Andrea Abreu. Panza de burro.

abril 13, 2022

Andrea Abreu, Panza de burro

La preadolescencia en una isla canaria, donde la protagonista mantiene una relación algo tóxica con su amiga Isora, en la que se mezcla amistad, deseo y sumisión. Narrada con un lenguaje muy particular, lleno de localismos y expresiones sin pulir, tal y como hablaría alguien de su edad.

Ha sido una revelación y no es de extrañar. Le veo algún pequeño fallo, como que le cuesta arrancar y la primera mitad es más floja que la segunda y el final un tanto abrupto. También que la manera de expresarse llega a cansar en algún momento. Pero también es un hallazgo que sorprende por lo diferente y lo cuidado que está.

La trama, con esa protagonista que no es ninguna heroína, subyugada por su amiga más guapa y más echada p’alante, en una relación llena de oscuridades, empezando por los problemas de alimentación de la amiga que no se cuentan, se ven. Y ese deseo sexual siempre insatisfecho, y algunas escenas de una crudeza atroz.

Me ha encantado.

Estaba triste ese día. Siempre que Chela la ponía a régimen, Isora se ponía triste. Luego no sabía otra cosa que hablar de comida, de cosas que le gustaría comer, de cómo se hacían el queque de yogur y el quesillo. Sobre el poyo de la cocina había un reguero de harina y cacharros vacíos de yogures. Te voy a enseñar una guapada, shit, una cosa que encontré en una gaveta, me dijo, y por el brazo me llevó hasta el cuarto de su tía Chuchi que tenía un cuadro de La última cena en relieve sobre el cabezal de la cama. Isora sacó de la gaveta un mechero en el que aparecían un hombre con una cuca muy larga como un chorizo perro y una mujer apoyados sobre una palmera en una playa que tenía la arena blanca. Isora movía el mechero y, a medida que lo hacía, la cuca del hombre desaparecía dentro de la mujer o volvía a aparecer, era un mechero con dibujo en tresdé brillante. Chiquita guarrería, dije. Shit, tú crees que mi tía fuma porros?, me preguntó. No lo sé, a lo mejor le regalaron el mechero por el cumpleaños. Y lo guardó de nuevo en la gaveta porque el horno ya estaba oliendo a quemado.
Cuando Isora puso el queque sobre la mesa ya yo estaba tragando nudos. Por la parte de arriba estaba un poco quemado, tenía una forma redonda y un güeco en el medio. Isora me dijo cómetelo caliente que está más bueno. Mi madre me dijo que si te lo comes caliente te pones mala de la barriga, le respondí. Eso es mentira, shit, es pa que no te lo comas y te aguantes el hambre. Ella siempre sabía cuándo las personas grandes decían mentiras. Isora me puso un trozo de queque en un platito y me lo empecé a comer poco a poco. No sabía bueno, tenía un regusto final a bicarbonato que me hacía sentir
como si me hubiese tragado un buche de agua de una piscina con mucho cloro. Mientras me lo comía despacito Isora me fue contando que había sido una mujer de la iglesia quien le dijo a la abuela que con la sopa de cebolla podía adelgazar muchos kilos rápido y que lo que tenía que hacer era comerse esa sopa para desayunar, almorzar y cenar, y que estaba muy asquerosa, pero que si de verdad se la comía ya por fin iba a estar superflaca como Rosarito la de Pasión. Isora cogió el caldero donde estaba la sopa que le había preparado la abuela y le levantó la tapa delante de mi cara para que yo la viera. Tenía muchas cebollas flotando que parecían barcos perdidos en una agua amarillenta. Pensé que yo también quería que la gente se preocupase porque yo no engordara. La única que me apoyaba para comer poco era Isora, pero cuando ella estaba a régimen ya no le importaba tanto que yo comiera mucho, porque solo quería ver a alguien comer por ella. Isora siempre decía que íbamos a ser felices el día en el que nos dejaran afeitarnos las piernas y estuviésemos muy flacas como Rosarito y yo pensaba que era cierto y que el día que me quitasen el bigote iba a ser el más feliz de mi vida.
Entre el asco de oler la sopa de cebolla y lo malo que estaba el queque tenía ganas de escupir y beber agua, pero me aguanté y tragué mientras Isora observaba cómo iba cogiendo cachito a cachito las miguitas del queque. Para ella, cada movimiento era importante. Le gustaba ver cómo mis dedos iban del queque hasta mi boca y me decía todo el tiempo cómetelo así, cómetelo asá, mientras me miraba.

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