Wenceslao Fernández Flórez. Las Siete Columnas.

noviembre 6, 2009

Editorial Austral, 1942, 1943, 1946, 1952 y 1962. 230 páginas.

Wenceslao Fernández Flórez, Las Siete Columnas
El pecado mueve el mundo

Ya llevo reseñados en este cuchitril unos cuantos libros de Wenceslao fernández Flórez y este no es de los mejores. Si Las gafas del diablo rebosaban de humor socarrón, en esta novela el humor está teñido de amargura.

El argumento es parecido al de La fábula de las abejas (cuya existencia descubrí hace unas semanas accidentalmente). No son los buenos propósitos los que hacen que el mundo progrese, sino los malos. Los siete pecados capitales son las columnas en las que se asienta el mundo. Cuando el diablo se compromete a erradicar el pecado del mundo el resultado no es el esperado.

No deja de ser curiosa la semejanza que tiene un mundo sin pecado en el que la economía se hunde con la situación actual de crisis. Algo de cierto habrá en que el consumismo es el que ha alimentado el progreso.

Tiene fragmentos con mucha retranca y crítica, de los que destaco los siguientes. Contra las guerras coloniales; si no hay héroes porque no hay guerra ¿Qué se puede hacer?:

La rebelión de los malamitas vino, por fortuna, a quebrantar nuestro ma rasmo. Entonces se vieron los gobernantes en la necesidac de administrar con escrupuloso cuidado esa guerra llovida del cielo. Todo el ejército, harto de los ascensos por es calafón, quería ir a batirse; pero los malamitas no son más que seis mil, incluyendo ancianos, mujeres y niños; j si cayesen sobre ellos todas nuestras fuerzas, quedarían aniquilados en una sola jornada. ¿Cómo era posible satisfacer con tan pobre bocado el apetito beligerante de un millón de hombres en pie de guerra? La solución honra a nuestros políticos. Cien mil soldados marcharon a pelear; cuatrocientos mil fueron con ellos para llevarles municiones, comprar vituallas, recoger los heridos, cocina, construir barracones, hacer fotografías, instalar aparatos, guiar automóviles, instruir sumarias. Los quinientos mil restantes permanecieron en la metrópoli haciendo las cuentas del gasto. Fue una intachable distribución que permitió a todos satisfacer el patriótico afán de tomar parte en la contienda. Pero aun así quedaba algo muy importante que resolver, y era la acción belicosa de los cien mil guerreros. Hubo que dosificar los choques. Cuando yo tomé, con mis muchachos, el monte de los Buitres, el resto de las tropas permaneció en una forzosa holganza, porque yo había monopolizado el enemigo, poco numeroso por entonces. Durante una semana esa quietud se rompió con la organización de los convoyes. ¡Hermosos convoyes, caballeros! Venían con cada uno de ellos varios generales y la banda de música; el café nos lo servía otro convoy no menos lucido e imponente. Al octavo día recibí, con la noticia de mi ascenso a capitán, la orden de abandonar el monte. Nos replegamos. Un mes después, la compañía que mandaba el hijo del generalísimo tomó nuevamente la posición. Se concedió otro ascenso. En fechas posteriores la ocuparon tres comandantes y cinco coroneles.

Hay que disfrutar más de la vida y no ser excesivamente religioso:

»Plugo al Altísimo la respuesta, pero insistió amorosamente:

»—¿Cómo juzgaste a los humanos?

»—Siempre los creí, Señor, viles criaturas, manchadas por el lodo del pecado, revolcándose en sus propias miserias, ignorantes de su infinita pequenez y de su maldad enorme.

»—Sí, sí —asintió Dios, paternal, sin ira—; es tremenda esa gente, es incorregible. Pero, sin duda, existen entre ellos seres hermosos y gallardos capaces de inspirar una sana admiración.

»—Pequeños bienes son los de la belleza y la gallardía, Señor, que envanecen a quienes los poseen y que el tiempo o una enfermedad destruyen.

