Anna Frank. Diario.

febrero 1, 2022

Anna Frank, Diario
Random House Mondadori, 1993. 380 páginas.
Tit. or. Het Achterhuis. Trad. Diego J. Puls.

Diario de la protagonista mientras estaban escondidos detrás de una fábrica mientras a su alrededor los nazis iban capturando a los judíos. Creo que todo el mundo, incluso los que no lo han leído, conocen la historia.

Este es uno de esos libros que tienes pendientes de leer desde siempre, y aprovechando que acababa de leer Si esto es un hombre pensé que era su oportunidad. Gran error. Porque no se pueden poner estos dos libros uno al lado del otro.

A pesar de su enorme éxito, y de la historia trágica que tiene detrás, no deja de ser un diario de una niña de 13 años. Que no escribe nada mal, es cierto, pero que tampoco es que los temas que trate sean de gran profundidad. Puede estar bien como lectura juvenil, pero no después del testimonio de alguien que sufrió el holocausto.

Porque a pesar de que su situación no era agradable -y los que acabamos de vivir una pandemia sabemos lo que es tener que estar encerrados- tampoco pasaron excesivas penurias. No les faltó comida aunque en ocasiones no tuvieran todo lo que quisieran y tenían contacto con el exterior. No olvidemos que tenían dinero para tener cubiertas sus necesidades y gente que trabajaba para ellos.

Es sorprendente la mezquindad y la tontería que se respiraba en esa casa. Uno imagina que, si te estás escondiendo de los nazis, tu aventura tendrá algo de épica. Pero no, discusiones por los temas más banales y un catálogo de la estupidez humana. Vuelvo a la pandemia: mientras los sanitarios se enfrentaban a situaciones espeluznantes y moría gente todos los días hemos tenido reacciones y comentarios de lo más estúpidos.

Es terrible la mala suerte que tuvieron porque si hubieran aguantado dos o tres meses más se hubieran librado de la muerte. Es su tragedia la que ha dado vuelo a este diario y uno se pregunta ¿Si hubiera sobrevivido Ana hubiera tenido tanta fama este diario? Sospecho que no. Pero no me tomen por desalmado, es una historia terrible. Pero si la conocen se pueden ahorrar la lectura del original.

Se deja leer.

Peter se había dormido, el señor Van Daan y yo estábamos tumbados en el suelo, cuando abajo oímos pasos firmes. Me levanté sin hacer ruido.
—¡Ese debe ser Jan!
—¡No, no, es la Policía! —dijeron todos los demás.
Llamaron a nuestra puerta-armario, Miep silbó. Para la señora Van Daan fue demasiado: blanca como el papel, se quedó medio traspuesta en su sillón, y si la tensión hubiera durado un minuto más, se habría desmayado.
Cuando entraron Jan y Miep, la habitación ofrecía un espectáculo maravilloso; la sola mesa merecía que le sacaran una foto: un ejemplar de Cinema & Theater lleno de mermelada y pectina contra la diarrea estaba abierto en una página con fotos de bailarinas, dos potes de mermelada, medio bollo por un lado y un cuarto de bollo por otro, pectina, espejo, peine, cerillas, ceniza, cigarrillos, tabaco, cenicero, libros, unas bragas, linterna, peineta de la señora, papel higiénico, etc.
Recibimos a Jan y Miep con gritos de júbilo y lágrimas, naturalmente. Jan tapó con madera blanca el hueco de la puerta y al poco tiempo salió de nuevo con Miep para dar cuenta del robo a la Policía. Debajo de la puerta del almacén, Miep había encontrado una nota de Sleegers, el sereno, que había descubierto el hueco y avisado a la Policía. También a él pasarían a verlo.
Teníamos entonces media hora para arreglarnos. Nunca antes vi producirse tantos cambios en media hora. Abajo, Margot y yo sacamos las camas, fuimos al cuarto de baño, nos lavamos los dientes y las manos y nos arreglamos el pelo. Luego recogí un poco la habitación y volví arriba. Allí ya habían ordenado la mesa, cogimos agua del grifo, hicimos té y café, hervimos leche y pusimos la mesa para la hora del café. Papá y Peter vaciaron y limpiaron los recipientes de orina y excrementos con agua caliente y polvos de blanqueo; el más grande estaba lleno a rebosar y era tan pesado que era muy difícil levantarlo, y además perdía, de modo que hubo que llevarlo dentro de un cubo. A las once estábamos sentados alrededor de la mesa con Jan, que ya había vuelto, y poco a poco se fue creando ambiente. Jan nos contó la siguiente versión: En casa de Sleegers, su mujer —Sleegers dormía— le contó que su marido descubrió el hueco de la puerta de casa al hacer su ronda nocturna por los canales, y que junto con un agente de Policía al que avisó, recorrieron la planta baja del edificio. El señor Sleegers es sereno particular y todas las noches hace su recorrido por los canales en bicicleta, con sus dos perros. Tenía pensado venir a ver a Kugler el martes para notificarle lo ocurrido. En la comisaría todavía no sabían nada del robo, pero tomaron nota enseguida para venir a ver también el martes.
En el camino de vuelta, Jan pasó de casualidad por la tienda de Van Hoeven, nuestro proveedor de patatas, y le contó lo del robo.
—Ya estoy enterado —contestó Van Hoeven, como quien no quiere la cosa—. Anoche pasábamos con mi mujer por su edificio y vimos un hueco en la puerta. Mi mujer quiso que siguiéramos andando, pero yo miré con la linterna, y seguro que entonces los ladrones se largaron. Por las dudas, no llamé a la Policía; en el caso de ustedes, preferí no hacerlo. Yo no sé nada, claro, pero tengo mis sospechas.
Jan le agradeció y se marchó. Seguro que Van Hoeven sospecha que estamos aquí escondidos, porque siempre trae las patatas después de las doce y media y nunca después de la una y media. ¡Buen tipo!
Cuando Jan se fue y nosotras acabamos de fregar los platos, se había hecho la una. Los ocho nos fuimos a dormir. A las tres menos cuarto me desperté y vi que el señor Dussel ya había desaparecido. Por pura casualidad, en el cuarto de baño me encontré, semidormida, con Peter, que acababa de bajar. Quedamos en vernos abajo. Me arreglé un poco y bajé.

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