Ednodio Quintero. El amor es más frío que la muerte.

enero 14, 2020

Ednodio Quintero, El amor es más frío que la muerte
Candaya, 2017. 222 páginas.

El protagonista huye del hospital donde estaba siendo atendido, en un futuro distópico donde una epidemia de peste amenaza a la humanidad y en su huída recala en un páramo yermo que activa los mecanismos de su memoria buceando atrás en el tiempo.

El primer capítulo me dio mala espina: creía que se venía un libro del estilo de La ciénaga definitiva, experimentación del lenguaje estéril como el páramo donde descansa el autor. Pero es todo lo contrario.

Tras esa breve excusa el protagonista empieza a evocar aventuras del pasado, llenas de humor y sexo, de abundancia de referencias cultas y populares mezcladas en una ensalada sabrosa y picante. Un despliegue de erudición increíble al servicio del juego lúdico, del placer y la sonrisa.

Si otros autores pasean su infierno personal alardeando de haber leído a Handke, Ednodio nos describe un ejercicio masturbatorio mientras ve un partido de fútbol intentando postergar el momento de la sensación verdadera. Sería difícil describir lo mucho que he disfrutado de este Rabelais moderno (y no digo posmoderno por no insultar a un texto genial).

Me lo recomendaron en la genial página Devaneos: el amor es más frío que la muerte y sólo puedo dar las gracias.

Imprescindible.

Adolfo, que durante el almuerzo había estado despotricando de Neruda, Eliot, Rilke, Rimbaud y Octavio Paz, vaya mezcolanza, no dejaba títere con cabeza, con su lenguaje de camionero insultaba a César Vallejo, Rubén Darío, ese mequetrefe, decía, al pendejo Huidobro, a Lautréamont y al mismísimo poeta del patio José Antonio Ramos Sucre, a quien tildaba sin miramiento alguno de pusilánime y maricón, después del postre, digo, ahito de marihuana, hasta el culo de esa yerba colombiana, precisó Azucena, su mujer, el poeta se enfundó dentro de su hamaca de moriche colgada en la terraza, y en menos de lo que canta un gallo roncaba como un volcán en erupción. Al poco rato comenzó el partido, y Azucena y yo, que compartíamos un pucho, nos sentamos en el sofá rojo de Sigmund Freud, así lo llamaba la pareja pues según ellos ahí dilucidaban sus conflictos conyugales, y con cierta melancolía y desinterés contemplamos en el flamante televisor de 36 pulgadas aquel ballet de piernas peludas y botines multicolores que valían un dineral. A unos cuatro o cinco metros del sofá, el poeta se agitaba y farfullaba, quizá se batía en sueños con un dragón, al tiempo que su mujer aupaba a los itálicos, los padres de Azucena habían emigrado desde Sicilia el cruel invierno del 53 y arribaron a las costas de Cumaná, los animaba agitando la diestra con el puño cerrado mientras la siniestra exploraba ávida dentro de mi pantalón. Azucena era diestra con la zurda, lo que al parecer es una contradicción. Me masturbaba a conciencia, quiero decir con la pericia de una profesional. Intentando postergar el momento de la sensación verdadera recordé que Azucena es el nombre de la vaca de una canción del tío Simón, un personaje muy popular de la televisión vernácula, pero de nada me valían aquellas maniobras de distracción que me devolvían luego a la Vía Láctea o al Camino de Santiago, es decir a la avalancha de leche que brotaba desde la
medula de mis huesos, la sentía venir como esas crecientes lid río Burate que arrasan con los barbechos, las casas y las reses, me contenía hasta la extenuación y contemplaba con mirada bovina la pantalla de 36 pulgadas de aquel mamotreto de la era del punk donde se desarrollaba la clásica batalla entre los refinados y sofisticados ítalos y los salvajes germanos, saltaba luego para asegurarme de nuestro descaro e impunidad hasta los pies del marido dormilón, y ya mis ojos desorbitados viraban al borde del éxtasis y se fijaban en los leños de Azucena, qué estaba haciendo yo mirando a aquellos idiotas en pantalón corto corriendo detrás de un balón, esas tetas jugosas, frutales y preciosas como talladas en mármol de Carrara por el más insigne de los escultores, el señor I )ios, que se agitaban inquietas bajo la blusa azul, azzurra, y transparente, forza Italia, que se mecían impulsadas por el ritmo de la mano siniestra que ceñía mi bálano enrojecido, ;i punto de estallar, y fue entonces cuando alargué la mano mía buscando retribuir la dosis de placer que me regalaba aquella mujer con nombre de flor, Azucena, Azucena, casi desconocida para mí, y apenas al rozar sus duros pezones color salmón un chorro de mi semen salpicó el piso de madera y alcanzó la pantalla del televisor. Amigo mío, creo que estás exagerando. Te lo puedo jurar, hermano, lástima que ya no hay manera de comprobarlo. Al año siguiente, Azucena, que siempre había soñado con vivir en una comuna hippie, convenció a su marido para que se retiraran por un tiempo a una granja de La Azulita donde unos primos suyos recién llegados de la India se dedicaban a la cría de vacas Holstein y al consumo de hongos alucinógenos producidos en la bosta de las mismas vacas, y desde entonces no he vuelto a tener noticias de ellos, han pasado ya veinticinco años, parece que se los tragó la tierra.

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