Yanis Varoufakis. Comportarse como adultos.

enero 7, 2021

Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos
Deusto, 2017. 724 páginas.
Tit. or. Adults in the room. Trad. Alexandre Casanovas.

Crónica en primera persona del tercer rescate de Grecia por uno de los personajes más controvertidos del proceso, Yanis Varoufakis, al que se presentó como un impresentable que quería llevar a Grecia a la ruina. Aquí aprovecha para defenderse.

Gente más sabia que yo ha opinado abundantemente sobre lo que pasó en Grecia y mi humilde opinión coincide con el inicio de este libro. Los bancos europeos -sobre todo franceses y alemanes- se endeudaron con una Grecia que derrochó el dinero ayudándose de unas cuentas falsas. Se inyectó dinero público en un rescate que fue a parar a esos bancos dejando al pueblo griego con una deuda impagable y al borde de un tercer rescate inevitable. Pero en las elecciones ganó el partido de izquierdas Syriza, se eligió como ministro de finanzas a Varoufakis que tenía otros planes.

Las noticias que me llegaron en su momento eran las de un izquierdoso que se resistía a entrar en razón y a dialogar con la troika y los acreedores. Aquí se presenta como todo lo contrario: alguien que presentaba planes de pago responsables, que asumía los compromisos y que defendía que más austeridad iba a ir en perjuicio de Grecia pero, sobre todo de los acreedores.

Bien es cierto que es su visión de la historia y nos faltan datos para contrastar, pero al menos es su punto de vista. Todo el libro sigue el mismo esquema: presenta un plan viable, muchos de la troika lo ven como una solución ideal, pero luego unas manos misteriosas bloquean toda negociación y se ve burlado. Se acaba haciendo repetitivo y si llego a saber antes que se había hecho una película igual no hubiera leído el libro.

Tiene un tono bastante peliculero y aunque eso le da dinamismo le quita credibilidad. Yo sí creo lo que pone aquí, en grandes rasgos.

¡No por mí!
La segunda historia empieza así. Conocí a Lambros en el apartamento de Atenas que comparto con Danae, una semana antes de las elecciones de enero de 2015, cuando obtuve mi escaño en el Parlamento. Era un suave día de invierno, la campaña electoral estaba en pleno apogeo y había concertado una entrevista con una periodista española, Irene. Se presentó en mi apartamento en compañía de un fotógrafo y de Lambros, un traductor griego-español que trabajaba en Atenas. En aquella ocasión no fue necesario recurrir a los servicios de Lambros, porque Irene y yo hablamos en inglés. Pero Lambros decidió quedarse, observando y escuchando sin perder detalle.
Al terminar la entrevista, mientras Irene y el fotógrafo recogían su equipo y se dirigían hacia la puerta, Lambros se me acercó. Me estrechó la mano, y sin soltarla ni un instante, se dirigió a mí totalmente concentrado, como un hombre cuya vida depende de transmitir un mensaje con la precisión más absoluta:
—Espero que no te hayas dado cuenta por mi aspecto. Hago todo lo que puedo por disimularlo, pero en realidad vivo en la calle. —A continuación, me contó su historia tan deprisa como pudo.
Lambros tenía una casa, un trabajo como profesor de idiomas y una familia. En 2010, cuando la economía griega se vino abajo, Lambros perdió su trabajo y, después de ser desahuciado, también acabó perdiendo a su familia. Durante el año anterior había vivido en la calle. Sus únicos ingresos provenían de trabajos puntuales como intérprete, sobre todo para los periodistas extranjeros que llegaban a Atenas atraídos por las manifestaciones de la plaza Sintagma, que solían terminar con incidentes y que, por lo tanto, se convertían en un buen material para los informativos. Su mayor preocupación era encontrar unos pocos euros con los que recargar su móvil barato, para que así los periodistas extranjeros pudieran contactar con él.
En un momento dado, sintió que era necesario dar por concluido su soliloquio, fue directo al grano y me contó lo que quería de mí:
Quiero pedirte que me prometas una cosa. Sé que vas a ganar las elecciones. Hablo con la gente en la calle y estoy convencido de que vas a ganar. Por favor, cuando ganes, cuando estés en tu despacho, no te olvides de esas personas. Haz algo por ellas. ¡No por mí! Yo ya estoy acabado. Para los que hemos desaparecido del mapa por culpa de la crisis, ya no hay vuelta atrás. Es demasiado tarde para nosotros. Pero, por favor, haz algo por aquellos que aún están al borde del precipicio. Aquellos que todavía se agarran fuerte a la tierra, aunque ya sólo sea con las uñas. Aquellos que no han caído todavía. Hazlo por ellos. No les dejes caer. No les des la espalda. No firmes lo que te den, como han hecho tus predecesores. Júrame que no lo harás. ¿Me lo juras?
—Te lo juro —fueron las tres palabras que utilicé para responder.
Una semana después juré el cargo como ministro de Finanzas del país.
Durante los meses siguientes, cada vez que sentía flaquear mi determinación, sólo tenía que volver a recordar aquel instante. Lambros nunca podrá imaginarse la influencia que llegó a ejercer sobre mí durante los momentos más duros de aquellos 162 días.


