
—A Winkie le gusta nadar y a mí ver cómo agita sus patas dentro del agua.
—La potranca desbocada eres tú, no ella. ¿Por qué haces locuras?
—No es una locura, es un experimento. ¿Nunca hiciste experimentos, mamá?
De los cuatro hijos, Leonora es la rebelde. Lo es por naturaleza y también porque montar le da una libertad de pájaro. Winkie es la más confiable, la que la entiende mejor, la cómplice. Apenas empieza a galopar, a Leonora le sucede lo mismo que con el porridge, llega al centro. Su yegua tiene huesos largos como ella, su pelambre brilla como la que ella trae en la cabeza, la libera del miedo a los adultos que tanto exigen.
—I am a horse, I am a mare —le comunica a quien quiera oírla.
Gerard la comprende:
—Eres una nightmare, una pesadilla. En la noche oigo tus pezuñas en el piso y te he visto salir al galope por la ventana pero qué bueno que no lo eres de verdad, porque de serlo te irías para siempre.
Leonora llega tarde a la mesa.
—Perdón, me entretuvo un caballo que quería enseñarme su tesoro.
—Los caballos no hablan —dice Harold Carrington.
—A Leonora sí le hablan —la defiende Gerard—. He visto que la tocan en el hombro con sus belfos y le preguntan como está.
—¡Basta de tonterías! —Harold suelta su tenedor.
En los días de cacería, los foxhounds se alebrestan en la perrera. Locos por salir, ladran, rasguñan e imploran con sus ojos de oro. Regresan mojados, con la lengua fuera y riegan el piso con las burbujas blancas de su saliva. Su gran alboroto alegra la casa mientras viene el guardián a encerrarlos de nuevo. Si los caballos tienen su caballerango, los sabuesos tienen su cuidador, que se sabe todas las respuestas a las preguntas de Leonora. ¿Qué comen? ¿Cómo durmieron? ¿Cuándo nacerán los cachorros? ¿Cómo les quita las pulgas? Los perros lo rodean así como los cazadores rodean a Carrington, que les ofrece sherry o whisky y los hace mover la cola y reír a ladridos.
Durante días permanece el olor a establo, a piel de animales, a tierra, a sudor y a sangre.

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