César Aira. El cerebro musical.

febrero 4, 2020

César Aira, El cerebro musical
Penguin Random House, 2016. 280 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

A brick wall
Picasso
La revista Atenea
El perro
En el café
El Té de Dios
El Cerebro Musical
Mil gotas
El Todo que surca la Nada
El hornero
El carrito
Pobreza
Los osos topiarios del Parque Arauco
El criminal y el dibujante
El infinito
Sin testigos
El espía .
Duchamp en México
Taxol
La broma

Que, en general, me han parecido pésimos. Aira es como una lotería, no sabes lo que te va a tocar. Y yo pensaba, erróneamente, que ante un surtido habría más posibilidades de encontrar algo bueno. Dos o tres relatos me han gustado, el resto me han parecido cansinos, repetitivos, sin gracia. En El perro al menos provoca algo. La imagen final de Los osos topiarios del Parque Arauco también me ha parecido potente. Algún otro hay que se deja leer y poco más.

Me ha parecido una pérdida de tiempo, y creo que no me volveré a acercar a otro libro del autor salvo que me venga recomendado por alguien de confianza. En la lotería se gana pocas veces.

No me ha gustado.

Debo reconocer que nunca tuve principios morales muy sólidos. No voy a justificarme, pero hay alguna explicación en el combate incesante que debí librar para sobrevivir, desde mi más tierna edad. Esa lucha fue embotando los escrúpulos. Me he permitido acciones que no se permitiría mngún hombre decente. O quizás sí.Todos tienen sus secretos. Además, lo mío nunca fue tan grave. Nunca llegué al crimen. Y en realidad no olvidaba lo hecho, como haría un canalla auténtico. Vagamente, me prometía pagar de algún modo, nunca me había puesto a pensar cómo. Este reconocimiento del que yo era objeto, tan bizarro, este regreso de un pasado si no olvidado lo bastante sumergido como para parecerlo, era lo que menos había esperado. Había contado, me daba cuenta, con una cierta impunidad. Había dado por sentado, y quizás en mi lugar todos lo habrían hecho, que un perro tenía poco de individuo y casi todo de especie, y a ella se reintegraría por entero, hasta desaparecer. Y con esa desaparición se desvanecía mi culpa. La execrable traición que había ejercido sobre él lo había individualizado por un momento, sólo por un momento. Que ese momento persistiera, después de tantos años, me parecía sobrenatural y me espantaba. Al pensar en el tiempo que había pasado, asomó una esperanza, a la que me aferré: era demasiado. Un perro no vive tanto. Había que multiplicar por siete Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza, entrechocándose con los ladridos sordos que seguían y seguían creciendo. No, el tiempo transcurrido no era demasiado, no valía la pena que hiciera la cuenta y siguiera engañándome. Cualquier esperanza sólo podía venir de esa típica reacción psíquica de negación ante algo que nos afecta demasiado: «No puede ser, no puede estar pasando, lo estoy soñando, me equivoqué en la interpretación de los datos». Esta vez no era la reacción psíquica, era la realidad. Tanto, que ahora evitaba mirarlo; le temía a su expresividad. Pero estaba demasiado nervioso para hacerme el indiferente. Miré hacia delante; debí de ser el único en hacerlo, porque todos los demás pasajeros iban pendientes de la carrera del perro. Hasta el chofer, que volvía
la cabeza para mirar, o miraba por el espejo, y hacía un comentario risueño con los pasajeros de delante; lo odié, porque con esas distracciones aminoraba la velocidad; de otro modo no podía explicarse que el perro siguiera a la par, ya llegando a la segunda bocacalle. Pero ¿qué importaba que siguiera a la par? ¿Qué podía hacer, más que ladrar? No iba a subirse al colectivo. Después del primer shock, yo empezaba a evaluar la situación más racionalmente. Ya había decidido negar que conocía a ese perro, y seguía firme en la decisión. Un ataque, que creía improbable («Perro que ladra no muerde»), me pondría en el papel de víctima y merecería la intervención de los testigos en mi favor, de la fuerza pública si era necesario. Pero, por supuesto, no le daría la ocasión. No pensaba bajar del colectivo hasta que no se hubiera perdido de vista, cosa que tendría que suceder tarde o temprano. El 126 va lejos, hasta Retiro, por un camino que al salir de la avenida San Juan se hace sinuoso, y era impensable que un perro pudiera seguir todo el trayecto. Me atreví a mirarlo, pero aparté la vista de inmediato. Nuestras miradas se habían cruzado, y en la de él no vi la furia que esperaba sino una angustia sin límite, un dolor que no era humano, porque un hombre no lo soportaría. ¿Tan grave era lo que yo le había hecho? No era momento de entrar en análisis. Y no valía la pena porque la conclusión siempre sería la misma. El colectivo seguía acelerando, cruzábamos la segunda bocacalle, y el perro, que se había retrasado, cruzaba también, pasando frente a un auto detenido por el semáforo; si ese auto hubiera venido en marcha habría cruzado igual, tan enceguecido iba. Me avergüenza decirlo, pero le deseé la muerte. No sería algo sin antecedentes; había una escena en una película en la que un judío en Nueva York reconocía, cuarenta años después, a un kapo de un campo de concentración, salía persiguiéndolo por la calle y lo mataba un auto. El recuerdo, al revés del efecto de alivio que suelen producir los antecedentes, me deprimió, porque aquello era una ficción, y hacía resaltar por contraste la calidad de real de lo mío.

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