Claire Legendre. El nenúfar y la araña.

enero 25, 2024

Claire Legendre, El nenúfar y la araña
Tránsito, 2019. 138 páginas.
Tit. or. Le nénuphar et l’araignée. Trad. Laura Salas Rodríguez.

Autoficción en la que se exploran los miedos a tener enfermedades, esa hipocondría vital que te llena de angustia a cada momento de tu vida. ¿Es este un dolor normal? ¿Cómo sé si estoy bien de salud? Es como esa araña que hemos dejado de ver pero sabemos que está en la habitación y por eso nos asusta más.

Curiosamente en la hipocondría sufrir una enfermedad, incluso una grave, puede ser liberador, porque entonces vemos al bicho, le ponemos cara y nombre, y lo tratamos. La autora hace en este libro un ejercicio de desnudez con sus propios miedos y traumas, a la vez que reflexiona sobre temas tan diversos como la muerte y la vida.

No toda la autoficción es ombliguista. Alguna, como ésta, nos lleva más allá.

Bueno

La muerte prematura tiene algo de inconcebible. Es imposible pensar esto: hace diez días me decían que estaba enfermo y ahora ya no existe. Hace diez días le daban tres meses y me parecía poco.
Para un hipocondríaco, la muerte brutal de un hombre joven y sano es una confirmación de sus delirios más alarmantes. Puede ocurrimos, le ha ocurrido a Thierry, por tanto puede ocurrirme a mí, a pesar de todas las estadísticas: podemos morir en cualquier momento, de cualquier enfermedad imprevista.
A la mañana siguiente me levanté con infección de orina. Sabía perfectamente que se debía al shock por la muerte de Thierry. El hospital Notre-Dame queda a cinco minutos de mi casa: me fui a urgencias, como hacen los quebequenses, sobre todo en fin de semana —nada de servicios de urgencia a domicilio—.
El médico que me atendió puso cara de preocupación y dio la «alarma azul». Pregunté: «¿Es grave?» «Sí». Se me encogió el corazón. Habría querido saber si el día anterior habían dado la «alarma azul» por Thierry.
Durante los diez días que había tenido para hacerme a la idea de que iba a morir, había visto dos veces a Thierry: la primera vez sonriente, sereno en su cama, con el cuerpo hinchado de agua a causa del tratamiento y la tez pálida, pero aún con su mirada, su voz y su sonrisa, que era lo que más me había sorprendido. Estaba en calzoncillos, porque era verano; había cambiado de talla por la retención de líquidos y pensamos en regalarle ropa interior nueva, que íbamos a elegir ridícula o sexy. A la semana siguiente me acerqué sin
avisar a llevarle una naranjada —la única cosa que todavía le apetecía— y una ensalada de aguacates para Francis, que se pasaba las horas junto a la cama, normalmente sin comer nada. Fue la última vez que vi a Thierry: estaba sentado en el sillón frente a la puerta. No me dejé ver. Tenía una mirada vaga, seguramente sólo concentrada, absorta, en el esfuerzo de tragar algo, o de mantenerse sentado. Me quedé en el pasillo. Le hice señas a Francis, le dejé la bolsa de papel.
Durante las tres o cuatro horas que dura la espera me da tiempo a repasarlo todo en mi cabeza, antes de encontrarme con una bata azul sobre una camilla. Pienso en Querido diario, de Nanni Moretti, que acude a consulta por un picor y acaba descubriendo que padece un cáncer de pulmón. Intento sonreír. Me digo: es tu sistema nervioso que, como siempre, te juega malas pasadas. Tras los análisis, como he contado el rollo del doble uréter del riñón derecho, me hacen un escáner. La médico de guardia que me atiende confirma que no tengo nada en los riñones. Por el contrario, advierte un pequeño nodulo situado en la base del pulmón. Hay que pedirle al radiólogo que precise su diagnóstico. Eso tarda. Lo justo para darme el sermón: «Mi marido también fuma, ¿sabe usted? Y todos los días le digo que lo deje. Pero ya sabe lo que arriesga, porque también es médico. Vamos a hacer un escáner de control dentro de seis meses, para ver si aumenta de tamaño».
—Si dejo de fumar ahora, ¿aumentará menos de tamaño?
—Si es un cáncer, sí.
Durante cuatro meses fumé sólo un cigarrillo al día, alrededor de las ocho de la noche.
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