
Impedimenta, 2012. 360 páginas.
Tit. or The fall and rise of Reginald Perrin. Trad. Julia Osuna Aguilar.
Un cargo medio de una empresa de postres sufre una crisis existencial y decide hacer un cambio de raíz, fingir su muerte y convertirse en otra persona. Las cosas se irán complicando y no saldrán exactamente como él había pensado.
El protagonista me sonaba por la famosa serie que vi en mi niñez y de la que no guardaba ningún recuerdo, pero el libro me vino recomendado y debo admitir que no está mal. Tiene momentos realmente cómicos, hace un retrato cruel de esa clase media británica e incluso le da tiempo a hablar de la gentrificación antes de que surgiera el concepto.
Por la parte negativa en algunos aspectos no ha envejecido demasiado bien, tiene un tufillo machista que me ha molestado en ocasiones, aunque no dice nada que no diría nadie en la época e incluso ahora.
Divertido.
El P. A. B. F., el Presidente de la Asociación Británica de la Fruta, W. F. Malham, tomó la palabra:
—Bienvenidos una vez más. Ha sido un almuerzo muy frutal, que no frugal (risas). Y ahora, si no nos hemos quedado demasiado aplatanados (risas), vamos a disfrutar del que sin duda es el punto álgido de la jornada, el punto álgido indiscutible, de nuestra primera charla de la tarde. Me refiero, claro está, a no otro que a… —Hojeó frenético sus notas—. A no otro que a… —Miró alrededor en busca de ayuda pero nadie se la ofreció—. No otro que el primer ponente de esta tarde. Muchos de nosotros ya le conocemos, si no todos, y el tema que tratará hoy…, el tema de hoy es el tema… por el que es tan conocido entre muchos de nosotros. En realidad, el ponente no necesita más presentación. ¡Aquí le tenemos!
W. F. Malham, el P. A. B. F., se sentó y se enjugó la cara colorada y sudorosa con un gran pañuelo. Reggie se levantó y recibió un aplauso. Avanzó hasta la tribuna haciendo todo lo posible por no tambalearse demasiado y darse de bruces contra algo y simuló poner en orden sus notas.
—Gracias. Muchas gracias, señor Cómo Sellame. —Hubo algunas risas y aplausos. El P. A. B. F. se puso de color escarlata—. Cuando me dijeron «Reginald I. Perrin, es usted un alto cortapichas de ventas de Postres Lucisol. ¿Querría dar una charla sobre “A la postre, ¿tenemos los postres que nos merecemos?”», lo primero que pensé fue: «¡Vaya título más patético para una charla!»; y lo siguiente que me vino a la cabeza fue también: «¡Vaya título más patético para una charla!».
»Sin embargo, decidí venir porque tengo algo muy importante que decirles. Hoy en día la fruta se clasifica, se normaliza, se pulveriza, se criba, se congela y se colorea artificialmente. El sabor es lo de menos, lo que cuenta es el aspecto. Si una encuesta afirma que a las amas de casa les gustan los plátanos cuadrados y rosas, entonces les daremos plátanos cuadrados y rosas.
Reggie miró al público sentado en las filas de sillas baratas del salón, que era alto y bien proporcionado; detrás, por las ventanas de la cara norte del edificio, entrevió las copas de unos bonitos robles centenarios.
—También a las personas se las clasifica —prosiguió—, se las separa y, a las que mejor aspecto ofrecen, se las forma para ser gerentes. Se las normaliza, se las pulveriza con afán de lucro, para que no sobreviva ningún feo pensamiento impropio de un gerente, se tiñen sus ideales de un azul claro agradable y seguro y se congela su conciencia social. A mí no me preocupa la sociedad permisiva: me preocupan más la panda de soplagaitas homogeneizadores que deciden que todos los pubs que destilan su propia cerveza tienen que tener la puerta verde, o que en la carta deben poner «huevos al gusto» o cualquier chorrada por el estilo. —No iba nada mal. Por el rabillo del ojo vio que el profesor Pedersen no le perdía de vista—. Veo entre nuestro público hoy al profesor Pedersen. Pido un fuerte aplauso para el profesor Pedersen, por favor.
Se produjo un aplauso sorprendido que pasó a ser un aplauso normal que poco a poco se convirtió a su vez en una ovación modesta. El profesor Pedersen, muy avergonzado, se levantó un momento para agradecer el gesto con contención.
—Siempre que nos quejamos sobre estas cosas, se nos dice que forman parte del progreso —retomó la palabra Reggie, una vez que el aplauso hubo muerto—. Progreso… una palabra que se da por perdonada… les pido rábanos… quiero decir… Les pido perdón, no se da por perdonada, se da por sentada.
Hizo una pausa, totalmente perdido. De fondo se escuchaba un clamor de murmullos intranquilos. Se quedó mirando al público hasta que este se calló por completo.
—¿Por dónde iba? Ah, sí. El progreso, el crecimiento. ¡Esa es otra! Tenemos que crecer. Un seis por ciento al año, o lo que sea. Más gente trasportando más lavadoras en camiones más grandes por autovías más anchas. Más científicos analizando los efectos de más pesticidas. Más sustancias químicas para curar la contaminación causada por más sustancias químicas. Más ponencias aburridas para rellenar más congresos aburridos. Más postres de lujo para que más y más gente disfrute de una vida cada vez mejor que la que vive mucha otra gente, y cada vez más. ¿Eso es lo que nos merecemos de postre, a la postre? La sociedad funciona mejor cuando yo como más de la cuenta y tengo que comprar entonces más productos adelgazantes, y caer así enfermo y comprar así más pastillas. ¡Necesitamos un superávit de dotos para poder vender nuestro superávit de antídotos! Pues bien, eso tiene que acabar.
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