«No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino de la consideración a su propio interés. Nos consignamos no a su humanidad, sino a su vanidad, y nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus beneficios.»143
Del mismo modo, sería una pérdida de tiempo apelar a la humanidad de los acreedores, sostener que Grecia había recibido un trato injusto o invocar algún tipo de derecho moral para conseguir un alivio de la deuda. Esa gente sabía muy bien la clase de trato que habían dispensado a los griegos, y no les importaba lo más mínimo. Mi misión era ganar la guerra, no apelar a un debate sobre la sociedad. Para lograrlo, debía consignarme a los beneficios de los acreedores.


Durante los meses siguientes, Pierre y yo seguimos manteniendo una relación cordial y siempre estuvimos de acuerdo en todos los temas que tenían verdadera importancia, pero nuestra sintonía era tan irrelevante como el borrador del comunicado que aún tenía en la mano cuando salimos del despacho de Jeroen. De hecho, de aquel día en adelante, cada vez que Jean-Claude Juncker o él intentaban ayudar a nuestro bando, me invadía una sensación de terror, porque sabía que aquellos que ostentaban el poder real nos machacarían sin piedad alguna sólo para que Moscovici y Juncker aprendieran la lección, y así mantener a raya a la Comisión Europea.
Pocas semanas después, Pierre empezó a difundir una historia según la cual, durante la reunión en el despacho de Dijsse -bloem del 16 de febrero de 2015, Jeroen y yo habíamos estado a punto de llegar a las manos y él tuvo que ponerse en medio para separarnos. Más adelante, en sus memorias, afirmaba que había sido imposible negociar conmigo y daba la bienvenida a mi desaparición del Eurogrupo. Sólo puedo entender que aquello no era más que un intento de lidiar con su propia deshonra.


—Un día triste cuando el director del Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera me aconseja que haga algo que producirá un profundo desequilibrio en la sociedad y la economía.
Al final de un día tan ajetreado como estéril, interrumpido sólo por la declaración de Wolfgang Scháuble de que el grexit era inevitable, Jeff me recompensó con lo que recibí como un cumplido enorme:
—Después de haber asistido a las reuniones con Thomsen, Draghi, Scháuble y Regling, debo decirte que nunca había visto nada igual en mis décadas de experiencia en reuniones entre gobiernos deudores y acreedores como el FMI, el gobierno de Estados Unidos, el Banco Mundial… En cada reunión has tenido una actitud positiva, has propuesto infinidad de ideas que llevaban a soluciones prácticas. Y aun así se han dedicado a ir tumbando cada una de tus ideas, a pesar de que eran buenas, sin proponer ni una sola por su parte. ¡Increíble!


Los motivos de la troika y de la oligarquía doméstica de Grecia eran obvios. La deuda es el poder del acreedor, y una deuda insostenible concede a los acreedores un poder exorbitante. La Primavera Griega se enfrentó al derecho de los acreedores y de sus agentes domésticos a gobernar una nación deudora. No les quedó otra que desacreditar al 61,3 por ciento que votó no, con el argumento de que unos oportunistas los habían llevado por el mal camino. Y como ahora Alexis se había arrepentido, eso me dejaba a mí en el punto de mira de la troika.
Los funcionarios de la troika, como Klaus Regling y Yannis Stournaras, afirman convencidos que yo costé a la economía griega unos 100.000 millones de euros. Son las mismas personas responsables de haber acumulado una cantidad tan enorme de deuda encima de una Grecia en bancarrota, con los préstamos de rescate de 2010 y 2012, que en 2015 la única solución era aplicar una quita de 100.000 millones de euros. Esto fue lo que conté a la gente en Grecia, con todas las letras; y de hecho nos votaron para hacer sólo eso. Pero la troika no tenía ninguna intención de reconocer su culpabilidad, y por eso aplastó a nuestro gobierno para refinanciarla y conseguir todo lo contrario. Dentro de Grecia, la historia era la misma de siempre. Los mismos partidos políticos, banqueros y medios de comunicación que me habían exigido que firmara el acuerdo de la troika protestaron por las subidas de impuestos que el acuerdo imponía. La misma gente que había orquestado el pánico bancario me culpaba del pánico bancario. Los periodistas que me habían ridiculizado por haber sido marginado en las negociaciones de abril me culpaban ahora del estancamiento de las negociaciones de mayo y junio. La misma gente que quería verme en el estrado acusado de alta traición por jugar con la pertenencia de Grecia a la eurozona demostraban una total admiración por Mario Draghi y Wolfgang Scháuble, los dos hombres que habían puesto en peligro la integridad de toda la eurozona al cerrar los bancos del país. Nuestros amigos nos preguntan, a Danae y a mí, cómo pudimos sobrellevar el oprobio, especialmente en Grecia.

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