»—Verdad es. Mas acaso entre tus amigos haya habido un alma noble, un espíritu inteligente…

»—Señor, yo he leído en El Kempis: «El que se aparta de sus amigos y conocidos consigue que se le acerquen Dios y sus ángeles.» Yo he renunciado al engañoso trato de los hombres.

»—¿Y el mundo? —inquirió Dios, como si se tratase de cambiar de tema—. ¿La Tierra misma? ¿Qué te pareció?

»—Valle de lágrimas, patria de afligidos, palenque de luchas, celda de mortificación…

»—Sin duda…, sin duda… Pero hay también algunas cosas:’ una puesta de sol, las flores, ciertos paisajes…

»—Yo he elegido para pasar mis días un lugar tan árido que ni la hierba acertaba a crecer. »—¿Por qué has elegido así?

»—¿Para qué buscar alegrías transitorias, Señor? Yo no apetecía más que arroyos de lágrimas para lavarme y Purificarme en ellos.

»—Y la fruta azucarada y madura, ¿no merece tu elogio? ¿No has clavado nunca tus dientes con delicia en la pulpa de un melocotón sazonado?

»-—He comido las negras hogazas y he repetido muchas veces la conmovida súplica del Profeta: «Dame, Señor, a comer el pan de lágrimas y a beber en abundancia el agua de mis lloros.» Siempre estimé los deleites del paladar como una puerta para la tentación.

»—Sí…, pero… no tanto, no tanto…

»—Observé abstinencias rigurosas, no salí de entre los muros de mi convento, no serví a mi cuerpo ni aprecié ninguna pompa mundana.

»—Bien, pero… no tanto, no tanto…

»—Conocí, al través de muchas meditaciones, cuánto hay de aflictivo en la miseria de vivir en aquel bajo mundo.

»—¡Basta! —ordenó Dios.

»Y al resonar el divino mandato, enmudeció todo el Universo, y la excelente abadesa humilló su empavorecida figura. La voz del que todo lo puede volvió a sonar, entre compasiva e indignada:

»—¡Infeliz mujer! —dijo—. ¿Cómo te atreves a juzgar así lo que es mi obra? Sólo has creído encontrar en la tierra negrura, maldad, y dolores, y lágrimas. Siempre lágrimas: arroyos, lagos, océanos de llanto. Has cerrado voluntariamente tus ojos a lo que hice de bueno, y de bello, y de gustoso, y de amable, porque supiste que por ser hermoso y grato era pecador. ¿Cómo puedes denigrar mi creación sin pensar que me denigras? Vuelve al mundo otra vez. Conócelo. Ama a un hombre, cuida una flor, gusta un fruto, llena tu corazón, hasta que rebose de cariño a todo lo creado, desentraña y comprende la belleza lúe hay en la vida, la alegría que existe en vivir, y retorna entonces. He ahí mi sentencia.

»Y la buena mujer se encontró de pronto empequeñecida y sonrosada, pataleando entre las sábanas de una cuna, otra vez en la Tierra, para comenzar la existencia decretada.»

La receta infalible para solucionar los males del mundo:

.—Se nos dirá —continuó Truffe, dominando a los interruptores— que también es un vicio la gula. ¿Qué hemos de oponer a esta pueril acusación, fruto de la rutina humana? La gula, señores míos, fue proclamada pecado por razones políticas, no morales; por servir los intereses económicos de la humanidad en una época en que comer bien y aun simplemente comer era un problema difícil; en la edad en que el hambre tenía a veces el poder asolador de una peste. La tierra se cultivaba poco y mal; las epizootias diezmaban los rebaños; la pesca era ardua; la caza, pelí-grosa. Se imponía racionar a los hombres. Si alguien comía a todo su placer, otro fenecía de inanición. Eran los tiempos en que las turbas asaltaban los graneros, las madres devoraban a sus hijos y se agasajaba a los dioses ofreciéndoles una res. Los preceptos contra la gula deben, por 1° tanto, ser considerados como sencillas leyes suntuarias, muy útiles entonces. Si no se diese carácter divino a ese
racionamiento, si la gula no fuese en aquellos días anatematizada, esa madre hambrienta a la que antes aludí, después de comer a un hijo, quizá hubiese comenzado a roer otro. Y eso era preciso evitarlo. (¡Muy bien! ¡Muy bien!) Afortunadamente, esos siglos están muy lejos ya. Un mejor gobierno del mundo, un trabajo más inteligente, han suprimido el azote del hambre colectiva. Se puede comer, se debe comer. Abarrotad de filosofía el cerebro de un hombre, y no podréis evitar que sea un malvado. Alimentadle hasta que pese algo más de los cien kilos, y no se atreverá a dar muerte con sus propias manos a la gallina que ha de hacer sustancioso su puchero. Si a mí me preguntasen qué es preciso para que entre los hombres reinen la igualdad y la fraternidad anheladas, yo me limitaría a decir, seguro del éxito: «¡Engordadlos!»

