Luciana de Luca. El amor es un monstruo de Dios.

enero 15, 2026

Luciana de Luca, El amor es un monstruo de Dios
Barrett, 2025. 192 páginas.

En un pueblo asfixiante, que ha sufrido una invasión de moscas, una tragedia familiar se despliega poco a poco, una madre autoritaria, cruel y distante, unos hijos diferentes y rechazados, unos mormones que predican en vano, el despertar del deseo y las terribles consecuencias.

Escrita con una cadencia hipnótica, con capítulos breves que a veces apenas son párrafos, nos va dibujando un ambiente en el que todo parece contaminado por la desgracia. No hay espacio para la redención o la esperanza.

Muy bueno.

Qué fácil era el amor en verano. Qué simple y ágil se nos hacía el despliegue de la carne, llevada por las ganas, por las plantas y las flores abiertas y los animales ofrecidos; los animales y la vegetación y todo lo que crece, se desarrolla y muere.

Qué a mano nos quedaba la carne, tan dispuesta a cumplir y desnudarse, a los tumos como los ciegos por el deseo que empezaba en los pies y ya no era más cascada frenética, sino que se volvía un ardor que subía por las piernas, desde el nido de los tobillos, y trepaba con el apuro del fuego que quiere quemar todo a su paso.

Qué doloroso se volvía el cuerpo entre tanto calor, pero igual queríamos arder y ardíamos.

Yo quería saber qué iba a pasar en el otoño, cuando volvieron a la naturaleza el gris y los escalofríos, el miedo a la muerte, el hambre y las hojas secas. Les preguntaba a las lombrices, a las torcazas, a mis mismos dedos, qué iba a pasar en otoño, cuando todo se volviera miedoso, cuando las plantas y los árboles y los bichos se callaran y todo lo que antes verdeaba y chorreaba y brillaba de día y de noche se volviera opaco.

Y en el invierno, me despertaba, qué iba a pasar con el amor en el invierno, porque el invierno era de la muerte y del sueño, de la supervivencia y de la necesidad y de la falta. No se podía amar igual en verano que en otoño. La primavera era generosa, era fértil. El invierno, trágico. Yo quería que vera era generosa, era fértil. El invierno, trágico. Yo quería que vera era larga y espeso, como todos los veranos en este verano fuera largo y espeso, como todos los veranos en este pozo. Me abrazaba a las horas que pasaban lamiendome con su lengua de vaca. En vez de ansiar, me serenaba. Agradecía, como nunca, el tajo hondo y deshilachado que era el verano. Yo veía ese tiempo frutal y manchado irse por un agujero del cielo y me desesperaba, y le metía a mi rubio la mano en su pelo rubio y lo peinaba para arriba, como las máquinas cuando siegan el trigo, mientras el cielo se quemaba.

Yo lo sostenía del pelo rubio y él era tan callado, tan quieto, que en cualquier momento se me podría haber volado, mientras el tiempo se iba comiendo todo y yo me quedaba sola.

Yo no quería el invierno, yo quería el verano, con las frutas en las ramas pidiendo el suelo, y la ropa fácil de sacar y los caminos de ronchas que nos dejaban las pulgas y las hormigas por andar revolcándonos en los gallineros y en los galpones, porque el verano nos había presentado y para que el amor prendiera habían venido las moscas con sus patas llenas de muertos, y para que el amor fuera se habían secado y quedado tiradas con las patitas arriba, y de todo ese desastre lo bueno, lo sagrado fue él, con su traje negro y sus manos sin cicatrices, llenas de Dios.

Y por él la vida se hizo buena de golpe y me sentí a gusto y se hizo tan larga, tan larga, que pareció que iba a ser así para siempre.

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