
Penguin Random House, 2022. 426 páginas.
Tit. or. La città dei vivi. Trad. Xavier González Rovira.
En 2016 dos jóvenes de clase alta, después de una fiesta de tres días a base de alcohol y cocaína, asesinan brutalmente a un joven a quien ofrecieron dinero a cambio de sexo. El libro describe los hechos y entrevista a personas relevantes de la trama en un intento de averiguar las razones y la verdad tras los hechos.
Me venía recomendado por varias fuentes y me ha resultado aburridísimo. Salvo cuatro páginas donde los dos asesinos narran el asesinato, y el autor intercala bien las declaraciones que a veces se complementan y en otros casos se contradicen, el resto del libro es aburridísimo. Las entrevistas casi nunca aportan nada de información, no hay un arco narrativo claro, ni un punto de vista autoral, ni nada de nada.
Yo hay libros de éxito que nunca acabo de entender, éste se ma caía de las manos a cada momento, es largo y se me hizo el doble de largo.
No me ha gustado nada.
En Roma todo el mundo conoce la zona de piazza Bologna donde vivía la familia de Marco Prato. En las inmediaciones de la oficina de correos, un imponente edificio racionalista construido durante la época fascista, se desarrolló con el tiempo un barrio destinado a la clase media-alta. No muy lejos está la Villa Torlonia, y luego la Villa Mirafiori. Es una zona llena de bares y charcuterías. Por la noche pululan los jóvenes, que beben y escuchan música.
De la misma manera, todo el mundo conoce la zona donde vivían los Foffo. A diferencia de piazza Bologna, el Colla-tino no es un lugar de encuentro. Los grandes edificios de via Bergamini no son en ningún caso una atracción, lo mismo puede decirse de los paseos arbolados donde hombres solitarios, rodeados de silencio, sacan a pasear a sus perros. Quien atraviesa el Collatino siempre se dirige a otra parte, siempre va pensando en sus cosas y, así, el pesado mobiliario urbano se cuela en la mente como las imágenes que transferimos de la vigilia al sueño antes de dormirnos.
En Roma, sin embargo, existen lugares que son un puro sueño. Testa di Lepre. Grottarossa. La Storta. Muchos romanos saben que existen, pero nunca han estado allí; les fascinan los nombres, pero en un mapa mudo no sabrían dónde colocarlos. La verdad es que Roma no tiene unos límites definidos. Pasado el Vaticano, uno viaja por la Aurelia. Al cabo de unos minutos, la luz se aclara, las casas se van espaciando, la vegetación toma la delantera al trabajo del hombre. Pasada la circunvalación, hay zorros, abubillas, jabalíes. Llegados a este punto, muchos creen que Roma ha terminado. Sin embargo, la ciudad vuelve a formarse lentamente. Ahora alguna casa aislada.
I nego, los grandes bloques. De nuevo, pinos y céspedes descuidados. Superado el cruce con via Boccea, el horizonte desciende. El cielo es vasto. Grupos de ovejas se alimentan en los pastos del otro lado de las vallas al borde de la carretera. Aparecen los primeros caseríos. De vez en cuando, una explotación vinícola. Via della Storta. En el n.° 248 hay una vieja gasolinera. Al cabo de medio kilómetro, destaca una construcción de ladrillos rojos protegida por una verja. Se reconoce porque allí delante, de noche o por la mañana temprano, hay siempre estacionada una camioneta con un rótulo azul en el lateral: euro dolciumi.
Esa era la casa donde vivía Lúca Varani con sus padres. Su padre, Giuseppe, era un vendedor ambulante de dulces y frutos secos. A bordo del vehículo («un camión autonegocio»,lo definía) recorría las ferias y las fiestas patronales. Era un hombre de sesenta y un años, de tez morena, pelo corto, físico compacto, no muy alto, los ojos pequeños y duros. Un bonito bigote destacaba en la cara sin afeitar.
A las diez de la noche del viernes 4 de marzo, el señor Varani y su esposa Silvana estaban muy preocupados. Lúea se había esfumado. El chico tenía veintitrés años y era hijo único. Trabajaba en un taller de planchistería en Valle Aurelia, y de vez en cuando ayudaba a su padre en las ferias. Esa mañana había salido de casa y no regresó. Muchos jóvenes no sienten la necesidad de informar a sus padres de todo lo que hacen; sin embargo, Lúea casi siempre telefoneaba a su madre si no volvía para cenar. Como ese día no la había llamado, fue ella quien lo llamó. El teléfono sonó en vano. Luego, pasada la medianoche, empezó a no dar señal. Giuseppe y Silvana continuaron llamando durante horas, y al final se fueron a la cama, preparándose para pasar una noche muy agitada.
Al día siguiente, Giuseppe telefoneó a Marta Gaia.
La novia de su hijo tenía veintidós años, trabajaba en una empresa de catering.
—¿Hola? ¿Marta?
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