Ale Oseguera. Realidad en mono.

diciembre 30, 2020

Ale Oseguera, Realidad en mono
Aloha, 2019. 254 páginas.

La vuelta a los escenarios de un antiguo rockero de éxito trae un alud de recuerdos que se activan mientras ve un documental en la televisión sobre su antiguo grupo, Mono real. El paso por un programa de talentos, el acoso de la prensa, la formación de un grupo y los desengaños amorosos vuelven a su memoria mientras intenta curar unas heridas que siguen abiertas.

Excelente retrato del backstage de un ficticio grupo musical que recoge elementos reales e incluso una aparición del famoso prostíbulo poético en el paso por Barcelona de los miembros del grupo. El eje, más que la música, es una historia de amor y deseo llena de desencuentros.

Primera incursión en la novela de la excelente poeta Ale Oseguera gustará a quienes disfrutan de la música y su mundo. Otras reseñas: Realidad en mono y Realidad en mono .

Está bien.

Las noches y la música para Orlando son una expedición. Es arqueólogo, biólogo y sociólogo durante los días de ebullición que lo traen a su país. Saca música de los bombos y las cajas de refresco, del clink de las copas y el paff aparatos viejos rescatados por músicos modernos: fonógrafos, vinilos, caseteras, Casios PT-1 y consolas de 8 bits. Allí donde se puede descubrir música de maquinitas recicladas o de instrumentos recién inventados, las posibilidades de encontrarse con Orlando —hablando con DJs, rodeado de productores, músicos, vídeo artistas de vanguardia o de fans intelectuales—, eran elevadas. Cuanto más experimental el sonido, más Orlandos.

La búsqueda de Ricardo resultó siempre imprecisa. Fracasó todas las veces; no por falta de conocimiento, sino por la imposibilidad de la omnipresència. En una ciudad con más de veinticinco millones de habitantes, toparse «casualmente» con Orlando durante la semana del Festival Phonos de música electrónica avanzada, del cual era socio fundador y que ese 2023 había sumado su quinta edición, era una utopía. Luego Ricardo decidió establecer un laboratorio de creación musical, el único de sus características en México; pero ni esto había provocado un reencuentro. Hoy, tras haber abandonado la pesquisa de la coincidencia, Ricardo se encuentra con Orlando a solas, frente a frente, gracias a la televisión. Una ironía.

El narrador del documental está describiendo El Instituto. Le explica al público en masa su importancia en la historia de la música y la televisión. Pregona: «Un show que se ha ganado un lugar privilegiado en el corazón de las familias al promover que, con esfuerzo y dedicación, los sueños se alcanzan». También dice que es la muestra de que «en nuestra nación hay talento de talla internacional» y que es el nido de donde han nacido sus homemade Beyoncés. No así, pero lo dice. Tiene que hacerlo; la mitad de la financiación de este documental salió de Aztei TV, aunque se distribuya también en Netflix.

En realidad, El Instituto había sido un experimento de la telerrealidad que salió tan bien, que sus franquicias se expandieron por todo el mundo. Tan redituables resultaron estas producciones que actualmente solo basta con lavarles la cara y modernizar los formatos de vez en cuando para que sigan siendo consumidos en masa. Su emisión anual se normalizó y se volvió con el tiempo tan necesaria como la de los noticieros y los programas de chismes. Después de la irrupción del programa Big Brother en el monótono panorama del espectáculo audiovisual —con su promesa de observar a plenitud y con total honestidad la naturaleza del ser humano—, la audiencia, fanática también de los talent shows musicales, acogió feliz a El Instituto. Adoraba ver en tiempo real el proceso que debía seguir una persona «común» para convertirse en una «estrella». Esto era quinientas veces más interesante que solo ver a unos ninis pavoneándose en sexys trajes de baño en una bonita casa con jacuzzi. En el México de principios del milenio nadie quedó inmune a la omnipresència de El Instituto, ni siquiera el renegado de Richie Aristizábal. En todos los canales y a todas horas, incluso en los noticieros —los de Aztec TV, por supuesto, pero ¿acaso había otros?—, sociólogos, antropólogos, músicos experimentados, intelectuales y periodistas debatían su impacto en el espacio cognitivo de las personas, en la cultura, en nuestro modo de percibir a la juventud y la música. El revuelo fue total.

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