Albalucía Ángel. Los girasoles en invierno.

enero 2, 2026

Albalucía Ángel, Los girasoles en invierno
Lava, 2022. 240 páginas.

La protagonista salta de escenario, de las calles de París a la costa griega pasando por Roma, viviendo una relación tóxica de la que no se puede librar.

Fabulosa novela injustamente olvidada. Coetánea de los escritores del boom, y con una calidad igual de buena, no ha tenido casi reconocimiento. Sin embargo su estructura vanguardista, el excelente uso del lenguaje, y el punto de vista único frente a las relaciones hace que brille de un modo excepcional.

Muy buena.

Llegar a la isla… pensando, como ratas: no se llega a ningún sitio, que sostiene una lucha continua por alcanzar la otra orilla, la del enfrente y entonces se navega, se bracea, se va a saltar de charco en charco, como renacuajos.

Mi abuela decía, como siempre: si por allá llueve por aquí no es …

… campa; porque si a mi pueblo le tocó el aguijón de la ruana, pero iqué diablos! que no dejó cortar el árbol de guayaba (esa preciosidad de árbol que no me trepara en él cuando me viniera en gana y comiera guayabas hasta indigestarme si quería), la pobrecita jamás se imaginó que en estos pueblos desarrollados en los que el trópico no es un chiste. Llueve hasta que san Juan agache el dedo, como repetiría la adorable vieja, quien seguramente tampoco sabía que ese viejo, su san Juan, está en el Louvre y lo pintó Leonardo. En fin. Son circunstancias diferentes. Simples accidentes de ubicación.

Si al menos las goteras fueran plumas, los brincos podrían atenuarse. Lluvia de alas, aguacero de ángeles sobre la rue A lo mejor a nadie le va a importar la invasión alada y perderemos de nuevo el paraíso. Por estúpidos.

La chica con el abrigo de cuero, libros y paraguas rojo, observa sin interés el conjunto del bar. Tiene ojos pardos. Una mirada quieta, sin resonancias, que se detiene un rato en las luces que suben y bajan por los tubos transparentes del tocadiscos. Parece como si aquella enfermedad redadera infectada de luciérnagas la sometiera a una extraña fascinación.

El ángel con su espada de fuego, el

que luchaba con Jacob en combate de noches y noches, hasta que le destrozó las costillas y él mismo se desgarró las alas, porque era una batalla decisiva en la que había que vencer o morir. i¡corran…! i¡Que se van los áangelees…!!

Todos miran a la muchacha que se acerca a la radiola arcoiris, introduce una moneda de cincuenta céntimos y marca el número diecisiete. Un brazo mecánico se mueve lentamente, recorre los discos que forman en hilera y se detiene. El disco deja con suavidad su sitio, se enrosca en el brazo mecánico que lo deposita con precisión en medio del plato y entonces la aguja cae sobre el acetato en movimiento. El altoparlante chilla una canción de los Rolling Stones. La mirada color ratón emerge un poco del letargo, se mueve despacio —como arrastrándose— y las demás miradas —ojos de todos los colores de la gente de La Baleine Bleue— se animan a la señal de las pupilas grises, la siguen como ratas al flautista del cuento.

Se inicia un proceso alucinante. Pequeños movimientos de los párpados, apenas un ligero roce, un abrir y cerrar leve, condiciona sutilmente a quienes antes eran espectadores-

… autómatas, y poco a poco el balanceo del cuerpo envuelto en abrigo de cuero los va magnetizando como si todos fueran clavados de una sola mesa. La muchacha sigue la corriente de la música igual que un barquito de vela por el canal dulce del Sena, y un chico se le acerca, la enlaza por la cintura y la hace girar como un trompo mientras los demás se añaden a la danza en escuadrilla. Después las manos enloquecidas por el ritmo, los brazos en alto como en rito pagano, las cabezas pendulando a ochenta segundos por minuto, el santuri insiste en un doloroso tono sostenido; el círculo se enrosca al cuerpo, forma una cortina gaseosa, alfombra mágica flotando hacia el país del ladrón audaz, submarino en veinte mil leguas de viaje…

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