José Jiménez Lozano. La piel de los tomates.

diciembre 29, 2020

José Jiménez Lozano, La piel de los tomates

Incluye los siguientes cuentos:

Los útiles de jardín
Confidencia
La piel de los tomates
El día del Juicio
Al regreso
El viajero
La amenaza del estratego
Estirpes
La educación sentimental
La compasión
La despreciada
La casa
Cinco pliegos lacrados
I. Sesión secreta
II. El paseo
III. La falta de respeto
IV. Pago por adelantado
V. Un extraño encuentro
La guerra de los grillos
La farsa
El traspaso
El homenaje
Revivir los clásicos
La lavandería
La nariz griega
El artista
La rifa
La salvación
La traición
El hallazgo
Un fin de semana largo
Una taza de té

Sin referencia ninguna del autor los cuentos me dejaban desconcertado. No sólo por el laismo de personajes y narrador, algo chocante pero achacable a una voz personal, sino por la mezcla de momentos brillantes con otros perfectamente olvidables en forma y fondo. Luego he buscado información y me encuentro con que el autor es nada más y nada menos que un premio Cervantes y no sé si es que aquí no se encontraba en su mejor momento o que mi gusto es cuestionable.

La piel de los tomates, que da título a la colección, es un relato magnífico, impecable, pura belleza. Otros, como Estirpes o La despreciada tampoco están mal. Hay momentos aquí y allá muy lúcidos. Pero en general, aunque me haya gustado la lectura, me ha dado la sensación de cosa a medio hacer que me ha pasado por la cabeza sin pena ni gloria.

Merece la pena por los momentos buenos.

Se deja leer.


Y toda esta conversación la teníamos delante de aquella casa, que era una casita muy pequeña, blanca, con tejas muy rojas, y con la puerta y las ventanas pintadas de azul. Tenía un portalillo con dos puertas, una que iba a las habitaciones y la otra a la tienda, que era una estancia de paredes blancas y, en una de ellas, la que estaba frente a la puerta, había colgado un calendario con la imagen del Ángel de la Guarda protegiendo a un niño, y con los números de los días muy grandes; y luego estaba el mostrador de madera oscura, la balanza dorada sobre él, y un cestillo con las pesas. Y, allí cerca, estaban tres sillas de anea, una detrás del mostrador y las otras dos delante de él.

—Aquí nos pasamos las horas muertas el señor Miguel el barquero y nosotros cuando no tenemos tarea, hablando y hablando de cosas, o en silencio, mirando al Ángel de la Guarda mientras caen esos días —dijo señalando con la barbilla el taco en la pared.

Luego se acercó al oído de mi hermana y la dijo algo, y mi hermana abrió unos ojos muy grandes seguramente por lo que la dijo. Y a seguido, ella, la señora Justa, se dirigió a la puerta y voceó a su sobrino:

—¡Juliancillo, Juliancillo! ¿Qué estás esperando? Y luego entró rezongando: —¡Dónde se habrá metido este chico! Es bueno como el pan, y trabajador, y muy alegre; pero a veces tiene como trances y ausencias, y qué sé yo lo que estará pensando. Habla poco, pero el señor Miguel el barquero le lleva para que hable con algún turista de los que vienen.

Porque lo que ocurría era que todos los turistas se quedaban con la boca abierta viendo la barca de madera negra y reluciente, y las jarcias de plata antigua; pero luego a algunos de ellos, cuando ya habían subido a la barca, les entraba como un desasosiego, decía el señor Miguel, y se querían bajar; y esto le causaba a éste muchos trastornos.

Y entonces fue cuando acercándome yo ahora al oído de mi hermana la dije: —Yo también quiero ver la barca, Juli. Díselo a la señora Justa.

Y mi hermana se lo dijo a la señora Justa, pero ésta contestó enseguida:

—No, hijo. No se puede ver esa barca. Yo sólo la vi una vez de refilón, cuando le fui a llevar un día, sin avisarle antes, unos tomates al señor Miguel, y acababa de atracar, pero, en cuanto me vio, saltó de la barca, la echó una lona grande encima y me preguntó:

—¿La ha visto, señora Justa?

—De refilón. Como en un relámpago.

—¡Menos mal! Estas cosas de mi oficio no se pueden ver, señora Justa. ¡No crea que no lo siento, pero lo ha prohibido la Señora! —contestó el señor Miguel.

Y ni siquiera había entrado ella nunca en casa de éste, aunque sabía que también tenía allí una balanza, pero mucho más grande y dorada que la suya, y un día se le había escapado al señor Miguel que pesaba allí a los turistas. Ni se lo imaginaba ella; pero ese día estaba muy contento y dicharachero el señor Miguel, y fue cuando dijo eso, y que la barca había ido a toda velocidad por la laguna, y había podido echar tres viajes, porque lo había calculado bien cuando pesó a los turistas, y había comprobado que eran casi todos ellos como avellanas vanas, o plumas, o sacos de aire; y que otros días, sin embargo, era como si arrastrara plomo. Aunque no sabía bien ella lo que quería decir con eso. Pero el caso era que, antes de cobrarlos el dinero del viaje, el señor Miguel pesaba a los turistas en la balanza poniendo a éstos en un platillo, y en el otro, en vez de pesas, almendras amargas, porque dijo que eso era lo que tenía que hacerse, porque no había nada como el amargor para pesar a las personas.

—¡Qué sé yo! Cada oficio tiene sus conocimientos y secretos, Juli —añadió la señora Justa.

Y entonces ya acabó de envolver los tomates y los puso en la cesta de mi hermana, aunque luego, sonriendo, continuó diciendo todavía que tampoco sabía ella mucho más, porque era su sobrino Juliancillo el que más hablaba con el señor Miguel, y hasta un día con la Señora, hasta sin verla, pero nunca decía nada de lo que pasaba o de lo que hablaban, salvo un poco de aquel hombre joven que había subido a la barca para ir a buscar a su novia a la otra orilla de la laguna, y traerla a esta otra orilla nuestra para casarse, y cuando ya llevaban medio camino, le había dicho el señor Miguel:

—¡Ni lo pienses, hijo! Ella no va a salir de donde está. Y no va a volver nunca. Ni tú te puedes quedar a la otra orilla.

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