5 comentarios

  • Anónimo noviembre 6, 2009en9:02 am

    ¡Me gusta mucho Wenceslao Fdez-Florez. Se adelantó a su tiempo y sus novelas e historias gozan de un saludable humor negro y mucha profundidad por debajo de lo que se cuenta.
    ¡GRACIAS POR TRAERLO!

    Un saludo.

  • Ximielga junio 30, 2011en12:23 am

    con todos los respetos debidos ¡No estoy en absoluto de acuerdo en que las 7 columnas no es de los mejores ! esta es para mi (amante de toda la vida de la literatura humorística ) la obra maestra de la literatura humorística universal… y hablo de literatura humorística y no de astracanada… el sarcasmo que encierra en si esta obra solo podria ser fruto del cerebro de aquel periodista que observando desde la ventana como unos zanganotes en la ventana de enfrente se entretenian en bajar una sardina atada a una cuerda y cuando un hambriento gato hacia presa en la sardina lo subian (el gato desesperadamente agarrado a su presa con uñas y dientes ) y lo dejaban luego caer de golpe y escribio un articulo que aparecio al dia siguiente tratando de bestias sin escrupulos a aquellos zanganotes

    Su sorpresa fyue grande cuando en el Periodico el Noroeste se recibio una notificacion de la capitania general solicitando un dementis del articulo porque aquellos supuestos Zanganotes eran oficiales de infanteria …

    ¡Y efectivamente rectifico al dia siguiete! explicando que lamentaba su confusion en el articulo del dia anterior sobre aquella salvajada contemplada desde la ventana de su habitacion… porque los que les hacian eso a los gatos hambrientos no eran ningunos Zanganotes sin escrupulos ni decencia ni sentimientos… Si no unos oficiales de infanteria que se alojaban en la pension vecina… y terminaba el articulo con ¡Que cada cual se ate su gato!

    Claro que eso podia permitirselo Wenceslao porque el director (y propietario del periodico D. Manuel Maria de Puga y Parga mas conocido como «picadillo» era un politico de gran fuste y amigo personal de doña Emilia Pardo Bazan (Condesa de Pardo Bazan) la primera Academico mujer de la real academia de la Lengua…

    Y repito para mi Las 7 columnas es la obra maestra cumbre de toda la literatura universal humoristica … ¡Claro que a lo mejor a Vd. le gusta mas la obra de Alvaro de la Iglesia!

  • Palimp julio 6, 2011en12:11 pm

    Si lee con un poquito de atención el texto descubrirá que afirmo que no es una las mejores obras del autor. Me parece muy bien que para usted sea esta la obra maestra cumbre de toda la literatura universal humoristica pero espero que sepa usted respetar que no comparta su opinión.

    No sé muy bien a que viene la mención de Alvaro de la Iglesia -del que no he leído nada- pero supongo que es alguna indirecta despectiva. Si es así, ha errado totalmente.

  • Noray enero 29, 2012en8:29 pm

    Buenas tardes: Estoy totalmente de acuerdo con Ximielga, y mejor no lo sé decir yo. Gracias Ximelga

  • Palimp enero 30, 2012en1:03 pm

    Pues yo no.

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