Italo Calvino. Tiempo cero.

diciembre 31, 2020

Italo Calvino, Tiempo cero
Minotauro, 2002. 174 páginas.
Tit. or. Ti con zero. Trad. Aurora Bernárdez.

Relatos en ese extraño reino que no es ni ciencia ficción ni fantasía, que se basan en una premisa real, científica, pero que enseguida se van por las ramas mezclando elementos fantásticos con filosóficos.

Se incluyen nuevas aventuras de Qfwfq y otras dos secciones: Priscilla, que se inspira en la reproducción de las células (Mitosis, Meiosis y Muerte) y Tiempo cero, reflexiones acerca del infinito en lo real, con atascos infinitos, persecuciones nocturnas con idas y vueltas y un Conde de Montecristo muy especial.

Éste es el relato que más me ha gustado, porque el resto me ha parecido un poco flojo para el nivel que espero del autor. Sin embargo esa evasión de celdas dentro de celdas es, a la vez, metafórico y asfixiante.

Recomendable.

Como si no bastara, se pone a llover. El campo visual se reduce al semicírculo de vidrio barrido por el limpiaparabrisas, todo el resto es oscuridad estriada u opaca, las noticias que me vienen de afuera son sólo resplandores amarillos y rojos deformados por un torbellino de gotas. Todo lo que puedo hacer con Z es tratar de pasarlo, no dejar que me pase, en cualquier coche que vaya, pero no conseguiré saber si está y cuál es. Siento igualmente enemigos a todos los coches que van en dirección a B; todo coche más veloz que el mío que señala afanosamente con las luces intermitentes en el espejito para pedirme paso provoca en mí una punzada de celos; cada vez que delante de mí veo disminuir la distancia que me separa de las luces posteriores de un rival, con un sobresalto de triunfo me lanzo al carril central para llegar a casa de Y antes que él.

Me bastarían pocos minutos de ventaja: al ver con qué prontitud he corrido a su casa, Y olvidará en seguida los motivos de la disputa; todo entre nosotros volverá a ser como antes; Z al llegar comprenderá que ha sido convocado a la audiencia sólo por una especie de juego entre nosotros dos; se sentirá un intruso. Más aún, quizá ya en este momento Y se ha arrepentido de todo lo que me había dicho, ha tratado de llamarme por teléfono, o bien también ella ha pensado como yo que lo mejor era venir en persona, se ha sentado al volante, en este momento corre en dirección opuesta a la mía por esta autopista.

Ahora he dejado de atender a los coches que van en mi misma dirección y miro los que vienen a mi encuentro, que para mí consisten solamente en la doble estrella de los faros que se dilata hasta barrer la oscuridad de mi campo visual para desaparecer después de golpe a mis espaldas arrastrando consigo una especie de luminiscencia submarina. El coche de Y es de un modelo muy común; como el mío, por lo demás. Cada una de esas apariciones luminosas podría ser ella que corre hacia mí, a cada una siento algo que es movido en mi sangre como por una intimidad destinada a permanecer secreta; el mensaje amoroso dirigido exclusivamente a mí se confunde con todos los otros mensajes que corren por el hilo de la autopista, y sin embargo no podría desear de ella un mensaje diferente de éste.

Me doy cuenta de que al correr hacia Y lo que más deseo no es encontrar a Y al término de mi carrera: quiero que sea Y la que corre hacia mí, es ésta la respuesta que necesito, es decir, necesito que ella sepa que estoy corriendo hacia ella pero al mismo tiempo necesito saber que ella está corriendo hacia mí. El único pensamiento que me reconforta es sin embargo el que más me atormenta: el pensamiento de que si en este momento Y corre en dirección de A, también ella cada vez que vea los faros de un coche en camino hacia B se preguntará si soy yo el que corre hacia ella, deseará que sea yo, pero no podrá jamás estar segura. Ahora dos coches que van en direcciones opuestas se han encontrado por un segundo lado a lado, un resplandor ha iluminado las gotas de lluvia y el rumor de los motores se ha fundido como en un brusco soplo de viento: quizá éramos nosotros, es decir, cierto que yo era yo, si eso significa algo, y la otra podía ser ella, aquella que yo quiero que ella sea, el signo de ella en el que quiero reconocerla, aunque sea justamente el signo mismo que me la hace irreconocible. Correr por la autopista es el único modo que nos queda, a mí y a ella, de expresar lo que tenemos que decirnos, pero no podemos comunicarlo ni recibir su comunicación mientras estemos corriendo.

Es cierto que me he sentado al volante para llegar a su casa lo antes posible; pero cuanto más avanzo más me doy cuenta de que el momento de la llegada no es el verdadero fin de mi carrera. Nuestro encuentro, con todos los detalles inesenciales que la escena de un encuentro supone, la menuda red de sensaciones, significados, recuerdos que se desplegaría delante de mí —la habitación con el filodendro, la lámpara de opalina, los aretes—, las cosas que yo diría, algunas seguramente erradas o equívocas, las cosas que ella diría, en cierta medida seguramente desentonadas o no, las que de todos modos me espero, todo el sube y baja de consecuencias imprevisibles que cada gesto y cada palabra comportan, levantaría en torno a las cosas que tenemos que decirnos, o mejor que queremos oírnos decir, una nube de ruidos parásitos tal que la comunicación ya difícil por teléfono resultaría aún más perturbada, sofocada, sepulta como bajo un alud de arena. Por eso he sentido la necesidad, antes que de seguir hablando, de transformar las cosas por decir en un cono de luz lanzado a ciento cincuenta por hora, de transformarme a mí mismo en este cono de luz que se mueve por la autopista, porque es cierto que una señal así puede ser recibida y comprendida por ella sin perderse en el desorden equívoco de las vibraciones secundarias, así como yo para recibir y comprender las cosas que ella tiene que decirme quisiera que no fuesen sino (más aún, quisiera que ella no fuese sino) este cono de luz que veo avanzar por la autopista a una velocidad (digo así, a simple vista) de ciento diez o ciento veinte.

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